El equipo que odia perder
El último baile . Así se llamaba el libro que Phil Jackson les entregó a sus jugadores de Chicago Bulls antes de la temporada 97-98 de la NBA. Además del proyecto y las reglas para el siguiente campeonato, las páginas querían transmitir un sentimiento de pertenencia hacia un equipo que compartiría sus últimos partidos antes de desarmarse. Michael Jordan pensaba en retirarse nuevamente. Scottie Pippen quería irse, peleado con Jerry Krause, el vicepresidente de Operaciones de la franquicia. Y el propio Phil ya se había cansado del polémico Krause. Todos sabían que ésa era la última aventura. Llegaron a la final, la segunda final consecutiva contra los Jazz de John Stockton y Karl Malone. En el sexto juego de la serie, Jordan dejó su última jugada para el recuerdo. Con Utah arriba por uno, le robó la bola a Malone, se sacó de encima a Bryon Russell, se suspendió en el aire, lanzó su clásico tiro y… ¡swwish!, todo red. Campeones otra vez. Sexto título en ocho años. Final de la dinastía. Luego el equipo se desintegró. Chicago no ha vuelto ganar un campeonato de la NBA. Sus hinchas tienen la estatua de Jordan en el United Center como un recuerdo de aquellos buenos viejos tiempos.
Una sensación similar genera este sensacional seleccionado argentino de básquetbol. Todos sabemos que, tarde o temprano, este Generación Dorada dará las hurras y se acabará esta época maravillosa, que arrancó con el Pre Mundial de Neuquén en 2001. Luego vino la final de Indianápolis 2002 (maldito Pitsilkas, no fue foul de Scola a Divac y sí de Jaric a Sconocchini). Después, la medalla dorada en Atenas 2004. Lamentablemente, no entró el tiro de tres de Chapu Nocioni en la semifinal de Japón 2006 contra España. Pero otra vez se subieron al podio olímpico con la medalla de bronce en Pekín 2008. Llegó a Turquía 2010 con el número 1 del ranking FIBA. Gracias a esta inolvidable e irrepetible camada, Argentina es una potencia basquetbolística.
Nuestro país tiene tradición e historia en este juego. Fue uno de los ocho países fundadores de la Federación Internacional, allá por 1932. Organizó el primer Mundial en 1950 porque ninguna nación europea podía hacerlo en plena reconstrucción tras la Segunda Guerra. En un formato extraño, con varias fases, llegaron al último partido los dos equipos invictos. El 3 de noviembre en el Luna Park, Argentina derrotó a Estados Unidos por 64 a 50 y se consagró campeón mundial. Cuentan las crónicas de la época que la clave del triunfo estuvo en la defensa y en el control del balón (aún no había reloj de posesión) Oscar Furlong anotó 20 puntos y fue la figura. El año pasado, durante el Europeo de Polonia, Ricardo González, el Negro, otro integrante del campeón, fue elegido para ingresar al Salón de la Fama de la FIBA. El Mundial se jugó en Sudamérica hasta 1970 cuando se desarrolló en Yugoslavia. Tras varios cambios de sistema, tuvo su primera final directa en Filipinas 1978: Yugoslavia 82-URSS 81, definida en tiempo suplementario. La otra con prórroga nos toca de cerca, la del maldito Pitsilkas. Siempre estuvo a la sombra de los Juegos Olímpicos. Esta subordinación se acentuó desde Barcelona ?92, cuando el único e inimitable Dream Team restauró el orden y puso a Estados Unidos en lo más alto del podio. El equipo USA modelo NBA perdió por primera vez el 4 de septiembre de 2002. Argentina derribó el muro con un baile de novela en Indianápolis. El último gran torneo sin jugadores NBA en el seleccionado estadounidense fue el segundo Mundial organizado en nuestro país en 1990. En aquel torneo, el seleccionado argentino terminó octavo y perdió dos partidos ante Australia. Uno por el grupo de cuartos de final y el otro por el séptimo lugar. Eran otros tiempos. Meterse entre los cuatro primeros era imposible. Clasificarse para los Juegos Olímpicos, un milagro.
