EL ADIOS A UNA LEYENDA
Ahora, ante la certeza de la muerte, ahora que se resume su historia en todos los idiomas y se cambia de apuro la tapa de los suplementos de espectáculos en el mundo, queda viejo el remate, queda antigua o ingenua la broma repetida y aplaudida. “¿Cual es el secreto?”, le preguntaban, refiriéndose a su longevidad, a los 100 años festivos que se hicieron añicos por una pulmonía el domingo a la noche. “El pastel de limón”, decía Bob Hope, que en el truco mismo condensaba el artilugio principal de su oficio: encender luces de colores sobre lo cotidiano y aplacar, mediante golpes de efecto, la fanfarria y fantasía que suele rodear a los personajes de su calibre.
El último 29 de mayo, cuando llegó a los 100 con todos los honores del imperio, ya casi no se esperaba de Bob Hope ninguna otra cosa que lo que ahora finalmente ha sucedido: una muerte tranquila, en su casa de de Toluka Lake, California, acompañado por su familia, según precisó su portavoz Ward Grant en Los Angeles.
Mozo, vendedor de zapatos y autos, reportero callejero y boxeador amateur antes de que fuera elegido para convertirse en famoso sin remedio, el hombre que acuñó como pocos el sueño americano, había nacido en verdad en Inglaterra, en un suburbio londinense de Eltham. Fue el quinto de los siete hijos que tuvieron un albañil y tallador de piedras y una cantante galesa, y a los cuatro años viajó con su familia a los Estados Unidos, para instalarse en Cleveland, en el estado de Ohio.
“Abandoné Inglaterra cuando descubrí que nunca podría ser rey”, repetía el cantante y comediante que desde hace décadas vivía con la certeza de que cada una de sus frases podía ocupar, al otro día, la primera plana de algún diario. No fue rey de Inglaterra pero logró, a los 94, que la reina Isabel II lo nombrara caballero.
Perspicaz, más que políticamente correcto, amigo de presidentes, Hope fue un activo participante en la acción de apoyo a las tropas estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, viajó a Vietnam en los sesenta, y no dudó en trasladarse al desierto durante la Guerra del Golfo de 1991. Y aún sigue, después de muerto, obteniendo extraños efectos: ayer, por ejemplo, se pusieron de acuerdo, para reverenciarlo, el presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y el director de cine Woody Allen. “Estados Unidos ha perdido hoy a un gran ciudadano (…) Bob Hope nos hizo reír y nos animó. Bob Hope sirvió a nuestro país yendo a zonas de guerra y entreteniendo a miles de soldados de varias generaciones”, dijo Bush en un comunicado. “Fue el comediante más influyente de su tiempo”, se lamentó Woody Allen.
De niño, pasaba desapercibido en las aulas de Cleveland, a tal punto que lo habían apodado Hopeless (Sin esperanzas) hasta que a los diez años horadó una veta de sí mismo y encontró allí el combustible que lo volvió rico y poderoso: la pasó muy bien en una imitación escolar de Charles Chaplin. Miró a sus compañeros, entonces, que reían y, en silencio, con toda convicción, no hizo más que poner proa hacia ese rumbo. A tal punto que abandonó, algunos años más tarde, la secundaria a un año y medio de iniciarla. Era ya un adolescente que tenía su deseo en el entrecejo y no quería perder tiempo con ninguna otra cosa.
De todas formas, para acrecentar el mito posterior, nada le resultó fácil en sus inicios cuando debió frecuentar oficios diversos y hasta llegó a caminar cuadriláteros bajo el seudónimo de Packy East. Subía entero y bajaba con ganas de encauzar su carrera de comediante. “La nariz no me ayudaba, me embocaban demasiado”, solía recordar, haciendo pie en ese humor que fue parte de su leyenda: puede reírse de todo quien ha aprendido a tomarse en broma a sí mismo.
Con chistes sencillos y algunos pasos de baile, Hope logró en los años veinte pasar de los pequeños escenarios ambulantes a Broadway. En 1932 hizo allí Ballyhoo y al año siguiente, Roberta. Esa obra, que fue un espaldarazo importante en su carrera, también lo marcó por cuestiones más personales: allí conoció a la cantante Dolores Reade, madre de sus cuatro hijos y su esposa de toda la vida.
Poco después, en 1934, debutó en el cine, donde llegaría a rodar 69 películas, ejerciendo como un antihéroe que sabía hacer gala de sus dificultades. En Hollywood filmó una película tras otra con su compañero y amigo inseparable durante años, Bing Crosby. Eran en general comedias simples, basadas casi siempre en la misma estructura, un truco que no fallaba: en las taquillas ingresaban millones.
“Su filmografía es ciertamente dispar, con varios títulos que no resistieron el paso del tiempo y que eran, podría decirse, fallidos en su época”, resumió el crítico Anibal Vinelli en mayo último. De su vasta filmografía pueden apuntarse varios logros: El Cabo raso (1941), El cofre del pirata (1944), Dejada en prenda (1949), Mis siete hijos (1955), El alcalde de Broadway (1957) y sobre todo El carapálida, junto a Jane Rusell, que lo puso definitivamente arriba, en las ligas mayores.
A esta altura era para los norteamericanos un rostro a mano, una voz siempre encendida. Es que no vivía sólo del cine y en 1938 comenzó en un programa propio de radio y luego pasó a la televisión, siempre contratado por la NBC, compañía con la que llegó a cumplir —otro récord de su parte— medio siglo de trabajo.
Ahora que una pulmonía barrió con el menos mortal de los norteamericanos, hay —entre todas— una foto y una frase históricas. “Ustedes arriesgan la vida, pero miren cómo se los agradece su país”, dijo, cuando presentó a Marilyn Monroe, ante las tropas de Corea. Todos los que tenían un micrófono cerca, ayer, en los Estados Unidos, tenían para recordar una historia sobre el muerto ilustre. “Ha terminado una era”, dijo ayer Tom Hanks. La hija del ex presidente Richard Nixon, Julie Nixon Eisenhower, también emitió un comunicado, en la que recuerda la amistad del cómico con sus padres y con su familia política. “Es imposible pensar en Bob Hope y no sonreír”, escribió.
Se retiró del negocio del espectáculo a los 93 años, pero la inactividad no era lo suyo: escribió en colaboración mumerosos libros y hasta 1997 él mismo sostenía el timón de su página en Internet. En el verano de 2000, el actor fue internado por una hemorragia estomacal. Un año después, tuvo que ser tratado por una neumonía y ya nunca recuperó su fortaleza física. Poco antes, a los 95, desmintió su propia muerte que una gran agencia había echado a rodar por el mundo. Un legislador lo llamó a su casa y el anciano desayunaba, muy campante, para nada muerto. “La noticia no me resulta del todo creíble”, le dijo, y terminó su café caliente.
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