EL ARDUO CAMINO A LA FAMA
Como en un eco interno, una y mil veces suena la voz de Debbie Allen, la maestra de la famosa serie “Fama”, diciendo: “La fama cuesta y aquí es donde empezarán a pagarla con sudor”. Aquella serie de la década del ochenta, que antes había pasado por la pantalla grande, dejó secuelas. Tanto es así que en el casting que se está desarrollando en el Teatro del Globo para elegir el elenco que tendrá la nueva versión de “Las mil y una noches” aparece -como en la serie- el mismo muestrario de actitudes, vestimentas, gérmenes de divismos o timideces de quienes quieren ponerse a prueba porque sienten que pueden, que saben, que es justo estar allá arriba pagando el precio de la fama con sudor.
Y en este caso, el “jefe” es todo un personaje en sí mismo porque se trata de Pepe Cibrián Campoy, que anda por la sala que regentea junto a su socio y amigo, Angel Mahler, sin pasar inadvertido. Cosa que debe de ocurrir no solamente por portación de rostro famoso sino porque ha creado a su alrededor los elementos indispensables para transformarse él mismo en un personaje del mundillo del espectáculo vernáculo.
Allí está, en medio de la platea, rodeado de asistentes con papeles en las manos. Y allí va, de un lado al otro, seguido siempre de dos perros inmensos, un estilo de andar reconocible, más anillos que dedos y con la certeza interna de saber que cada gesto puede ser reproducido por la tele convocada para asistir al casting(“pruebas; son pruebas. ¿Te das cuenta de cómo nos han norteamericanizado? Por eso, nada de castings , de state manager , de auditions … Vos no podés usar la palabra casting “, Cibrián Campoy pone en eje al cronista).
“La fama cuesta y es acá donde empezarán a probarla”, suena insistentemente como un eco imaginario la voz de Debbie Allen. Pero en la versión local, el encargado de ponerse en la piel de ese personaje es un señor que a lo largo de su extensa trayectoria ha despertado en el público fanatismos varios y, en algunos casos, la crítica le ha pegado muy duramente. De todos modos, de algo uno puede estar seguro: en lo suyo, se trata de un trabajador como pocos. Es más: si revisamos la trayectoria de los nombres más importantes del género musical argentino hasta se podría asegurar que casi todos en algún momento han pasado por sus propuestas.
Pero más allá de su inconfundible estampa, el mundillo de los castings (perdón, el de las “pruebas”) parece regirse por reglas inamovibles, estrictas y de enorme seducción para el que mira desde afuera. En definitiva, si no fuera por esos condimentos la televisión norteamericana no habría hecho este año un reality show con la mismísima Debbie Allen, la maestra de “Fama”. Sin ir más lejos, es el mismo mundo que tan bien retrató Bob Fosse en el film “All that jazz”, en 1979. En versión local, algunos personajes que pueblan el escenario parecen calcados de aquellas situaciones que aparecían en la película.
En el escenario del Teatro del Globo hay 80 de los 1878 aspirantes que se inscribieron el lunes y el martes últimos. El muestrario da para varias obras de teatro, series televisivas, cuentos eróticos o películas de todo tipo. Entre el grupo están aquellos que tienen todo lo que indica la moda del género musical (las polainas siguen siendo una fija ) y hasta un pibe con más pinta del tablón de Chicago que de estar siguiendo las indicaciones de un señor extravagante rodeado de perros. A pocos pasos de él, una chica con un short turquesa más ajustado a su cuerpo que su propia piel parece sentirse como si estuviera subiendo la escalera de la fama rodeada de más famosos.
Para quienes superen los distintos obstáculos que plantea esta prueba (que durará varias semanas), la fama podría llegar de la mano de la reposición de “Las mil y una noches” que la dupla Cibrián Campoy.-Mahler piensa volver a poner en escena “con algunos retoques necesarios”, como expresa Mahler, en enero del año próximo, en el teatro Opera. El mismo sitio que años atrás, convertibilidad mediante, trató de convertirse en la sede de Broadway en Buenos Aires, con montajes de la talla de “La Bella y la Bestia”, “Los miserables” y “Chicago”.
