EL EQUIPO SALIÓ A LA CALLE
Parecía un estreno de cine, porque la cita era en un cine. Y también porque el hall estaba lleno de cámaras y de actores que se mezclaban entre los periodistas. De pronto, alguien ofreció medialunas, café, jugo de naranja… Apareció Carlos Avila, Jorge Maestro, Sebastián Ortega… Algo raro estaba pasando en el Village Recoleta.
Ayer a la mañana, Ideas del Sur presentó en pantalla grande y con mucha excitación la miniserie que se verá a partir del lunes, a las 23, por América: Sol negro.
Se notaba que la expectativa era enorme: el mismísimo director del canal —Avila— dijo presente. Y también el dueño de Ideas del Sur, el lookeado Marcelo Tinelli. (Se supo en voz baja que Avila se aseguró la presencia de Tinelli en el Village, y recién después de conseguido ese dato, decidió ir.) Avila fue más democrático: se paró en el hall del cine y charló con los que se acercaban. Tinelli, en cambio, hizo una entrada discreta a la sala minutos antes de que comenzara la proyección.
Los actores, más despreocupados, se encontraron entre medialunas y vasitos de plástico. La invitación no incluía esposo/a, sin embargo, algunos fueron acompañados. Justamente los protagonistas —los que tendrán el romance de la historia— llevaron a sus parejas. Rodrigo de la Serna fue con su mujer, la actriz Erica Rivas (irreconocible, con un look pelirrojo muy Andrea del Boca —ver página 2—) y Julieta Ortega llegó de la mano de su marido, el rockero Iván Noble.
Carlos Belloso amenizó con Diego Capusotto, Pedro Segni y Carlos Santamaría. Alejo Ortiz —desaparecido de la tele desde El hacker— se floreó con su novia, la ex Televicio Martina Luri. Todos tenían una apariencia absolutamente distinta a lo que se vio después en pantalla.
Sol negro arranca con la internación en un neuropsiquiátrico de Ramiro (de la Serna) y todos los personajes que aparecen cargan con una oscuridad lejana al glamour fatídico de la farándula. El impacto que causó en todos las imágenes que se vieron allí dentro —con efecto sorround— provocó silencio de misa en la sala.
Televisión al fin, el capítulo que se proyectó —el primero, íntegro— tenía marcada la pauta publicitaria. Cada vez que terminaba un bloque aparecía la pantalla a oscuras (en lugar de un aviso de jabón en polvo, por ejemplo). Esos cinco segundos sonaban eternos, con el mutismo envolvente y la expectativa por lo que vendría. Capusotto hizo el último chiste antes de que se apagaran las luces. “¡Bajen los faroles!”, gritó a los iluminadores. Ellos, desde la primera fila, habían enfocado a Sebastián Ortega, el gerente de contenidos de Ideas del Sur que —zapatillas rojas, campera de nylon— había dicho unas palabras alusivas antes de empezar.
Al final hubo escenas del segundo capítulo que terminaron con una emotiva imagen de la cara de Belloso mientras sonaba el tema Un pacto de la Bersuit. Después sí, el visto bueno de il capo. Tinelli —sentado al lado de Jorge Maestro, flamante gerente de programación de América— se dio vuelta y dirigió su mirada a la fila de actores sentados justo detrás suyo. Levantó su pulgar y dijo: “Muy bueno, eh”.
Fernando Peña —también parte del elenco de Sol negro— recibió un beso en la boca de un amigo. Después se entregó, como todos, a la clásica foto grupal. El resto de los asistentes se quedó entre las butacas rumiando los comentarios. La locura. El miedo. La soledad. Los más ansiosos salieron apurados a la calle a fumar.
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