EL CUENTISTA DE SAN JUAN Y BOEDO
Alguna vez, uno de los escritores más exquisitos que dio la Argentina sentenció: “Ser cuentista es como ser mujeriego. Mejor dicho, el cuentista es como el mujeriego: así como éste ve a una mujer y sólo piensa en llevarla a la cama, el cuentista percibe una situación y sólo piensa en convertirla en un cuento.
El mujeriego nunca se corrige, nunca se corregirá, seguirá persiguiendo mujeres hasta el fin. El cuentista corrige, pero no se corrige. Seguirá siendo un cuentista hasta el fin. Aun cuando escriba novelas, seguirá siendo cuentista. Este es el caso de Onetti, de Bioy Casares, de Rulfo, de Cortázar…” y sin lugar a dudas, también es el caso de Isidoro Blaisten, autor de esta frase.
Aquel talentoso narrador, creador de algunos de los mejores cuentos que se escribieron por estas pampas nació en Concordia, Entre Ríos, en el año 1933. Fue el hijo más pequeño del matrimonio de David Blaisten y Dora Gliclij. “Mi padre era albañil y fue uno de los fundadores de unas de las empresas de construcciones más poderosas de la Argentina, los Blaisten Hermanos. Hasta que leyó un versículo en la Biblia que lo llevó a vender todo y se fue a vivir al campo. Mi padre no sabía nada de agricultura y al tiempo se fundió. O sea que pasamos de tener palco propio en el teatro Colón a vivir en un conventillo”, recordaba en entrevistas Isidoro Blaisten.
Con solo 10 años, el pequeño Isidoro, quedó huérfano con sus hermanos en un conventillo de la calle Pringles, en el barrio de Almagro, Buenos Aires. Un par de años después del fallecimiento de sus padres, la muerte, volvió a golpear la puerta de los Blaisten, ya que el 15 de agosto de 1945 su hermano Enrique, fue asesinado.
A pesar de la profunda tristeza que le causaron las pérdidas de sus familiares, Isidoro Blaisten, logró sobrellevarlas. Y con la difícil tarea de sobrevivir, se las ingenió para parar la olla. Fue vendedor ambulante, redactor publicitario y fotógrafo de plaza.
El primer acontecimiento importante para la literatura de Isidoro Blaisten, ocurrió en el año 1964. Fue cuando la prestigiosa revista “Sur”, incluyó en sus páginas, un cuento titulado “El tío Facundo”. Y un año después, Blaisten, curiosamente, decidió hacerse conocer en el mundo de las letras con un poemario. Este libro se llamó “Sucedió en la lluvia”, y llegó a la imprenta gracias a un subsidio que le había otorgado el Fondo Nacional de las Artes. Fueron los únicos poemas que publicó en toda su vida. El escritor solía justificar su alejamiento de la poesía con las siguientes palabras: “Creo que tomar la poesía como una manera de vivir conduce a la locura. Por lo menos en mi caso, que soy una persona tremendamente apasionada. Elijo el cuento porque me contiene un poco más”.
Luego de aquel poemario, Blaistein, participó de míticas revistas literarias como “El escarabajo de oro” y “El grillo de papel”, y se dejó seducir por las bondades de los relatos cortos, convirtiéndose en uno de los grandes cuentistas de la literatura argentina. Algunos de sus cuentos más logrados se encuentran en las páginas de “Dublín al sur”, “La felicidad”, “La salvación” y “El mago”.
Si bien sus libros cosechaban premios y prestigio, ni los derechos de autor, ni las palmadas de sus colegas le daban para comer. Y a Isidoro Blaisten se le ocurrió instalar a finales de los años 70’, en una galería de la calle Boedo cerca de la avenida San Juan, una pequeña librería. Cuentan sus amigos, que sólo ellos le compraban libros y que el negocio nunca funcionó. El escritor se aburría mucho fumando cigarrillo tras cigarrillo y viendo pasar las horas. A veces, cansado, salía a tomar un café, y colgaba en la puerta un cartelito que decía: “Cerrado por melancolía”, palabras que adoptó como título del libro de cuentos publicado en 1981.
Alguna vez Isidoro Blaisten se preguntó “¿Qué es un cuento perfecto?”, y se respondió lo siguiente: “Un cuento perfecto es un cuento que permanece. Sobrepasa el entendimiento y la lucidez; toca el corazón de la gente. Es decir, le puede gustar tanto a Roland Barthes como a los muchachos de San Juan y Boedo.”
El escritor Claudio Zeiger nos recuerda que quizá no haya otra esquina de Buenos Aires tan cargada de porteñidad, tango y poesía como San Juan y Boedo. Barrio viejo y añejo, de una barrialidad elegante y orgullosa de sí, de aires muy semejantes a los que destilan los cuentos de Blaisten. Y desde luego son de ahí “los muchachos de Boedo”, prototípicos guardianes del sentir popular, jueces mudos que acodados a la mesa del cafetín, envueltos en humo, le suben o le bajan el dedo aprobatorio a un cuento.
El crítico literario Luis Gregorich escribió las siguientes palabras sobre el estilo de Isidoro Blaisten: “En una generación y en un país que ha producido a extraordinarios cuentistas, lo menos que puede decirse de la obra de Blaisten es que se ubica naturalmente en un lugar de privilegio. Sin embargo, no basta decir que estamos en presencia de un gran cuentista; debe añadirse que su tratamiento del lenguaje coloquial, su ácido, amargo e inconfundible humor y su brillante inventiva verbal son, a la vez, un verdadero oasis en nuestras letras actuales, a menudo sofocadas por el culto de la psicología, la solemnidad y la afectación estética.”
Sobre el humor, una de las armas letales de sus cuentos, afirmó alguna vez: “Considero al humor como la penúltima etapa de las desesperación humana, la última se imaginan cual es. O nos reímos o nos matamos. Tampoco se trata de la risa sino de una sonrisa, donde está la compasión, la piedad. Así como la poesía descorre el velo de la belleza, creo que el humor descorre el velo de la estupidez humana”.
Por esas ironías del destino, Isidoro Blaisten finalizó su carrera literaria debutando: su primera novela fue su última publicación. La tituló “Voces en la noche”.
Y el 28 de agosto de 2004, a los 71 años, Isidoro Blaisten, abandonó este mundo y se marchó con lo puesto. Y aquel día, la ciudad, el barrio y la literatura estuvieron cerrados por melancolía.
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