EL ARSENAL DE SUDAMÉRICA
Arsenal parece capaz de construir la temporada de sus sueños: con el triunfo de ayer ante Vélez, con su tercera victoria sucesiva (por primera vez en la A), con sus 48 puntos en la temporada, con sus argumentos conocidos, el equipo de Jorge Burruchaga se está clasificando para la Copa Sudamericana de este año. No es verso.
Desde ese gol de Santiago Bianchi, apenas comenzado el partido, hasta el empate de Juan Fernández di Alessio, ya sobre el final del primer tiempo, hubo un desarrollo feo, repleto de desprolijidades, condicionado por las carencias, las ambiciones recortadas y las fricciones. Detrás de esas características había una explicación sencilla: uno no quería porque ganaba (Vélez); el otro no podía porque no está acostumbrado a salir a buscar de entrada (Arsenal).
Apenas quedaron un par de rendimientos para el aplauso: de un lado, Rolando Zárate, el goleador del torneo, quien con su movilidad le brindó a Vélez lo poco que produjo en ataque. Del otro, Juan Fernández di Alessio, ese todoterreno que se anima a quitar y a llegar. No pareció casualidad, entonces, que ellos estuvieran involucrados en los goles: el de Vélez produjo la jugada que derivó en el remate de Marcelo Bravo en un palo y en el cabezazo goleador de Bianchi; el de Arsenal salió de su posición de volante central, pateó desde el borde del área grande y —tras un roce en Santiago Ladino— sentenció la igualdad.
Lo que vino después fue más de lo mismo: roce, choque, pelotazo, poco juego asociado. Pero por otra razón: el conformismo se fue apropiando de los dos equipos. Y sucedió lo inevitable: pocas llegadas, un desarrollo tedioso y la emoción ausente. De todos modos, quedan preguntas: ¿hasta dónde se les puede exigir? ¿Qué obligaciones tiene este Arsenal de presupuesto pequeño? ¿Para qué está este Vélez en días complicados y sostenido por un plantel lleno de juveniles?
Y en ese terreno de fricciones, de lucha, Arsenal se siente a gusto y sabe qué hacer para sacar ventajas. Eso ocurrió. Cuando el empate parecía empezar a sellarse, el equipo de Burruchaga mostró su arma ofensiva más eficaz: José Luis Calderón definió solo ante Peratta tras un centro de Rodolfo Quinteros.
Lo que se vio en el último tramo del encuentro resultó lógico, inevitable: un Arsenal superprotector de su arquero Limia; un Vélez desesperado, despojado de ideas. Carlos Ischia intentó con variantes: entró Mauro Zárate (es el hermano menor del Roly; debutó ayer), salió Jonás Gutiérrez. Pero no cambió nada. Y así hasta el final. Hasta ese penal que Calderón no supo cambiar por gol. Y hasta ese desenlace que premió a ese Arsenal práctico y austero que se anima a abrazar la osadía más grande de su historia: jugar una copa internacional.
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