El Club de los incomprendidos
Somos. Sé que somos, pero el problema es que los otros nos ignoran. No nos cuentan. No nos comprenden las generales de la ley del posibilismo. Somos. Me consta que somos, porque nos chocamos diciendo las mismas cosas, con las mismas dudas, con las mismas preguntas que no nos alcanzamos a responder en el escueto esquema de opciones que nos ofrecen. Por Coni Cherep
Somos un colectivo, un ciempiés interminable de incordiosos que no aceptamos que nos pongan en la obligación de elegir entre lo malo y lo peor. Y al mismo tiempo, cuando nos sacudimos esa incomodidad en nombre de las convicciones, tropezamos con nuestro compromiso republicano.
¿Cómo vas a pensar en deshacerte de la responsabilidad de elegir entre lo que queda, si te pasaste la vida reclamándole compromiso a los demás? Y ahí te encerrás en el callejón sin salidas: ¿ cómo es posible que teniendo tan claro lo que no queremos, no tengamos una salida hacia donde sí queremos?
¿ cómo es posible que no tengamos una verdadera alternativa, que nos permita evitar esta sensación contradictoria a la que, según casi todas las encuestas, nos arrojará un eventual Balotaje? ¿ cómo eliminar de nuestras éticas el “deber ser” de tener que elegir lo que no queremos elegir? ¿ cómo se sale de esta encerrona, cómo salimos del ghetto, sin que nos fusilen los principios del voto útil, el ardor de la contradicción fundamental, o el espantoso juego de votar “contra”, en lugar de la alegría de “contribuir al triunfo de”?
Un buen puñado de argentinos somos el Club de los incomprendidos. Esos que en octubre vamos a ir a votar por nuestros candidatos, en el caso de que no sean Macri o Scioli ( suerte que tienen los que se sienten convencidos de apostar por uno de ellos, les envidio la levedad), o en el peor de los casos, terminaremos oteando el panorama para facilitar o perjudicar la eventualidad de una segunda vuelta.
¿En que libro de quejas exponemos nuestro desagrado?. ¿Bajo que Evangelio Saramagueano juramos?
La democracia finalmente, también es eso: tener que elegir, aún cuando no querríamos hacerlo.
No hay siquiera un liderazgo que nos empuje a la mínima ilusión.
No hay un amontonamiento de honestos republicanos, liberales en lo cultural, desarrollistas en lo económico, progresistas en lo social , amables en lo discursivo, que nos ayuden a poner la antigua boleta en la urna con algo de entusiasmo.
Nada. Apenas la chance de esta primera vuelta que nos permite ser políticamente correctos, y después, el abismo.
Y no nos vengan con el modelo y esas yerbas; que ya nos cansamos de escucharlos cacarear y vemos las consecuencias : 30 % de pobres, y el despilfarro de una enorme oportunidad que se perdió en la hoguera de la vanidad de una señora que alterna tono de señora gorda de Barrio Norte, con chapucerías orilleras, y que no puede explicar cómo es que se hizo millonaria, mientras fue funcionaria. Y mucho menos si lo que nos ofrece es aquello que ella misma castigó durante 12 años. ¿ por que voy a creer que van a dejarlo gobernar a ese pobre hombre que no termina de decir nunca lo que efectivamente piensa? Y No. Tampoco queremos que nos empujen a mezclarnos con la borgeana necesidad de unirnos contra el espanto. Así nos fue en el 2000, así terminamos en el 2001. Y mucho más, si el que concentra las decisiones se rodea de personajes que sembraron de pobreza al país, en la fiesta menemista. Un empresario que sólo expresa frases kitsch, y que nos invita a creer que vamos a cambiar llevando globos y bailando como energúmenos. No, tampoco nos interesa eso. Detrás de eso, puede esconderse lo peor.
¿ Y entonces?
Somos el nuevo club de excluidos. Los que no tenemos cantante al que hacerle los coros.
Somos el club de los marginados, en este juego de malos y muy malos. De peores, y mucho peores.
Somos el club de los incomprendidos. Los que no encontramos una salida a este laberinto de vulgaridad política
Somos huérfanos de padres y de madres diligénciales, y nos lanzamos con tristeza a este vacío de ideas. En algo hemos fallado, seguramente, y nos cabe la responsabilidad.
Entonces, a apretar la nariz, a cumplir con la obligación de elegir, y a ponerse a trabajar, para que alguna vez, este país, pueda tener un lugar mejor que el populismo revisionista e hipócrita o el neoliberalismo crudo de propone que se salve el que pueda…
Hay millones de socios en el club, pero nunca nos organizamos.
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