Nunca está de más exponer el contexto histórico para tener el verdadero registro de lo que significa esta generación para el deporte argentino. Ha reescrito los libros del básquetbol. Sin Ginóbili, sin Nocioni, con dos bases suplentes afuera por sendas lesiones, debió escalar una montaña de problemas antes del debut contra Alemania. Ante la Australia modelo 2010, este equipo volvió a mostrar de qué está hecho. Ayer soportó una adversidad más: la ausencia de Fabricio Oberto con problemas gástricos. Sin su pivot titular, importante para contener el poderoso juego interior de los australianos, Sergio Hernández confió en un doble ala pívot con Leo Gutiérrez y el enorme Luis Scola. Funcionó, sobre todo en ataque. Entre los dos, aportaron 48 de los 74 puntos para otra victoria con suspenso en el final. A Leo se le abrió el aro tras su primer acierto de triple y metió cinco desde la tercera dimensión. Y el Luifa la rompió toda. Se cargó la ofensiva en el poste bajo contra los grandotes y terminó con 31 puntos, once en el primer cuarto y ocho en el último, seis de ellos desde la línea de libres. Profesional ejemplar, Scola es un jugador extraordinario, que provoca admiración en todo el mundo. Pablo Prigioni repartió el juego, dio 7 asistencias y metió un triple clave en el último cuarto. Sin una gran contribución de Delfino, limitado prematuramente por cuatro faltas y muy bien tomado por la defensa rival, Hernández desechó la opción Quinteros y recurrió a otra combinación heterodoxa, la del doble alero con Jasen y Kammerichs. También le resultó. Jasen mejoró notablemente en el segundo tiempo, estimulado por su triple apenas comenzado el tercer cuarto. Le falta producir más en ataque pero tomó 10 rebotes y tuvo intensidad en la marca. El aporte de Kammerichs no sale en las estadísticas. Se fajó, obligó a tirar incómodo y marcó territorio en la zona pintada. Junior Cequeira y Román González también aportaron a la causa. Todos lo hicieron, cada uno en su momento y en su rol.
En su autobiografía, el nadador Michael Phelps (14 doradas entre Atenas 2004 y Pekín 2008) dice que hay dos tipos de atletas: los que aman ganar y los que odian perder. Phelps se confiesa entre los segundos. Y este grupo de hombres con coraje, personalidad y rebeldía ante la adversidad también llena ese formulario. Este equipo odia perder. Competidor por naturaleza, no entra en provocaciones, no les llora a los árbitros. Canaliza ese odio a la derrota de la mejor manera. En lugar de entregarse a los nervios, se plantea el desafío de cómo revertir un resultado desfavorable. Y casi siempre encuentra una manera para ganar el partido. Estuvo abajo durante todo el juego. En el tercer cuarto, llegó a los diez puntos de desventaja. Pero defendieron como leones, metieron un parcial de 13-0 y se pusieron al frente por primera vez en el 60-59 ya en el cuarto período. A partir de ese momento, jamás cedieron el liderazgo. Se complicaron solitos con esa mala salida tras el minuto pedido por el DT y le dieron a Australia la chance del último tiro. ¡Clank! 74-72. Jasen tomó el último rebote y, de la bronca por su error anterior en el pase, puso la bola en órbita con una patada de rugby. Otra señal de lo
autoexigente y perfeccionista que es este equipo. Ahora vendrán los supuestos débiles Angola y Jordania. Luego Serbia, derrotada por Alemania, que confirmó lo bueno que había hecho contra Argentina. Y el cruce de octavos, durísimo porque te puede tocar Croacia, Eslovenia o Brasil. Pero estos grandes estarán a la altura de los acontecimientos. Pase lo que pase aquí en Turquía, quiero expresar mi admiración y mi agradecimiento a este equipo emocionante, que nos vincula con los puros valores del deporte. Sólo les pido un favor: sigan el viaje hasta Londres 2012. Que ése sea el último baile…
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