Dios y el Diablo en el Taller
-Disculpe chamigo, ¿le podría mostrar la ‘capilia’ a estos amigos que han venido de Santa Fe?
Toda la respuesta de uno de los tataranietos de Lorenzo Tomasella fue una mueca leve, casi de desgano, una aceptación a regañadientes.
Después de bajarse de la camioneta que recorrió 10 kilómetros de asfalto y 6 por caminos rurales, desde Goya hacia al este, donde la quietud ahora se llama Colonia Carolina, Ricardo sabe que hace falta convencer definitivamente a Jorge Tomasella para que abra la capilla, esa que construyó con sus brazos un viejo tesonero que llegó a lo que quería ser un país en 1899.
Ricardo y Mirta conducen a un periodista ambulante que ni conocen a una historia dudosa. Las historias dudosas tienen dos caminos: o se deschavan en una mentira cualquiera y no trascienden o se convierten en leyendas. La suerte de la Capilla del Diablo, en un ignoto paraje correntino es esta última. Ricardo y Mirta son amigos de ocasión, aunque por sus gestos, no por eso menos amigos. Han sabido que preguntábamos por la Capilla del Diablo y se ofrecieron para acompañar en el trayecto. Dejaron de lado un pedazo de su tiempo y unos pocos kilómetros hasta el lugar elegido.
A un costado de la ruta hacia Colonia Carolina, casi como una anécdota, Ricardo cuenta que tenía sus arrozales “hasta que Menem acabó con todo esto”. Esta frase comienza a ser recurrente entre los lugareños. Como siempre en un marzo correntino el sol es escolta y la tierra arenosa se hace viento caliente cuando la chata dobla rumbo a la casa de campo donde Ricardo golpeó sus manos.
Jorge Tomasella ya sale, con gesto resignado, a mostrar lo que muchas veces le interrumpe el sueño o el trabajo. Tiene olor a un hombre que trabaja sembrando tabaco en el campo y bermudas gastadas que también delatan esa faena. La Capilla está cerrada herméticamente pero se la puede erguirse desde el primer recodo del camino que tiene marcadas las huellas de las camionetas. Jorge Tomasella va descalzo y el horno que constituye la arena no le hacen mella en sus talones curtidos. Es de pocas palabras y de mucho trabajo. De hecho que no conoció a su tatarabuelo Lorenzo Tomasella, pero sí sabe bien qué es la memoria.
“Capilla Nuestra Señora del Consejo” dice una placa en la puerta. ¿Y qué tiene de diferente esta capilla, rodeadad de tabacales y esteros, con respecto a cualquier otra de otro sitio tan o menos remoto?
La historia que se hizo leyenda en lugar de convertirse en una mentira cualquiera se encarga de contarlo. Lorenzo Tomasella, cuando cruzaba la mar y el siglo hacia un porvenir que quizás podría ser, por poco pierde la vida antes sin poder contarle a los 8 hijos que dejaba en Italia como era la tierra nueva.
Una tormenta puso todo negro el celeste de alta mar y el barco por poco se hunde. Entonces hizo lo que todo cristiano: una promesa. Eligió a la Virgen del Buen Consejo para decirle que si lo salvaba le eregiría una capilla en su homenaje donde quiera que se estableciera.
Y se estableció ahí, donde ahora el tataranieto Jorge intenta tímidas explicaciones.
Por la zona contaban que Lorenzo, que talló en madera de urunday con una navaja todos los santos y ángeles que viven en la capilla, era un buen lector del Dante y hasta profetizaba lo que iría a suceder.
Mientras rellenaba el terreno bajo antes de edificar, una carreta llena de tierra pasó por arriba de su hija. Ninguna explicación racional había para explicar que la nena sobreviviera y entonces se dijo que nomás había de ser Tata Dios. Se convenció aún más cuando probó de pisar una cabeza de vaca con el mismo carro y el animal quedó deshecho.
¿Y qué tiene que ver esa representación del averno que hay tallada en madera dentro de la capilla y que la hace única en el mundo? ¿Por qué el viejo Basaldella puso a vivir juntos a Dios y el Diablo como nadie se hubiera imaginado jamás en la tierra?
Hay quienes dicen que el hombre que talló con sus manos todo lo que hay ahí dentro se burló de Satanás cuando su hija se salvó y decidió colocarlo allí. Hay quienes creen que lo que esculpió en madera fue el infierno que vio aquel día que se hizo noche en alta mar. Hay quienes no saben pero inventan algunos argumentos. Es que, queda dicho, la Capilla del Diablo es una leyenda.
Cuando, Jorge, el tataranieto, va a cerrar la puerta, se aprecia un dibujo que hizo el viejo reflejando el accidente de la nena. Dice “1904. Una icca cade soto al caro carro di tiera e per levantar la capilia. Credo e esiste Dios Salvador”.
Jorge, el que habla poco, antes de despedirse atina a contar que el municipio “ofrece la Capilla como atractivo turístico pero no pone ni para la pintura”.
La puerta se cierra. Satán se queda allí a vivir con Dios. Jorge retoma la rutina del trabajo duro, para que el mar que viene no se le haga tempestad como al tatarabuelo. Ricardo y Mirta devuelven al cronista a la ciudad, donde los Lucifer andan sueltos por ahí porque nadie les da refugio a todos como el viejo Tomasella.
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