EL ESPEJO ROTO
Hay palabras que se vuelven comodín. Van, por ejemplo, de una determinada jerga al lenguaje formal, del lenguaje formal a los diccionarios, de la norma a cientos de usos. Y continúan su viaje en ámbitos diferentes hasta que se desconoce su origen y sus límites se vuelven inciertos. “Vanguardia”, es una palabra comodín. La acepción primera de la palabra –paradójicamente-, pertenece al lenguaje militar. Es el elemento de todo ejército en acción, basando en la estrategia y fuerza de choque. Las vanguardias napoleónicas, por ejemplo, diseñaron una reconocida vanguardia en las modalidades de confrontación bélica.
En el siglo XIX se de la traspolación del concepto de vanguardia hacia otras actividades, como la política y la estética. Según diferentes Tratados sobre la guerra, la vanguardia tiene como objetivo el reconocimiento del terreno, para poder anticiparse a los movimientos del enemigo. Sus unidades son más intrépidas y están compuestas por los mejores hombres y su equipamiento más sofisticado y de alto poder de fuego para el golpe rápido.
Así, el término no tardó en trasladarse desde los tratados bélicos a la literatura de quiebres atrevidos, controversia y choques. Avanza un ejército de palabras, invade nuevos terrenos. La poesía-guerra de Martinetti se vuelve texto fundante.
Hasta aquí, no hay grandes conflictos sobre la acepción. El dilema se abre cuando se piensa que la cuna de la vanguardia estética fue un molde inquebrantable o que la vanguardia de la literatura latinoamericana es una copia de la Europea. Y más aún, cuando se reduce el movimiento a unas cuantas escuelas o grupos, desconociendo la real magnitud del fenómeno. Los protagonistas fueron muchos más que los que figuran en los manuales de lengua.
LA RIQUEZA DE LOS CRUCES
El vaso de agua, la tos de algún oyente, papeles junto al micrófono: la puesta en escena de una conferencia. Las palabras se encargan del resto.
Ir y venir sobre un concepto, la memoria, los libros. Todo se brindó en la conferencia que el escritor y poeta Jorge Boccanera dio ante el auditorio lleno de ATE, en el marco de Conferencias y Seminarios de Facultad Libre de Rosario en nuestra ciudad.
Regresar a esa palabra comodín. Tomar “vanguardia” en las propias manos y dudar –la duda, eterno motor de las ideas- del significado que acostumbramos asignar a la palabra “vanguardia” cuando de literatura se trata.
El encuentro – como es costumbre en cada evento de la Facultad Libre- comenzó con música. A la magia de la guitarra de Cacho Husein y el trombón de Rubén Carughi, le siguió un poema de Boccanera musicalizado por Alejandro del Prado.
“Los libros estudian la vanguardia de una manera mecánica: un traslado de las escuelas europeas y sus estructuras acá. Se piensa que eso se calcó tal cual, pero no fue asi”, comienza afirmando Jorge Boccanera.
Los sistemas o corrientes europeas, según él, tenían su líder, su bar de reunión, escándalos, vinculación a ideas políticas y manifiestos. Todos esos ingredientes estuvieron también en los grupos de escritores vanguardistas latinoamericanos, pero con los cambios que imprimieron las distintas realidades vernáculas.
Frecuentemente, al hablar de vanguardia argentina, por ejemplo, se reduce al enfrentamiento Boedo vs. Florida. “No fue así, fueron un montón de cruces, una figura ecléctica. No sólo fue la ruptura encarnada por Florida, hay otros nombres y registros que quedaron fuera del panorama. Hemos tenido una vanguardia muy interesante hecha de cruces”, sostiene el escritor.
EN BUSCA DE LOS NOMBRES PERDIDOS
Para ubicar el supuesto comienzo de la estética vanguardista en nuestros escritores, se suele citar a Rubén Darío con su obra “Azul” (1886). Desde ese entonces -aunque las fronteras son inciertas en historia literaria y dejemos de lado ciertos antecedentes- los nombres y obras que pueden relacionarse con la vanguardia superan con amplitud a los que hemos oído habitualmente.
No podemos caer en el reduccionismo “Vallejo, Neruda, Borges o Girondo”. Tal como ha señalado Boccanera, existen muchísimos protagonistas y movimientos desconocidos. Uno de sus propósitos en la conferencia, fue rescatarlos.
Así, sumó a los reconocidos ismos europeos de vanguardia (cubismo, futurismo, surrealismo, etc.), originales ideas como el significativo aporte del nativismo (Uruguay), la negritud e incluso, el tango.
Jorge Boccanera presentó escritores a la audiencia de la mejor manera en que se puede conocer a un artista de las palabras: leyéndolo.
No dejó de traer a su discurso nombres como Luis Cardoza y Aragón (Guatemala) o Manuel Maple Arce (grupo estridentista mexicano) y aquellos pertenecientes al grupo vanguardia de Nicaragua. Además, mencionó revistas como Manta (Perú) y Martín Fierro (Argentina), siempre resaltando el importantísimo papel de valores argentinos que formaron parte de la vanguardia.
Con este panorama, se descubre un rol trascendente y a la vez antropomorfista de la poesía de vanguardia, cuya mejor definición se encuentre tal vez en las palabras de Cardoza y Aragón: “La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”.
LA PALABRA TATUADA
En esa lectura-presentación de autores que compartió Boccanera con su auditorio hubo otra frase de Cardoza y Aragón que hizo eco durante algunos segundos en el lugar: “No escribo sobre papel, estoy tatuándome”.
Evidentemente, tanto los escritores que reconocemos abiertamente vanguardistas, los que han generado escándalos y ruptura, como aquellos que fueron excluidos del movimiento simplemente por desconocimiento o falta de difusión, revelan nuevos ingredientes de una vieja receta. A los ismos europeos, se sumaron todos los elementos ya mencionados, una cuota de humor, el culto a la urbe y sus erecciones de cemento, el color local y las palabras que le dieron a la poesía un valor humano fundamental: la palabra en la piel, el poema como base de la existencia del hombre.
Y es tal vez detrás de estos valores donde reside la particularidad y riqueza de nuestra vanguardia. Hecha, como bien ha señalado el poeta y escritor Jorge Boccanera, de cruces, de múltiples piezas que forman y deforman un todo.
LO IMPORTANTE ES NO IMPORTAR
Esta nueva sensibilidad a lo experimental y a lo innovador, tuvo también otros valores originales. Según Boccanera: “Lo más importante de nuestros poetas vanguardistas, como Girondo, es que se negaron a hacer escuela, a definir la poesía. Hacer una escuela, es entrar en una ortodoxia”. Con esta realidad, los movimientos vanguardistas latinoamericanos marcaron una clara diferencia: no sólo no fueron reflejo, sino que además rompieron las antiguas escuelas y sus sistemas con la multiplicidad de aportes propios. La vanguardia latinoamericana: el juego del lenguaje, con o sin reglas, pero con todos sus jugadores de este lado del charco.
En los años del 20 al 30, no sólo se rompió la sintaxis, se habló del futuro y se transgredieron normas. Además, se enfrentó al despotismo del viejo mundo en materia de arte y literatura, con una propia identidad de identidades. Y se demostró que de Europa sólo importamos un nombre.
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