En aquellos castings (pruebas, es cierto) las imágenes eran parecidas a las de estos muchachos que tienen una edad promedio de 25 años. Aunque, nobleza obliga, entonces había gente con años de oficio. Sin ir más lejos, en las pruebas de “Chicago” para el personaje de Mama Morton, que quedó en manos de María Rosa Fugazot, ella tuvo que vérselas con actrices de la talla de Donna Caroll, Nelly Fontán y Estela Raval. O para los personajes centrales de Roxy y Velma, maravillosamente interpretados por Alejandra Radano y Sandra Guida, pasaron como treinta candidatas, entre las cuales estuvieron Natalia Lobo, Daniela Fernández, Valeria Lynch, Patricia Sosa y Carolina Peleritti. O sea, pesos pesados.
De todos modos, la apuesta de Pepe Cibrián Campoy siempre fue buscar nuevos talentos. “Lo mío pasa por formarlos, por enseñarles. Intento averiguar si esta gente de verdad tiene pasión. Cuando entran en el teatro ya sé quién puede servir. Yo diría que la prueba comienza desde que se anotan. A partir de ese momento me gusta ver la forma en que me miran, observo sus cuerpos, la manera de relacionarse, de venir vestidos”, dice el creador de las puestas “George Sand”, “Mágico burdel”, “Los Borgia”, “Las invasiones inglesas”, “El jorobado de París” y “Aquí no podemos hacerlo”, entre otras.
Apenas comienza la prueba, Pepe los junta a todos en el escenario y da algunas indicaciones: “Quiero que me sea difícil elegir”, les dice. Y como es hombre de poner el cuerpo, él mismo comienza a moverse. Para ayudar a aflojar la tensión, da nuevas consignas: “No estén pensando “soy el peor de todos, no le gusto”. Sáquense de encima esas cosas. No se preocupen, ocúpense”. Y sigue bailando. Lydia, la profesora de “Fama”, tenía razón: el sudor es parte de esta escalera a la fama.
En uno de los descansos surgen charlas informales. “¿Por qué te sacaste esa pollera si te quedaba rebién?”, dice una de las veteranas, que no supera los 22 años, a una chica debutante de insolentes 17. La veterana calma los nervios: “Sí, Pepe es exigente, pero te la bancás”.
En otro rincón del escenario, unos aprovechan para ensayar unos pasos. Otros tiran la toalla, muy seguros de sí mismos. “Te juro que si sigo ensayando no me va a salir. Te juro -dice una de ellas y cambia abruptamente de tema-. Vinieron los de Crónica TV y ahora los de TN. ¡Qué bueno! Mata. Me encantaría salir en la tele. ¿Me habrán enfocado?” Casi a su lado está el chico que parece salido de un tablón de Chicago (y no justamente de la obra de Fosse), que sigue calladito tratando de hacer buena letra, aunque cuando tiene que levantar un poco la pierna pierde el equilibrio. Cibrián mira como al pasar, aunque no tanto. “El que inventó esta modalidad en Buenos Aire fui yo -dice, refiriéndose a las audiciones-. Imaginate que la primera que hice fue en el año 70 para hacer “Universexus”. Entonces yo tenía 23 años. En esa prueba entraron Ana María Cores y Cecilia Rosetto. Y como sé que todo esto es durísimo, mi obligación como hombre de teatro es ver más allá de los nervios iniciales. El tema es descubrir la piedra preciosa en bruto. Lo mejor es pulir, tallar.”
En esa instancia está. Buscando el diamante en bruto para la nueva versión de “Las mil y una noches” y sumando potenciales talentos para nuevos espectáculos (entre ellos, uno basado en la vida de Tita Merello).
Pero en la cabeza de los ochenta pibes que están sudando la gota gorda sobre el escenario la tensión es otra, la mirada está puesta en otro lugar. Identificados con un número, pelean hasta en los mínimos detalles con tal de ser mirados, con tal de dejar en claro que tienen ese don especial que busca Cibrián. La escalera a la fama cuesta y empiezan a pagarla con sudor, no caben dudas de eso.
Este contenido no está abierto a comentarios

