El camino de Santiago
Se supone que nadie que funda una ciudad lo hace con ínfulas de que se transforme pronto en París. Si el alumbramiento es en 1553, por circunstancias que todos conocen, menos pretensiones son palpables. De modo que Francisco de Aguirre, aquel que se asentó en Santiago del Estero del Nuevo Maestrazgo, a la vera del río Dulce, no habrá sido un hombre muy ambicioso. Pero eso sí, si algún Víctor Sueyro le concede la chance de resucitar, caería de trasero con sólo comprobar que han hecho de ese sitio.
La única sensación del paso del tiempo en las rutas provinciales que llevan a la capital santiagueña es el yuyo y la tierra que se acumulan en las banquinas. Por lo demás, todo está como era entonces. El camino de Quimilí a Taboada, por ejemplo, tiene una sola mano y algunas veces hay que salir a la banquina para dejar pasar a los camioneros más hostiles y otras hay que arriesgar la vida, sobre todo si uno viaja de noche.
En el puente Carretero que inmortalizaron los folkloristas, como dice una tucumana haciendo gala del reconocido encono para con sus vecinos santiagueños, “te puede agarrar tétano, loco”. Y la luz de tantos artistas que hacen vivir de noche a la capital brilla por su ausencia en la construcción tradicional que une La Banda con la capital de la provincia.
Apenas parece un oasis el confín provincial donde a la naturaleza le ha dado por mandar aguas termales hacia la superficie: Río Hondo. Allí abunda el turismo y la vida se parece a la de las ciudades más modernas, pero con un detalle, la mayoría de los visitantes llegan desde el norte del país, de Tucumán o de Salta, para contagiarle o insuflarse un poco de ánimo a la provincia que se ha quedado a dormir la siesta más de lo conveniente.
Di Fulvio dijo de “fantasmas amarillentos llenos de tierra y de vida” para describir una tarde polvorienta y los Carabajal inmortalizaron a su abuela Doña Dominga que va con su bata de puro percal y se sabe bien que la luna salió de entre los montes sólo para alumbrarla a ella. ¿Pero quién se acuerda bien de la tierra que parió a ellos?
Hoy a Santiago le andan entristeciendo las chacareras. Qué lástima, Juárez.
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