El clásico y los ventajeros
Una cancha vacía es solo eso: Una cancha vacía. Un partido de fútbol que se juega en esa cancha, no será más que eso: un partido más. El resultado de ese partido no transformará la vida de nadie. No modificará la existencia de ningún ser humano. No pondrá en riesgo la salud de ninguna familia; no cesará el trabajo; no cambiará el destino político ni de la ciudad, ni de la provincia , ni del país.
Un partido de fútbol, con o sin público, no deja de ser eso. Un simple enfrentamiento deportivo entre dos entidades. Si es un clásico, como en este caso, quizás levante la presión arterial de algún hipertenso, o acelere las palpitaciones del corazón de algún fanatico, frente al televisor o con el oído pegado a la radio. Pero, normalmente, es un partido. Y el resultado, a las pocas horas, será eso: un número. Que con el tiempo engrosará las estadísticas, y a lo mejor, en caso de que el resultado determine algún cambio en la historia de alguno de los dos equipos, se convertirá en leyenda urbana, de la que hablarán- pacificamente-varias generaciones en los asados, los bares, o las peñas de amigos. Que servirá de motivo de bromas en las redes sociales, que fomentará las cargadas entre amigos, como eshabitual, que no comparten sentimientos futboleros.
El fútbol es eso y tan solo eso. Un deporte que está adornado, como casi ningún otro en el planeta, por hinchadas apasionadas que renuevan domingo a domingo el rito de mirar un partido, embanderados y cantando. Ni más ni menos. Los campeonatos se ganan y a las pocas horas, se olvidan. Porque la vida de la gente está signada por cosas más importantes que esa.
Lo otro no es fútbol. Lo otro es violencia. Es mafia organizada. Es un conjunto de desaforados dispuestos a todo, bajo la excusa de la pasión, pero casi siempre bajo el ala protectora de dirigencias deportivas, gremiales o políticas que o por temor, o por necesidad, o por conveniencia, los protegen y disimulan sus excesos.
En los últimos meses, Santa Fe- la provincia- ha sido objeto de innumerables incidentes ocasionados por estas facciones. No importa donde, ni cuando. En la sede de un club, a balazos, para impedir que el micro de su propio club salga a la calle. O en medio de una celebración de cumpleaños, de su propio club, arrojando piedras , rompiendo vidrieras, destrozando autos. Incluso de sus propios “colegas “ de pasión. O baleandose en las rutas contra otras hinchadas, o tomando por la fuerza los colectivos financiados por el club, exhibiendo armas y bajando a otros hinchas inocentes que habían pagado su boleto, haciendo la cola correspondiente.
Y hay más, pero con esos ejemplos alcanza. ¿ para que alcanza? Para saber que en esta provincia, como en tantas otras, hay sujetos organizados dispuestos a matar a otro en una tribuna de Fútbol, y más aún, cuando el partido es contra el clásico rival. Y que algunos partidos, hoy por hoy, con estos niveles de organización criminal, son imposibles de jugar “normalmente”
El estado tiene prerrogativas, y si están basadas en los antecedentes, o en la información recabada por los propios organismos de seguridad, es legitimo y lícito que resuelva lo que resolvió: evitar que dos bandas choquen, en circunstancias no muy naturales para los “fanáticos”: Un equipo descedido de categoría , con una banda “sensibilizada” recibiendo a otro que, aprovechará las circunstancias para provocarlos.
La decisión está tomada, guste o no. Es “natural” que los hinchas protesten, que los periodistas opinen, o incluso, por absurdo que resulte, que los miembros de los grupos organizados provoquen disturbios como cortar una ruta nacional a las 8 de la noche, un dia de semana, cuando miles de santafesinos volvían de su trabajo.
Lo que de ningún modo puede resultar natural es que ante una decisión tomada, algunos dirigentes oportunistas aprovechen la sensibilidad del hincha común, anticipando el “caos” en la calle, o comparando la decisión, con el cierre de hospitales, o escuelas, ante la existencia de hechos de violencia.
Lo que no es admisible es que quienes no han demostrado, en ningún distrito del país, tener soluciones para un flagelo social como es la violencia, dentro o fuera del fútbol, asomen a los micrófonos como “profetas” de la corrección y utilicen chicanas contra el apellido del intendente o invoquen enfrentamientos con Rosario, preguntándose si van a hacer lo mismo cuando les toque jugar a Newells y Central.
El ejemplo le cabe al pluripartidario Hector “Pirucho” Acuña, ex de varios partidos, devenido en opinador consetudinario, que aprovechó las circunstancias para echarle viento al fuego de las sensibilidades futboleras. Demostrando un estofa rasa en sus condiciones de dirigente político, y una falta absoluta de escrúpulos, a la hora de aprovechar políticamente las circunstancias.
Como contracara, hubo ejemplos muy positivos, empezando por el presidente de Colón, German Lerche, que pudiendo utilizar la circunstancia para explotar la demagogia frente a sus aficionados, prefirió la calma y la mesura, admitiendo que no le gustaba la decisión, pro aceptando que era una decisión “que había que acompañar”.
El fútbol es, repito, una actividad menor que tiene adhesión popular, pero que –tal como lo justifican los antecedentes- debe ser intervenido y regulado por el Estado , para evitar que los estadios, en determinados partidos y en determinadas circunstancias, no se conviertan en “banquetes” servidos a la carta a los violentos.
Mucho menos para que parásitos de la política, aprovechen la bronca del tipo común que cree, a mi humilde juicio equivocadamente, que un partido es una cosa importante para la vida en general, y fomentarles la ira, promocionando lo que ellos, en el hipotético y remoto caso de que les tocase gobernar, tampoco serán capaces de resolver de otra manera.
Este contenido no está abierto a comentarios

