DOS AÑOS SIN FERNANDA Y SIN RESPUESTAS
Ya son dos años sin Fernanda Aguirre. La joven niña de San Benito, secuestrada por el ahora recluso suicidado en una comisaría de Paraná, Miguel Angel Lencina, se esfumó de la tierra. Nadie más la encontró a partir de esa madrugada del 26 de julio de 2004, horas después de haber desaparecido de la zona del cementerio de la pequeña localidad. La realidad, más allá de especulaciones e intentos de explicaciones, es la que hoy se observa. Fernanda jamás apareció. Lencina, el principal imputado, fue encontrado ahorcado en el patio de su celda y ningún policía fue sancionado por tal irregularidad. Tampoco existió quién se preguntara por qué lo sacaban de la comisaría a la madrugada para torturarlo. Ni la Justicia ni el personal policial conducido por el ex jefe Ernesto Geuna pudieron determinar siquiera qué hizo Lencina con la totalidad del dinero que cobró por el secuestro. Transcurrieron dos años y jamás hubo elementos concretos que pudieran determinar que, en verdad, la joven pudo haber sido ubicada en una supuesta red de prostitución, como siempre se ha venido insistiendo en todo este tiempo, aunque cada tanto -por lo general en fechas aniversarios mensuales o anuales-, aparece el fantasma de Fernanda en algún lugar del país. Y también desaparece; como cada tanto.
Son 730 días desde aquél domingo 25 de julio de 2004 y es como si se estuviera en esa jornada en que se dijo que se redoblarían los esfuerzos y Fernanda Aguirre aparecería en cuestión de horas. La diferencia está en que la niña nunca apareció; el principal imputado está muerto; pasaron dos jueces, varios fiscales e innumerables policías de diferentes fuerzas y reparticiones. Hay una detenida (la ex esposa Mirta Cháves); un procesado como Raúl Monzón -primo de Lencina, quien estuviera con el ex recluso, en su casa, esa noche del secuestro- y demasiadas dudas. Para los investigadores, Monzón fue la persona que le ayudó a trasladar a un lugar no determinado a Fernanda Aguirre, esa noche del domingo 25 de julio o bien en la madrugada del 26. Siempre insistieron con que el Dodge 1500 del vecino de Monzón fue utilizado ese día, pese a las diferentes pruebas en contrario, que indicaban que el motor no funcionaba desde casi mediados de julio. Varios meses después del hecho, los policías comandados por el comisario Carlos Catena –quien siempre lideró la investigación- llevaron diversos testigos que aportaban confusos datos, sobre los movimientos del Dodge esa noche, en proximidades del Puente de Hierro donde se pagó el rescate por la pequeña. Entre ellos, Mirta Cháves, quien recién en la sexta vez que declaró dijo que Monzón había estado en el momento del cobro del rescate, pese a que en sus anteriores indagatorias había sostenido que recién lo conoció en la Terminal de Omnibus en la madrugada del 26 de julio.
A fines del 2004, la causa volvió al juez de Instrucción Héctor Eduardo Toloy, el mismo que estaba de turno ese 25 de julio, después del fracaso del fiscal federal Mario Silva en la primera parte investigativa. Toloy lo tomó como un desafío propio. De hecho, el control de la investigación lo tuvo formalmente el cuestionado juez, pero en la práctica lo manejó a gusto y paladar la comisión policial liderada por el comisario Catena. En las primeras semanas del año pasado, siempre hizo lugar a los pedidos de investigación de sus colaboradores policiales, por rumores surgidos en Santiago del Estero, Tucumán, La Rioja o Santa Fe –indicando que la pequeña se podía encontrar en alguna de esas jurisdicciones que, paralelamente, era recorrida por la madre de Fernanda con nuevas fotos y afiches -, pese a que no existían elementos concretos para avanzar en firme. Toloy se fue del Poder Judicial hace escasos meses, después de acogerse al beneficio jubilatorio y dejó el expediente en manos de su ex secretario y ahora juez subrogante, Gustavo Maldonado, designado por el Superior Tribunal de Justicia. Maldonado no avanzó demasiado y realizó casi los mismos movimientos de su antecesor.
De hecho, si Lencina la mató, nunca se supo qué hizo con el cuerpo. Lencina era un enfermo; un psicópata; un preso que nunca tuvo la atención debida en las cárceles en que estuvo. Un tipo que gozaba con la muerte, con el dolor ajeno, con las violaciones o el sufrimiento de sus víctimas. Era un hombre poco confiable para una organización delictiva, por sus características. Nunca se encontraron rastros ni en las taperas, ni en los pozos negros, ni en los hornos de ladrillo de kilómetros a la redonda. Tampoco en ninguno de los cementerios.
