EL EQUIPO DE BIANCHI SUPERA POR UN PUNTO A RIVER Y A VELEZ
Todo estaba mezclado en ese estadio de Parque Patricios, cargado de glorias y de tristezas. El viejo Huracán llegaba con la condena de descenso como precio de derrota. El tropezón de Vélez ante Olimpo la abría a Boca la posibilidad de la punta solitaria en caso de victoria. Pero Boca está atendiendo, también, la Copa. Por eso, Carlos Bianchi recurrió a una formación alternativa, atento a algunas lesiones cruciales. Ni tanto ni tan poco, la obligación manda… La noche abierta, el frío lastimante. No podía esperarse un himno al fútbol, verdaderamente. Y no se dio, claro, ni en el juego ni en las emociones. Pero el veredicto, al cabo, fue el previsible: Boca, a la punta; Huracán, al descenso. La lógica de un 4-0 para marcar la diferencia entre el primero y el último. Aunque en el desarrollo no haya sido tanta. En realidad, —en este fútbol de hoy— ningún equipo se puede arrogar una superioridad de cuatro goles sobre otro, en toda la grilla.
El proyecto de Bianchi tenía varios puntos a desarrollar. De nombres: buscar la afirmación del Equi González luego de su larga lesión, promover el retorno de Héctor Bracamonte, en situación parecida, preparar —según las circunstancias del resultado— las reapariciones de Hugo Ibarra, de Miguel Caneo y de César González, expectantes en el banco de suplentes. De variantes tácticas: en lugar del tradicional 4-3-1-2, de su mayor gusto (con tres volantes interruptores), eligió un 4-2-2-2, con la dupla Donnet-González en posiciones de asistencia a los atacantes netos. Y, lo principal, la vuelta de un delantero de área (Bracamonte) con un puntero dispuesto para habilitarlo con sus centros (Estévez). Entonces, Boca llegó a Patricios con otros nombres y con otros planes.
Las intenciones de Jorge Célico fueron más modestas. Dos líneas de cuatro (con Alejandro Alonso con libertad para soltarse) más el habilidoso Mauro Milano y Emanuel Villa como puntas. Con absoluta mayoría de nombres juveniles. En realidad, Huracán está tratando de ensayar y darles fogueo a los protagonistas del futuro equipo de la Primera B Nacional.
Pronto se vio que más allá de los condicionamientos externos, de los objetivos diferenciados, de las disímiles situaciones anímicas, el trato de la pelota no tenía piedad de ninguno de los dos bandos. Y el partido transitó la intrascendencia. Se notaba el esfuerzo del Equi por conectarse, por buscar, por marcar, con inusual despliegue. Pero no podía comunicarse con Donnet. Estévez probaba gambetas y piques, pero tampoco llegaba. Curiosamente las dos situaciones más claras las había creado Huracán (una buena jugada de Milano por izquierda que terminó mal Villa, muy cerca de Caballero, y un remate desviado de Zalazar) antes de que llegara la apertura del marcador. Fue la primera maniobra ofensiva de Boca, que inició Estévez y terminó Donnet con un remate que devolvió el arquero Andujar. El oportunista Bracamonte capitalizó el rebote.
En el balance de la primera etapa salieron parejas las oportunidades frente a los arcos. Cuando promediaba la segunda, Caneo entró por Donnet. Y, lentamente, Huracán se fue animando en el campo. Un cabezazo de Pranich produjo una espectacular atajada de Caballero. Los locales parecían más cercanos a la igualdad que Boca al segundo tanto. Pero se dio lo contrario. Un tiro libre de Estévez, cruzado, lo bajó Crosa de cabeza. Pinto conectó al gol. Entonces sí, se supo, que el destino del partido era irremediable. Entró Ibarra y en su primera intervención fue a buscar otro tiro libre de Estévez y desde el fondo cruzó la pelota para que Bracamonte la empujara al tercero. Se supone que a esa altura el objetivo de Boca era no ser menos que River, que había goleado 4-0 a San Lorenzo. Y se necesitó que Estévez enviara otro centro (participó en todos los goles) para que Bracamonte ejerciera su especialidad, el cabezazo, con nitidez y completara la tripleta que ni para un goleador reaparecido, ni para nadie, es poca cosa. En 7 minutos la duda se hizo goleada.
Boca se fue con la victoria imprescindible para seguir en el límite de la doble disputa, un mérito mayúsculo, sin necesidad de debatir razones. Huracán, el del barrio de tango y la bohemia, el de las viejas glorias futboleras, entregó una lágrima de despedida. Su gente, en multitud, lo premió con un aplauso. Porque recuerda que el sentimiento nunca termina.
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