DOLOR Y CAOS EN EL MULTITUDINARIO ENTIERRO DE ARAFAT EN RAMALLAH
Decenas de miles de manos señalaron el cielo y comenzó un rugido de multitud acompañado de disparos que cortaron el aire en Ramallah. Llegaban los restos de Yasser Arafat. Y los palestinos estaban decididos a darle un entierro popular como el que pocas veces ha visto el mundo.
La aproximación de los dos enormes helicópteros amarillos del ejército egipcio apagó por un momento los gritos de “¡¡¡Abu Ammar… Abu Ammar (el nombre de guerra de Arafat)!!!”. Las ráfagas de viento y tierra que levantaron dejaron a muchos en el piso, pero cuando las naves se posaron en la explanada de la Mukata, el complejo de edificios del gobierno palestino, la multitud perdió el miedo. Los guardias palestinos comenzaron a disparar al aire para amedrentarlos. Nadie retrocedió ni un milímetro. Un minuto más tarde, los dos helicópteros estaban rodeados por la gente, que no paraba de gritar y saltar.
Unos enmascarados de las Brigadas de Al Aqsa, uno de los grupos radicales palestinos, enfrentaron a tiros a los policías. Se vieron algunos heridos, pero nadie sabe cuántos recogieron los enfermeros de la Media Luna Roja.
La lucha se concentró en el helicóptero de la derecha, que era el que transportaba el féretro traído desde El Cairo donde en la mañana se habían celebrado los funerales. Una camioneta de la policía trataba de dispersar a la gente acelerando y dando marcha atrás. Lo único que consiguió fue atropellar a tres policías. Finalmente, se formó un cordón de soldados y se abrieron las puertas del helicóptero. Para entonces, los disparos eran constantes y se mezclaban entre los que tiraban los milicianos para intentar controlar a la multitud, los que disparaban los mujaidín de la Briga das y los de los que expresaban su dolor a la vieja usanza árabe (disparando al aire). El olor ácido de la pólvora se mezclaba con la tierra que volaba por el aire y el hedor de la multitud enardecida.
Cuando sacaron el féretro envuelto en la bandera palestina, la multitud ya se había descontrolado absolutamente. Primero intentaron transportarlo hasta uno de los edificios centrales de la Mukata sobre una camioneta, pero pronto, el cajón pasó a manos de los soldados que querían hacerse paso. Iban en zigzag unos metros y retrocedían para intentar otro camino. Unos diez minutos más tarde no habían logrado avanzar más de cien metros. Fue ahí cuando se produjo lo que todos esperaban. La multitud logró arrebatarles el féretro a los soldados y se encaminaron para enterrarlo en el foso ubicado debajo de 3 pinos a un costado de la explanada y donde los albañiles habían trabajado hasta dos horas antes para armar a su alrededor una plataforma de mármol.
Por encima de un océano de manos flotaba el cajón como si fuera a la deriva por el mar. Avanzaba hacia un costado y unos puños lo empujaban a la dirección contraria. La gente se movía como olas borrachas, el féretro flotaba y se mecía, como si quisieran darle al líder una despedida de niño dormido.
Finalmente, el cajón perdió la bandera palestina y su lustre de madera noble brilló. Al contraluz y desde el edificio en construcción donde nos apiñábamos los periodistas enviados de todo el mundo, parecía una luz amarilla sobre un desierto azul. Un grupo de muchachos con vinchas armadas con las kafiah, los pañuelos palestinos, pareció en un momento tomar control y arrastró el cajón en la dirección correcta. Ya casi estaban sobre la plataforma de mármol. Con un último impulso, se elevaron por sobre el montículo. Fue cuando el cajón desapareció. Era evidente que había llegado a su lugar de descanso final. La multitud lo había llevado hasta el lugar que le habían preparado olvidando por completo los actos protocolares, cualquier investidura de autoridad y hasta a la viuda, Suha, que a esa altura nadie sabía dónde había quedado.
“Se nos fue todo de las manos”, tuvo que confesar el ministro palestino Saeb Erekat, que viajó en el helicóptero que trasladaba el cadáver. “Pero finalmente se hizo bajo el rito islámico y se lo enterró antes de la caída del Sol”. “No necesitábamos de ninguno de estos burócratas. A Abu Ammar lo enterró el pueblo”, replicó un muchacho que ya estaba sin voz y tenía la cara roja de gritar.
Cuando logré acercarme hasta el lugar, dos horas más tarde, pude ver un primer hueco cuadrado de unos dos metros de largo por un metro de ancho y desde allí aparecía otra abertura donde había sido colocada la mortaja de costado (como es tradicional en el mundo musulmán) y mirando hacia La Meca y luego cubierta por tierra de la mezquita de Al-Aqsa, de Jerusalén, que es donde Arafat quería ser enterrado y el ejército israelí lo impidió.
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