Jamás se pudo determinar si alguien lo ayudó esa noche del 25 de julio, supuestamente a retirar el cuerpo. Cuando Lencina fue detenido, prácticamente se había gastado los 2000 pesos del rescate. Y junto a su mujer no gastaron más de 500 pesos entre Paraná y Concepción del Uruguay. Nunca se supo a quién le debía dinero en la cárcel uruguayense, ni cuánto devolvió de ese dinero. Siempre se pensó que hubo otra persona involucrada, que le pudo haber cobrado no menos de 1000 pesos para trasladar el cuerpo a un lugar no determinado.
El mismo silencio en torno a esa tercera persona -si es que existió- fue el que se aplicó con relación a los días de Lencina en la Comisaría Quinta de Paraná. Nunca hubo sanción alguna para quienes estuvieron en la guardia entrante o saliente de esa dependencia, por dejar morir a Lencina. Fue penosa la investigación de parte de Gendarmería Nacional -que hizo el trabajo sumario, tras ser apartada la Policía- y más deficiente aún la tarea del entonces juez Ricardo González, que llevó adelante el expediente. Son demasiadas las falencias y nunca se investigaron. Lencina no podía cortar la frazada con los dientes para ahorcarse, porque hacía no más de dos meses que tenía dientes postizos; pero nadie llamó al odontólogo que lo atendió. Nunca se citó a personal de la División Homicidios de la Policía, que era quienes tenían el control sobre Lencina; los que lo llevaban y traían. Lencina fue golpeado, torturado física y psicológicamente. Nadie preguntó por qué lo sacaban de la dependencia en horas de la madrugada, evidentemente para torturarlo en algún lugar no determinado. Y está claro que mientras sigan existiendo sectores policiales corruptos -esos mismos que hicieron lo imposible para desviar la investigación, con responsables con nombre y apellido-, la historia no cambiará.
A Lencina lo llevaron a la muerte; lo cercaron de todos lados y el reo optó por el suicidio, como el clásico psicópata, dueño de la muerte en cada una de sus historias. Lencina tenía terror de volver a la cárcel y pasar por la misma situación de 1988, cuando fue violado durante casi 24 horas por más de diez reclusos, después de asesinar con su tío a una pequeña. Además, a partir de su caso, se cortaron las salidas transitorias en las cárceles entrerrianas y él sabía que la venganza iba a ser feroz.
Siempre costó creer lo de la entrega de Fernanda a la red de prostitución. Lencina no era un hombre del delito para trabajar en conjunto, por más que no fuera el mismo de 1994, en que mató por placer y venganza a dos mujeres. Era un psicópata sin estructura, casi sin relaciones en Paraná y nunca dispuesto a ser integrante de una banda. Cada vez que apareció la hipótesis del secuestro planeado, para lograr una joven determinada y ser entregada a una red de menores, aparecieron dudas contundentes.
La ex esposa de Lencina, Mirta Cháves, espera que la Justicia entienda que su rol fue secundario, que actuó bajo la presión de su ahora fallecido marido y que le crean de que nunca supo del final de la niña. Que hizo lo que hizo porque pensó en un simple secuestro express, sin tomar dimensión sobre el verdadero destino de la adolescente. Y con el correr de los días demostró ser permeable a las presiones policiales, a cambio de una mejora en su condición de imputada, para tener menos condena el día que la causa llegue al juicio oral y público. Por un lado, hay quienes sostienen que la única detenida no sabe más de lo que confesó ante la Justicia. Por el otro, existe quienes sostienen que sabe mucho más de lo que dijo. El Lencina de 1994 –cuando fue detenido después de matar a dos mujeres en menos de una semana- era de relatar en detalle sus muertes, a sus más allegados. La pregunta es si a esta mujer le confesó cosas; a ella que era la persona que más amaba, la madre de sus hijos.
Fernanda no está; nada se sabe de ella. Tampoco están Lencina, ni el juez Toloy ni el entonces jefe policial Ernesto Geuna, despedido de la fuerza en noviembre del año pasado. Ya nadie tiene dudas del fracaso de la investigación, aunque pocos se quieran hacer cargo. La pregunta es hasta dónde le interesa lograr un dato concreto al poder politico –que tan involucrado se mostrara en un principio-, a la Justicia o a la propia Policía. Seguramente ya a nadie le conviene que los restos de Fernanda aparezcan o que la nena se encuentre viva en algún lugar no determinado. Es más fácil soportar alguna que otra crítica, abrazar de vez en cuando a la madre de Fernanda en su eterno dolor o dejar que las hojas del almanaque arrastren, como tantos otros casos impunes, una causa más hacia el olvido, en esta provincia de la desmemoria.
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