EL 23% DE LOS ALUMNOS UNIVERSITARIOS PASÓ UN AÑO SIN APROBAR MATERIAS
El dato puede pasar como uno para el libro Guinness de los récords: el rector de la Facultad de Medicina de Tucumán acaba de firmar el diploma de un estudiante que ingresó en 1954 y tardó medio siglo en recibirse. Pero más allá del caso extremo, la tendencia a prolongar los estudios y pasar períodos del tiempo universitario en el modo de “pausa” se da muy frecuentemente. Según las últimas cifras disponibles del Ministerio de Educación, el 22,7% de los universitarios pasó 2003 sin aprobar ninguna materia y los datos recién procesados del Censo de la UBA confirman “la tendencia”: el 12,5% no hizo ninguna actividad académica durante 2004.
Los números se ensamblan para armar el perfil de una parte de los estudiantes señalados como “crónicos”, que extiende el transcurso de sus años de alumno más allá de lo esperado. De acuerdo con los datos de 2003 de la Secretaría de Políticas Universitarias de Educación, los universitarios argentinos tardan en promedio un 57% más de lo pensado en completar sus carreras. En el caso extremo están los ingenieros agrónomos que tardan un 80% más de lo esperado. Independientemente de los casos extremos como Medicina en Tucumán (Ver Medio siglo …) o Córdoba (Ver Córdoba…), en el centro del debate están las causas de esta tendencia.
Determinar si los que no pisaron durante doce meses las aulas de las facultades son crónicos o no puede transformarse en una discusión sin final. Pero la tendencia que marca que 2 de cada 10 no aprobó ninguna materia se viene reiterando en los últimos años. Y una de las respuestas más frecuentes para explicar este fenómeno es que “las condiciones de regularidad las impone cada Facultad”. La Ley de Educación Superior, en su artículo 50, establece que un alumno mantiene la regularidad cuando aprueba dos materias por año. Pero el mismo polémico artículo da carta libre a las facultades con más de 50.000 alumnos.
En este complejo universo de historias propias y reglamentaciones, lo que emerge tiene una característica con sello Industria Argentina: acá “los estudiantes universitarios son part-time”.
¿Por qué se da este fenómeno que no se repite en otras universidades del mundo? “Hay muchos factores”, responden los observadores de los claustros. “Tenemos un estudiante que no se dedica exclusivamente a estudiar. En los últimos censos se les pregunta si trabajan y la mayoría responde que sí. Eso hace que se produzca un atraso lógico”, establece Marta Kisilevsky, de la Secretaría de Políticas Universitarias del Ministerio de Educación. También hay otros factores que influyen, como por ejemplo la organización curricular, “con carreras excesivamente largas” y correlativas que provocan cuellos de botella, enumera Kisilevsky.
“Además de los problemas generales de otras facultades, en el caso de los ingenieros agrónomos —explica Fernando Vilela, decano de Agronomía de la UBA— para recibirse necesitan hacer un trabajo final. Lo que atrasa a la mayoría”. Pero la interferencia laboral también es parte de la realidad de los agrónomos. “Los estudiantes empiezan a trabajar en tareas relacionadas con la carrera antes de recibirse y en las afueras, lo que promueve el fenómeno”.
A primera vista, la necesidad de trabajar es, sin duda, la causa principal para que muchos estiren sus tiempos universitarios, pero al detenerse en los casos puntuales la “prioridad económica” no es la única que provoca el fenómeno del universitario “part-time”. La prueba de que el fenómeno está instalado —se habla de una cultura del trabajo y de una idiosincrasia propia de los estudiantes argentinos— es lo que sucede en las privadas.
Con un diseño de sus planes de estudios supuestamente más dinámicos en los que las cursadas impulsan a que los alumnos mantengan un ritmo parejo —sumado a la obligación que implica el pago mensual y a la exigencia de cumplir horarios al estilo del colegio secundario—, cabe suponer que sus alumnos se reciben en tiempo y forma. Pero no. El 35% tarda más de lo esperado según el Ministerio de Educación. Y muchos trabajan.
Tratando de no caer en las generalidades, en el rectorado de la UBA señalan que cada disciplina tiene sus características. Con más de 294.000 alumnos explican que no es lo mismo el comportamiento de los estudiantes de Odontología que el de los de Filosofía y Letras. Los primeros están el 95,1% activos mientras que entre los otros hay un 25,2% que no realizó ninguna actividad académica en 2004.
El costo de sostener estudiantes de largo aliento —se estima que por alumno se invierte $ 1.730 anuales— es un problema que se suma al alto porcentaje de deserción (entran 10 alumnos y 8 no se reciben). Por eso entre las soluciones figuran promover cambios y acortamiento de carreras y dar más becas para terminar con la necesidad de trabajar.
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