El Chaltén
Los tehuelches creían que el cerro Fitz Roy era un volcán o algo semejante. Estaba siempre tapado por nubes densas y según se movilizaran los nubarrones dejaba la impresión de estar fumando. Chaltén quiere decir justamente “chimenea” en el idioma de los pueblos originarios. Y así le han puesto al pueblito que enclavado en la base de uno de lo cerros más difíciles de escalar del mundo.
Como todo pueblo del sur que se precie, la mayoría de los escasos 500 habitantes de este lugar no es oriundo de la zona. Cuando nació, hace unos 15 años y por esas cuestiones de la soberanía que sólo entienden los que mandan, Chaltén era un caserío habitado por intrépidos desafiantes de un invierno inadmisible, subsidiados por el gobierno para poblar ese lugar codiciado por los hermanos chilenos que muy cerca de allí, en la Laguna del Desierto, hasta una vez se habían atrevido a plantar bandera.
Claro que ya nadie ve la cuestión de un modo tan terminal. Todo lo contrario. Hoy Chaltén es un pueblo a considerar porque sigue habiendo una fuerte política de fomento de la migración pero ahora recibe inversores en turismo, desesperanzados de las ciudades, nostálgicos de los espacios verdes perdidos en Buenos Aires, que le han dado una fisonomía de villa turística exclusiva de la que pronto hablará todo el país.
Una particularidad que se advierte caminando por las callecitas que toman aire del río de las Vueltas es que muchos de los nuevos habitantes son jóvenes. Además, derrochan optimismo. Han venido aquí porque quisieron y no por obligación. Y lo han hecho para quedarse. Es probable que por eso cuiden la estética de las construcciones como quien cuida lo que será suyo toda la vida.
Y es por eso también –y por la escasez de habitantes- que la comisaría de Chaltén debe ser la única del mundo que no tiene calabozo. Aquí todavía no hace falta. No hay casa que no esté en construcción, de modo que la gente está ocupada trabajando y, cuando se divierte, lo hace sin desmanes. “Acá el que no se adapta se tiene que ir”, dice un santafesino de Cayastá que cambió su oficio de pescador por el de propietario de un hostel.
Y adaptarse a vivir en Chaltén implica tener capacidad de sobrevivir a la dureza del invierno, que puede dejar las casas con un metro de nieve, a sufrir el desarraigo porque nada queda a menos de 200 kilómetros y a pensar que allí hay un futuro a construir pero que, como en toda construcción, a veces nadie sabe donde ésta puede virar. Igualmente, el empleo pleno paga todo.
Tanto que es bien difícil conseguir oficios y que los negocios tienen carteles impropios en otros lugares del país que rezan “se necesita empleado”. En política de turismo, que tampoco falta, a Chaltén ya la bautizaron “la capital del treking” y parece que no le va nada mal. La mayoría de los que le caminan sus recovecos entre las montañas, puerta de acceso a los hielos continentales, son extranjeros que ya han oído hablar en Europa del nuevo pueblito argentino, donde ni hacen faltan los calabozos.
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