DRAMA Y VIOLENCIA EN LA EVACUACIÓN DE GAZA
En medio de la convulsión generada en todo el país por la resistencia de miles de colonos judíos a ser desalojados en forma compulsiva de la Franja de Gaza, un israelí robó el fusil de un soldado y mató a cuatro palestinos en otro enclave conflictivo, Cisjordania.
Coincidencia o no, el crimen crispó al gobierno de Ariel Sharon, así como su relación con la Autoridad Nacional Palestina (ANP), avivó las consignas de violencia y de venganza de un grupo radical como Hamas y llevó al ejército a declarar en alerta todo el territorio.
Todo ello mientras no cesaban los rechazos de los colonos y de sus seguidores, identificados con el color naranja, a la evacuación forzosa que emprendieron soldados y policías en los asentamientos de la Franja de Gaza, y que anoche se había completado en más de la mitad de las colonias.
En señal de protesta, una mujer llegó al extremo de prenderse fuego en Netivot y, en Neve Dkalim, no pocos se arrojaron delante de las excavadoras, de modo de impedir las demoliciones. “Es imposible ver esto sin lágrimas en los ojos”, concluyó Sharon, en un dramático discurso en el que pidió a los colonos que no atacaran a los soldados (ver aparte). En las azoteas, los “naranjas” agitaban banderas de Israel.
Con más ínfulas y menos paciencia que en los días anteriores, las tropas exigieron ayer, casa por casa, que sus ocupantes se marcharan. El éxodo continuó, pero, en algunos casos, la resistencia no dejó de ser férrea. En especial, en las sinagogas, tomadas como fuertes desde el momento en que el Tribunal Supremo prohibió que fueran derrumbadas, al igual que las yeshivas (seminarios judíos).
En la puerta de uno de los varios edificios de una de las sinagogas de Neve Dkalim, el asentamiento más rebelde, un cartel decía en hebreo y en inglés: “Bush y Sharon han declarado la guerra a Dios y a su Biblia”. Desde la puerta, uno de los colonos convocaba a los “naranjas” a reunirse en ella, el único lugar seguro después del avance de las tropas en mayor número que en los días anteriores (se habló de 14.000 soldados).
“Entren para que podamos seguir con el plan”, clamaba. Adentro había colchones en los que muchos habían pasado la noche.
De unos 100 ómnibus descendieron por la mañana soldados y policías que, desarmados, debían insistir en la segunda fase del otro plan, el Plan de Desconexión: la persuasión. Pero la mayoría ya estaba persuadida y, a muchos, no hubo forma de convencerlos. Entre lágrimas, una mujer dijo a LA NACIÓN: “Aquí, el señor Sharon destruyó el sueño de Israel”. Es decir, la expansión.
En las sinagogas, los rezos fueron constantes. Frente a la lectura de la Torá, hasta los soldados y los policías cesaban en sus demandas y, conmovidos, repetían las oraciones. En la mira no estaban los colonos, sino los infiltrados; temían la posibilidad de que desencadenaran hechos de violencia.
TEMORES
La violencia, sin embargo, estalló en otro punto del mapa: Cisjordania, en donde cuatro de sus 120 asentamientos judíos serán evacuados.
En el lugar del crimen de cuatro palestinos a manos de un israelí, el asentamiento Shiloh, 30 kilómetros al norte de Jerusalén, Moisés Sutton, argentino, confesó en un diálogo con LA NACIÓN que no salía de su asombro. “Conozco a este muchacho [el asesino] y, la verdad, no sé qué le pasó por la cabeza”, dijo. Se refería a Asher Weisgan, chofer de 38 años, radicado en el asentamiento vecino de Shvut Rahel, detenido de inmediato por la policía. “Un terrorista judío”, según Sharon.
Sutton, nacido hace 47 años en el barrio porteño de Once y radicado en ese enclave desde hace 27, no ocultó sus temores frente al Plan de Desconexión y su rechazo a la política de Sharon, por más que, dijo, “la mayoría de las 240 familias de este asentamiento votaron por él”.
Uno de sus seis hijos, Abraham, de 17 años, murió hace tres años en un atentado de Hamas: él y un amigo recibieron 14 balazos en la espalda. “Todos estamos armados en nuestras casas -dijo-. Pero yo no mataría a gente inocente. Somos gente religiosa. La Torá nos enseña que la tierra prometida es la tierra de Israel.”
Hasta la muerte de su hijo, Sutton era asesor del Ministerio del Interior de Israel. Después, con una compensación del Estado, creó una fundación de ayuda y estímulo al prójimo.
Tanto él como sus vecinos temen, no obstante ello, que Sharon, “con su afán de pasar a la historia”, incluya en su Plan de Desconexión a Cisjordania, en donde se encuentra Ramallah, base del poder de la ANP.
Después del crimen de los cuatro palestinos, el presidente de la ANP, Mahmoud Abbas, coincidió con Sharon en que se trató de un acto destinado a sabotear la retirada israelí de los territorios ocupados después de la guerra de 1967. Hamas, a su vez, dejó entrever por medio de su vocero, Mahmoud A-Zahar, que “será vengado”.
Horas después del múltiple asesinato en Cisjordania, militantes palestinos dispararon dos proyectiles de mortero contra el asentamiento de Gadid, incluido dentro del plan de retirada de la Franja de Gaza. No se registraron ni muertos ni heridos.
Mientras tanto, los soldados y los policías israelíes continuaban con su plan persuasivo en procura de desalojar todos los enclaves. A su paso, varias voces se alzaban gritándoles: “¡Nazis, nazis!”. El peor insulto. En Morag, otro enclave duro, lograron dispersar a los seguidores de los colonos después de derribar las barricadas montadas con ramas de árboles y botes de basura. Desde la ventana de un primer piso, un padre balanceaba temerariamente a su hijo de apenas uno o dos años.
En otros casos, soldados y policías asistieron a los pequeños perdidos que lloraban en forma desconsolada, y lloraban ellos mismos por el punto en común entre unos y otros: las plegarias no atendidas.
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