DONDE DICE "CONQUISTA" DEBE DECIR: "GENOCIDIO".
El 12 de octubre es una fecha trágica para los pueblos originarios americanos, aniversario que fue aprovechado ayer para constituir en Buenos Aires la Organización de Naciones y Pueblos Indígenas en la Argentina (Onpia), una dirección nacional de las 19 comunidades aborígenes del país.
Este año los pueblos originarios producirán múltiples manifestaciones en el extensísimo territorio argentino para hacerse escuchar, que van desde la conformación de la organización que los agrupe a nivel nacional, como las reuniones de base entre los mapuches o los tupí guaraní en el norte, hasta el ya habitual contrafestejo de todos los años frente al Congreso nacional.
La flamante representación de la Onpia, que se reunió en Buenos Aires, tendrá que superar obstáculos como la falta de canales ágiles para llegar a los miles de indígenas que, en su gran mayoría, fueron expulsados al territorio de la marginación.
Los dirigentes indígenas, algunos de una amplísima trayectoria en el país y en el exterior, como es el caso del mapuche Víctor Capitán (vicepresidente del Fondo Indígena, organismo multilateral de todo el continente), tienen que demostrar a propios y extraños la capacidad para llevar a buen puerto el proceso difícil de unificación de los 19 pueblos, un hecho que carece de antecedentes históricos. Por otra parte, también están los aborígenes que prefieren empezar antes por una convocatoria al Segundo Parlamento en Buenos Aires Chico, cerca del Maitén, un congreso pensado como “ámbito colectivo de representación político-cultural autónomo”, según la Organización Mapuche-Tehuelche 11 de Octubre.
Para este agrupamiento, la unidad debe estar entre los que “resisten en todo el país”, en oposición a prácticas “más Dóciles de algunos hermanos”, sostienen.
Hay pueblos indígenas que viven reducidos en sus modos culturales, y que llevan adelante, pese su situación de vulnerabilidad, casos judiciales contra los estados nacional y provinciales, donde hasta la Universidad de La Plata debe responder por una demanda de la comunidad mbyá Kuñá Pirú, que reclama su territorio ancestral invadido ahora por estudiosos y visitantes ansiosos de conocer la selva en vivo y en directo.
Frente a este nuevo 12 de octubre muchos dirigentes indígenas se preguntan, como el rankulche Germán Canhué, cuándo tendrán ellos el mismo trato que los piqueteros y el presidente Néstor Kirchner los reciba para tener un diálogo franco, refieren los representantes aborígenes.
EL EXTERMINIO TUVO CONTINUIDAD EN EL SIGLO XX
A los conquistadores españoles y a la Campaña al Desierto suelen achacárseles en exclusiva los males sufridos por nuestros indígenas. Pero el exterminio prosiguió durante el siglo XX por parte de mercaderes y estancieros –algunos argentinos– ante los que sólo se alzó el temple de los misioneros salesianos en procura de frenar tanta barbarie.
“A tal punto llegó en el invasor el desprecio y el odio contra los indígenas, que para librarse para siempre de ellos –pues eran un obstáculo para la multiplicación de sus rebaños– ofreció una libra esterlina por cada par de orejas o por cada calavera humana que se le presentase”, denunció monseñor Alberto de Agostini en su libro Mis Viajes a la Tierra del Fuego.
Las víctimas eran los alacalufes, los yaganes y los onas –habitantes de aquellas regiones del extremo sur de Argentina y Chile– con quienes De Agostini convivió como misionero y a quienes fotografió como nadie, a sabiendas de que su obra quedaría como testimonio de una existencia condenada al exterminio.
“El koliot (forastero), llegado de remotos países, sediento de riquezas y dueño de armas mortíferas, habrá acabado muy pronto su nefasta obra, destruyendo para siempre la secular felicidad de esta raza primitiva, que vivía solitaria e inofensiva en la más singular región del globo”, preanunciaba hacia 1923.
Ese salesiano –a quien la Argentina le debe la cartografía más precisa que se haya hecho de la zona cordillerana sur, que recorrió entre 1910 y 1958, y también la traza, en 1936, del Parque Nacional Los Glaciares– no se equivocó: hace cuatro años murió la última ona pura que quedaba, Virginia Choquintel, quien había nacido en la misión de Río Grande y no dejó descendencia.
“Exploradores, estancieros y soldados no tuvieron escrúpulo en descargar su máuser contra los infelices indios, como si se tratase de fieras o de piezas de caza. Ni de arrancar del lado de sus maridos y de sus padres a las mujeres y a las niñas para exponerlas a todos los vituperios”, describía De Agostini.
A su juicio, “el mayor delito del indio fue el no haber sabido distinguir entre el guanaco y la oveja, pues los consideraba a ambos libre de caza, porque los encontraba en terrenos que les pertenecía; nunca fue sanguinario, tan sólo cuando se vio tomado de mira por los blancos, se vengó por represalia, y a veces terriblemente”, explicaba.
Los primeros que sufrieron el pernicioso influjo de los “civilizados” fueron los yaganes y alacalufes, que vivían en los canales donde era frecuente el paso de naves con hombres blancos.
Fue así como contrajeron numerosas enfermedades –tuberculosis, sarampión y escarlatina–, que conocieron el alcohol y que fueron aniquilados a tiros por buscadores de oro y loberos.
En tanto, los onas fueron perseguidos por los estancieros, que mandaban a sus peones ovejeros a matarlos a tiro de winchester y a envenenarlos con estricnina, para quedar como dueños de los campos antes ocupados por los indios.
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