EL ADIOS A JUAN PABLO II Y AL ÚLTIMO CUARTO DE SIGLO
Así como muchas personas de fe suelen crear en la intimidad de sus conciencias deidades a medida —proclives a la complicidad y a perdonar en uno las transgresiones por las que condena sin miramiento a los otros—, es fácil encontrar en la opinión pública a pontífices “conservadores” y “progresistas” definidos, más que por estándares objetivos, por medidas individuales.
En ambos casos hay mucha ligereza. Es muy posible que las intenciones de Dios, cualquiera sea la forma en que se lo conciba, sean mucho más difíciles de escrutar y, ciertamente, que no queden fácilmente contenidas en ninguna medida de deseo o necesidad individual.
Del mismo modo no es aventurado suponer que la dimensión de un Papa, del impacto que un determinado papado sobre la cultura universal, es algo tan complejo que no pueda reducirse a los adjetivos que usamos habitualmente para asir el significado del poder.
Todo sugiere que el más de cuarto de siglo en que la Iglesia Católica ha sido conducida por Karol Wojtyla —Juan Pablo II— está a punto de ser sometido a una revisión de esa clase, aquella que intente descifrar el significado último de un período increíblemente transformador y no solo en los asuntos de la fe, sino en aquellos considerados de naturaleza secular.
Las conclusiones, si son intelectualmente honestas, no deberían llegar de forma sencilla y rápida. La figura de Juan Pablo II como símbolo —y este es uno de los pontífices que más ha prestado valor a lo simbólico— es difícil de escrutar.
Este Papa ha sido amargamente responsabilizado de trabajar en asociación estrecha de propósitos con Ronald Reagan en los años ’80 para producir lo que sucedió a comienzos de la década siguiente: el colapso del llamado “socialismo real” que se encarnaba en la Unión Soviética y en el bloque comunista de Europa central.
Ciertamente su primer viaje pastoral a su Polonia natal, hecho en 1979, apenas un año después de haber sido ungido pontífice, es considerado por muchos historiadores como el inicio del fin de la experiencia comunista en Eurasia y por tanto también de aquel estremecedor período internacional conocido como “Guerra Fría”.
Hay más que especulación en esto, Wojtyla es efectivamente un hombre formado en la resistencia a la opresión de corte colectivista, una experiencia difícilmente comprensible por quienes, en Occidente, resisten las otras opresiones, productos del sistema de organización social capitalista, que ni las formas democráticas consiguen atenuar.
En lo estrictamente doctrinario —y ya dentro de la religión más numerosa del planeta, con una sexta parte de la humanidad como grey— hay quienes le imputan haber desandado deliberadamente el camino del Concilio Vaticano II convocado por Juan XIII y luego conducido de modo magistral a sus conclusiones por Pablo VI.
En más de una medida esta imputación no es injustificable. La Iglesia posconciliar nació con una voluntad de diálogo con el mundo secular y de horizontalidad que se desdibujó bastante durante el tiempo de Juan Pablo II. Este, resulta evidente, creyó que era más importante que esa Iglesia ejerciera un magisterio claro y directo y reivindicó para lo religioso un principio de autoridad que consideró indelegable y, en última instancia, incuestionable.
Su oposición a lo que llamó la “cultura de la muerte” —el aborto, la eutanasia en sus variadas formas—, su negativa a admitir una revisión de las reglas del celibato sacerdotal, la incursión agresiva del catolicismo en el mundo de la ciencia —la condena de muchos avances concretos en el área de la biogenética— y de la salud —en especial la resistencia a lo métodos de divulgación y prevención en materia sexual— son otros tantos tópicos que parecen abonar la visión de Juan Pablo II como el Papa más conservador desde que uno de sus antecesores, Pío XII, dejara vacante la silla de San Pedro en 1958.
Sin embargo, muchos de lo historiadores que han practicado una segunda mirada sobre los años de Pío XII y el significado de su papado han debido reconocer que aquella calificación ha sido frecuentemente el producto de cierto enfoque unidimensional.
El Papa es siempre el soberano de más difícil gestión; mientras los responsables de un poder temporal deben preocuparse porque sus decisiones sean aceptadas dentro de confines delimitados, un pontífice —sin otro poder coactivo que el moral— debe construir las suyas pensando en los confines de la tierra y en audiencias tan diversas como las que este aporta. Y, a diferencia de lo que sucede con los políticos, los márgenes doctrinarios que contienen al magisterio de un Papa dejan escaso margen de maniobra.
Esa misma unidimensionalidad debería ser superada en el caso de Juan Pablo II. Este es también el Papa que, de modo más taxativo, ha censurado a la globalización por sus muchos efectos deletéreos sobre la especie humana, que convalidó la “opción preferencial por los pobres” —definida por el sínodo latinoamericano de Puebla en los ’80—, que reconoció las responsabilidades de la Iglesia en los años oscuros del Holocausto judío y que en los ’90 hizo públicamente las paces con Charles Darwin y su teoría de la evolución de las especies, lamentando al mismo tiempo las injusticias cometidas contra el científico del siglo XIX por los perros guardianes de la fe. La voz de Juan Pablo II fue hace dos años la más clara en censurar a George W. Bush por su aventura iraquí.
Los argentinos conocemos los efectos del magisterio de Juan Pablo II sobre nuestros asuntos temporales, en especial los de la paz. No solo la rápida intervención del Vaticano evitó en 1978 una guerra fratricida argentino-chilena, sino que en 1982 se llegó hasta Buenos Aires —en las peores condiciones— para ayudar a la sociedad a digerir que la derrota en las Malvinas era inevitable. A comienzos de los ’80 cuando se las apodaba “locas” fue también el primero en recibir, en Porto Alegre, a las Madres de Plaza de Mayo.
Seguramente lo precedente no es más que una muy limitada introducción a la complejidad que representa el intento de hacer justicia con el Papado de Juan Pablo II. Una complejidad para la que, cuando menos, ha ganado respeto.
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