EL 26,4% DE LOS CHICOS ESTÁ EXCEDIDO DE PESO
En la Argentina, el 26,4 % de los chicos y adolescentes es obeso o tiene sobrepeso, revela el primer estudio epidemiológico realizado en el nivel nacional para detectar trastornos alimentarios. Y para peor, sólo el 2% realiza actividad física, la vía más efectiva, a esa edad, para encarar una vida saludable sin kilos de más.
Para obtener una radiografía de la dieta de los chicos y adolescentes argentinos y detectar cuántos de ellos están en riesgo de desarrollar trastornos de la alimentación, la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP) coordinó el trabajo de 151 pediatras de todo el país, que estudiaron a casi 2000 jóvenes de entre 10 y 19 años que acudían a la consulta médica por razones no relacionadas con la alimentación.
Las conclusiones de la investigación podrán leerse en la revista Eating Disorders, con la firma de un equipo multidisciplinario: los médicos nutricionistas Luisa Bay, del hospital Garrahan; Irina Kovalskys y Enrique Berner, del hospital Argerich; la doctora en psicología Cecile Rausch Herscovici, y Liliana Orellana y Andrea Bergesio, de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA.
Los adolescentes estudiados respondieron a una encuesta y un test que indagaron la conducta alimentaria y la preocupación por el peso y por el cuerpo, además de rastrear la presencia de factores de riesgo: madre obesa, familia dietante, crisis vitales y antecedentes de problemas alimentarios, cuya presencia fue positivamente asociada con la aparición de un trastorno de la alimentación.
Frente a la sospecha de patología alimentaria, el pediatra realizaba entonces una entrevista personalizada para confirmar la presunción de trastorno alimentario: aunque las tasas de anorexia nerviosa fueron prácticamente nulas y las de bulimia fueron del 0,05%, el comer compulsivo (los atracones) se verificó en el 6,6% de los jóvenes.
Sin embargo, uno de los aspectos más curiosos del trabajo fue la sorprendente diferencia que hombres y mujeres demostraron a la hora de definir la preocupación por su aspecto físico: “A pesar de que encontramos menos mujeres que varones con sobrepeso (24% versus 30%), fueron más las mujeres que se percibieron con sobrepeso (82,6% versus 17,4%)”, comenta Cecile Rausch Herscovici, coautora del estudio.
Herscovici y sus colegas también observaron que el 25,7% manifestó deseos de tener la panza chata y de ellos, el 81% eran mujeres; el 13,3% (86% para las mujeres) confesó tener miedo a aumentar de peso y el 17,9% (78% del grupo femenino) expresó su intención de reducirlo. Además, en un 10,5% de los casos (70% de las mujeres) el cuerpo emergió como un signo de vital importancia para la autovaloración.
“La preocupación por el peso y el aspecto corporal es tan común entre las mujeres adolescentes y púberes que puede considerarse normativa y se corresponde con la mayor presión cultural que pesa sobre la mujer”, concluyen los autores.
Preocupación obsesiva
El sobrepeso o la obesidad resultan del cálculo del Indice de Masa Corporal (IMC), cuya fórmula es Peso (en kg.) dividido Altura al cuadrado (m2). Entre 25 y 29.9 de IMC indica sobrepeso; más de 30, obesidad.
La preocupación obsesiva por el peso y por el aspecto corporal es muy frecuente entre las adolescentes, especialmente entre aquellas con sobrepeso. Uno de los riesgos que esconde es que puede disparar la llamada “conducta dietante”, que implica una estricta restricción de alimentos y un estilo de comer que incluye reglas fijas, prohibiciones múltiples y alimentos que pasan a integrar una lista negra. Con el tiempo, produce el efecto inverso al deseado por efecto rebote, ya que tanta restricción suele desembocar en desbordes alimentarios.
Numerosos estudios han identificado la conducta dietante como un factor de riesgo para los trastornos de la conducta alimentaria. Un estudio realizado en 1997 entre ingresantes en la Universidad de Buenos Aires demostró que esta forma de vincularse con los alimentos multiplicó por siete el riesgo de desarrollar un trastorno alimentario.
Para evitarlo, el secreto es sencillo: la prevención. La nueva investigación delega en los pediatras una importante cuota de responsabilidad para detectar tempranamente a aquellos adolescentes con sobrepeso y obesidad, así como a aquellos que podrían desarrollar trastornos alimentarios, a fin de instalar hábitos de vida saludables, que tomen el exceso de peso como un riesgo para la salud y no como una simple cuestión estética.
“Este estudio pone de relieve la importancia de incluir una historia alimentaria en la consulta del pediatra; conviene investigar la conducta alimentaria y cuando el médico sugiere bajar de peso a un niño o adolescente sería conveniente incluir la discusión de prácticas saludables y prácticas malsanas de regulación de peso y no favorecer a través de comentarios casuales y no intencionados una preocupación innecesaria por el peso o el aspecto corporal”, concluyen los autores del estudio.
La doctora Bay propone actuar sobre las causas de la obesidad en la población local, que a su entender son las mismas que están provocando una epidemia mundial de obesidad: “Mayor consumo de alimentos con alta densidad calórica, porciones de mayor tamaño, fácil acceso y menor costo a alimentos ricos en grasa, presión de propaganda sobre el consumo de bebidas azucaradas en lugar de agua y de diferentes tipos de golosinas. A esto se suma la menor actividad física de los niños, que viajan en transporte en lugar de caminar, se desplazan en ascensor en lugar de subir por la escalera y, además, no juegan en la calle ni salen a andar en bicicleta por una cuestión de inseguridad”.
Una de sus propuestas es evitar las conductas obsesivas y malsanas en cuanto a control de peso probablemente con información adecuada con respecto a qué significa un peso saludable, que no significa calzar la prenda de talle más pequeño que ofrece una casa de modas. Además, plantea la necesidad de que los quioscos escolares ofrezcan alimentos más sanos.
La vía más directa hacia la salud es aprender desde la infancia a comer bien y para ello tiene que estar involucrada toda la familia en hábitos alimentarios saludables, teniendo presente medidas tan sencillas como reducir las horas cotidianas de TV o computadora, para revertir uno de los datos más alarmantes de la investigación: el 80% no realizaba actividad física y solamente el 2% de los que tenían sobrepeso u obesidad la incluían como práctica regular.
Por último, dado que el malestar psicológico apareció asociado como causa o consecuencia del sobrepeso, éste se convierte en un factor de riesgo para el desarrollo futuro de numerosas enfermedades y para la aparición de conductas alimentarias arriesgadas. Despegarse de los kilos sin obsesionarse por el cuerpo a través de una forma de vida sana sigue siendo la forma más directa de construir salud.
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