El día del canillita
Es la hora de partir desde Posadas, como muchas otras veces de muchos otros lugares y sin saber cual será la próxima estación. Cada vez que uno se va de un sitio, es bueno llevarse la dirección de un amigo nuevo, un sabor, un rincón, como prueba irrefutable del paso por allí y como ventana abierta al volver.
Se va el periodista ambulante y, entre esas infaltables cosas, se va y se queda a la vez, la presencia del kiosco de revistas de Félix de Azara y Bolívar. A un lado el Banco Nación, al otro la iglesia. A un costado varios negocios de vidrieras luminosas a otro los bares del centro. Nada o poco. Hasta que se aparece el cartel “El Santafesino”, que así se llama el lugar. Y se aparece en un logo simple de fondo rojinegro.
-Señora, disculpe, ¿este kiosco es de un santafesino?
-No, mire, todos me lo preguntan. Al menos todos los que vienen de Santa Fe. Sólo que era de un santafesino y le ha quedado el nombre.
-De acuerdo señora. ¿Hace mucho de esto?
-Casi cuarenta años, creo.
-¿Y usted no sabe el nombre del dueño anterior?
-Creo que era de un tal Pecoraro o Pecorari…
El chimento se fue para Santa Fe como una encomienda y la radio se lo contó a todo el mundo. Un día después, el Beto Pecorari, el inefable diariero de la peatonal, completó la historia.
Me voy de Posadas y me llevo ese recuerdo de la voz quebrada, a través del teléfono del tipo que cuando Misiones era la selva enseñó a vocear diarios a tantos aprendices de Pecorari que se quedaron por acá.
Pero el Beto no sabía que su Colón y su kiosco se habían quedado a vivir en Misiones por su involuntaria gestión. Don Juan Pegoraro, el viejito que se lo compró y lo sigue atendiendo cada mañana ni sabe por qué le dejó ese nombre y ese color. Marta, la hija de don Juan, se pone feliz cuando se entera que Pecorari los recuerda 866 kilómetros más allá. Peco dejó la ventana para volver y la impronta del que estuvo. Yo, apenas me voy a leer el diario.
claudio_cherep
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