El cielo puede esperar
San Juan es más conocida por lo que tiene en su suelo que por lo que tiene en su cielo. Y es una injusticia. No porque el Valle de la Luna y sus rastros de dinosaurios no sean dignos de la atención que concitan, sino porque esta provincia tiene un observatorio astronómico que, por sus características, es único en la Argentina, y uno de los pocos del mundo.
Pero llegar allí será un trámite administrativo sencillo y un camino complicado. Antes la capital sanjuanina estaba separada de la cordillerana localidad de Calingasta, puerta de acceso al valle en el que se halla El Leoncito, por una ruta intrincada que hoy está cerrada. Una inundación llevó a la realización de un dique que se llevó buena parte de la Ruta 12.
Entonces, para llegar a un lugar que en línea recta no distaría más de 100 kilómetros de nuestro punto de partida, hay que recorrer el doble, esquivar sierras, cuchillas y otros accidentes geográficos, nomás para recibir la enorme recompensa de codearse con una naturaleza que es un diamante y un trabajo científico que es oro pocas veces reconocido y casi siempre mal remunerado.
Todo sea por descubrir una San Juan oculta, que es si es capaz de convertir en turismo sus exquisiteces naturales, podría transformarse en una atracción aún mayor de la que ya constituye. Hay que sortear la Sierra del Tontal, bordear el río San Juan por caminos de cornisa que, en algunos tramos, exigen que apenas se pueda pasar de a uno por vez, porque las montañas se convierten en zaguanes por donde dos son multitud.
La Quebrada de Humahuaca es de lo más lindos del mundo y eso no admite discusiones. Pero esta que se aparece aquí, tras la enésima vuelta del camino, sin tanta chapa y hasta huérfana de nombre, pretende copiarse de aquella tierra jujeña, por su variedad de colores, los efectos que los rayos del sol ejercen según la hora del día y la inmensidad ajena a cualquier escala humana.
Después se aparecerá Calingasta, la puerta de acceso a un valle longitudinal entre la Cordillera plena, nevada, y un área precordillerana tallada por el viento omnipresente y las lluvias escasas, que tiene como resultado un panorama que puede a veces soñarse, en otras pintarse, pero pocas veces creer que existe. Más adelante aparecerán las alamedas de Barreal, bamboleados troncos secos por el invierno a derecha a izquierda, murmurantes en el silencio, escoltas fieles de paseantes boquiabiertos.
Luego habrá muchos baches en el piso mitigados por un atardecer de cielo naranja y cordillera plateada de nieve. Recién entonces se aparecerá el ingreso a El Leoncito –increíblemente intransitable ingreso por tratarse de un Parque Nacional- y habrá que subir hasta los 2500 metros sobre el nivel del mar, por un camino que se parece a un pasillo entre una montaña y un precipicio, hasta llegar al Observatorio Astronómico.
En adelante, sólo habrá que ver y escuchar, como allí fuera fácil.
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