EL EMPATE NO LE SIRVIÓ A INDEPENDIENTE NI A RIVER
La decisión de aplicar el derecho de admisión a las barras, en un golpe de tuerca para terminar con la violencia en el fútbol, se había llevado buena parte de los titulares de los diarios en la semana previa al clásico Independiente-River. Pero había un partido en juego y en lo estrictamente futbolístico algunas novedades.
Por el lado de los locales, se destacaban la presencia del Rolfi Montenegro y las dificultades de Burruchaga para armar una defensa diezmada por lesiones y suspensiones. El mediapunta, de andar sinuoso en este Apertura, había lucido hasta el semestre pasado justamente la camiseta del rival del clásico y por eso fue ovacionado por ambas hinchadas.
Por el de los visitantes, que habían saltado a la punta del Apertura gracias a las victorias en las últimas fechas y el “recreo obligado” de Boca, las noticias marcaban los regresos de Farías, a la titularidad, y de Ortega, entre los concentrados.
Los dos equipos salieron a jugar en el Cilindro con esquemas muy similares dispuestos por Burruchaga y Passarella: tres en el fondo, cuatro en el medio, un enganche y dos puntas. Un dibujo que el técnico de River viene usando con frecuencia, mientras que el de Independiente lo había usado alternadamente con resultados dispares: es evidente que todavía no ha conseguido el funcionamiento que él quisiera.
Muy probablemente por eso apareció más prolijo el equipo visitante en el comienzo. Con el siempre desequilibrante Higuaín abierto por derecha, Farías como referente de área y Gallardo y Belluschi moviendo los hilos en el medio. Ferrari subía más que Zapata, y Tuzzio, Lussenhoff y Nasuti (en ese orden) mostraban solidez en el fondo. Pero Independiente equilibró rápidamente las acciones, porque se enchufó El Rolfi y empezó a encontrarse con El Rengo Díaz, y porque Denis estaba bien despierto para romper el achique o aprovechar los espacios en ataque, esos que necesariamente aparecen cuando juegan tres defensores donde usualmente lo hacen cuatro.
A los dos les faltaba precisión en el cierre de la jugada. Y algún jugador que se saliera del libreto para generar sorpresa y romper la paridad que había en la cancha, y en la chapa. El desequilibrio podía romperse desde la media distancia: Gallardo fue el primero en probar y casi abre el marcador con un disparo que desvió Ustari y pegó en el travesaño. O de una pelota parada: Denis cabeceó muy solo y Carrizo le ahogó el grito con una enorme estirada. Inmediatamente fue Belluschi el que probó de afuera y otra vez el arquero Rojo evitó que se rompiera el cero. Carrizo, en una rápida salida a los pies del Rolfi, también tenía trabajo en el área de enfrente.
En un partido parejo y sin lucimientos que sobresalieran, las llegadas a los arcos empezaron a sucederse y las emociones no eran para nada escasas. Antes de que Baldassi pitara el final del primer tiempo, un tiro de Belluschi salió apenas ancho y una llegada de Farías terminó con el disparo del delantero rozando en el cuerpo de Ustari y estrellándose en el palo. Del otro lado, el arquero de River se lucía con dos tapadas, una a Rodrigo Díaz y otra a Eluchans. El partido estaba a la altura de las expectativas que había generado. Sólo faltaban los goles.
No pudo gritar Gallardo porque su disparo de derecha fue a parar a las manos de Ustari, en una gran jugada individual del conductor de River. En la réplica, el Rolfi tiró por arriba del travesaño. En el arranque de la segunda mitad el clima no decayó porque los dos equipos seguían mostrando una saludable vocación ofensiva, y los “uhhh” que bajaban desde las tribunas, locales y visitantes, se multiplicaban: la gente se contagiaba de la entrega de los jugadores y de un espectáculo realmente entretenido.
Porque Independiente ansiaba recomponer ante su gente la imagen deshilachada de las últimas fechas. Y porque River no podía bajarse del tren de victorias que lo había puesto en lo más alto de la tabla. Entre la necesidad de uno y la racha ganadora del otro se destilaba el combustible que mantenía encendido al partido.
En los últimos minutos el equipo de Passarella parecía que iba a torcer la pulseada a su favor; terminaba más entero. Aunque equivocaba el camino hacia el gol en los últimos metros, con pelotazos frontales que encontraban bien parados a los defensores del local. Gallardo y Belluschi tenían ciertas libertades para moverse en la mitad de la cancha. Pero chocaban contra una pared roja cuando avanzaban hacia el área rival, donde no encontraban huecos para lastimar, ni compañeros bien ubicados para la descarga.
Con el cansancio por el trajín llegaron algunas piernas fuertes y con ellas las tarjetas amarillas. La llama se fue extinguiendo y terminó de apagarse con el cierre del partido. Un partido donde, afortunadamente, estuvo ausente la violencia, y desgraciadamente también los goles. El 0 a 0 del final castigó más a River que a Independiente.
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