Dios y el diablo en el taller
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Opinión. La misa organizada por Moyano en Luján demostró, en cuanto a su repercusión, varias aristas de tinte histórico en una continuidad sociológica.
Históricamente la Iglesia ha sido un actor político importante en la sociedad. En el mundo occidental y cristiano, llegó a ser hegemónico sin siquiera confundirse con el Estado porque fue el Estado. De hecho, el Vaticano, es un Estado, por lo que la injerencia de la Iglesia Católica en la política contemporánea podría ser tomada como un acto de violación a la soberanía entre los Estados según el Derecho Internacional Público.
Lo cierto es que en 2018, la Iglesia Católica en general -y la argentina en particular- ha bajado el precio de su intervención en asuntos internos de los países, en los que tiene fuerte presencia, hasta llegar a esta última puesta en escena con ribetes de viñeta cómica.
Sería absurdo escandalizarse con el supuesto apoyo de la Iglesia –y del Papa Francisco (que puede ser muchas cosas, menos ingenuo)- a un sindicalismo que tomó la centralidad de la oposición eventual a un gobierno democrático, cuando hace algunas décadas colocaban en la boca de genocidas una hostia y le arrojaban humito bendiciendo los uniformes que manejaban el país a fuerza de picana, desapariciones y campos de concentración.
Si participaron en los Tedeum y desfiles de aquellas épocas limpiando con virulana gruesa la mugre de aquella dictadura, nada podría sorprender. Ni debería.
Moyano es bueno, Moyano es malo. Poco importa, pero sí es importante determinar que la repercusión de esta misa política tuvo tan escasa repercusión que bien podría el camionero -si tiene como objetivo empatizar con la sociedad- pensar en asistir a una trasmisión a la medianoche de “Pare de Sufrir”.
Los dos actores sociales están en situación de supervivencia y no de ataque.
El sindicalismo, como factor de poder ha perdido terreno, no tanto ya por su “mala fama”, sino por su incapacidad de ser algo así como “parte” en una negociación colectiva en favor de los asalariados.
Hay que ser y parecer. Si bien desde hace un tiempo el sindicalismo –como elite dirigente- no era, ni cumplía con su rol de defender los derechos de la inmensa mayoría económicamente activa, sino que sucumbía a la negociación de su propia situación personal, hoy ya ni siquiera puede parecerlo.
La pérdida del poder adquisitivo de los trabajadores en este 2018 no pasó por paritaria, ni por el Congreso con una reforma laboral, ni se discutieron conquistas históricas en los estudios de televisión. Ni la apariencia respetaron las corporaciones económicas más fuertes de la Argentina, que de un golpe de mercado devaluaron el salario real de los laburantes a la mitad. Con esa herramienta, el resto, es de lo más simple. Vacaciones, aguinaldo, indemnizaciones… la informalidad –lo que no es ni aparece- se hizo cargo de la política salarial del Estado.
Se definió, claramente, entre “costo laboral” y “poder adquisitivo”. Ganó el concepto “costo laboral” ante la dictadura de mercado con forma de democracia institucional que “la vio pasar”.
Ese es el poder que perdió el sindicalismo. Ni siquiera los burócratas pudieron pasar la gorra. No la vieron venir y ahora ven cómo se va, llevándose enormes porciones de calidad de vida de los trabajadores sin que ellos puedan, siquiera, hacer la mímica. Es que ellos están dolarizados y son también empresarios. Hay excepciones… pero si son excepciones no interesan al análisis político cuando la moral no es parte de valoración alguna y, mucho menos, de injerencia en la realidad.
Por otro lado la Iglesia y la pérdida de su poder de policía moral de la sociedad y hegemónico poseedor de la culpa como castigo disciplinador. Entre curas pedófilos y la evolución de la sociedad hacia una concepción liberal de la intimidad, hoy la institución está defendiendo los porotos. La moneda, para ser más exactos. La existencia.
El pañuelo naranja amenaza a la Iglesia mucho más de lo que lo hace el verde que pretende la legalización del aborto. La sociedad comienza a discutir si el Estado debe seguir financiando a la Iglesia Católica. El sindicalismo se aferra a la caja de las obras sociales y a la libertad sindical para mantener a los gordos, décadas, frente a los gremios.
Los dos necesitan sobrevivir, los une ya no el espanto a un gobierno neoliberal y, abiertamente antipopular, sino el terror a perder la moneda como consecuencia de haber perdido el poder, ambos, a partir de la secularización de la sociedad –unos- y la legitima defensa individual de la fuente laboral ante la ausencia la organización laboral –otros.
La misa protagonizada por los representantes de Dios en la tierra y de los trabajadores en las cuentas suizas, fue la primera demostración contundente de debilidad por parte de dos instituciones rezadas.
Así como Menem se cargó al Ejercito como factor de poder rompiendo el lazo social con el servicio militar obligatorio de los uniformados, Macri parece encaminado a disolver lo que queda de poder de dos instituciones señeras en el arte del control social: El Sindicalismo y la Iglesia.
Es tan extraña la política que es la derecha la que aparece, en el resultado cultural, como más progresista que la determinada izquierda popular.
En la política de la mímica gestual constante, los mitos no se derrumban, ya, por su propio peso. Lo hacen por falta de financiamiento.
La misa sindical de Lujan fue eso, un acto de fe, si existe y escucha, quizás Dios haga algo para que el Estado en manos, eventualmente, del neoliberalismo, no deje de organizar la logística de la limosna que mantiene a dos de las instituciones más conservadores del “parecer” nacional.
Dios no los oiga.
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