EL ESTILO KIRCHNER SELLÓ LA PRIMER SEMANA.
En su primera semana como presidente, Néstor Kirchner dejó un surco que permite aproximarse bastante al estilo que espera impregnarle a su gestión: hiperactividad, muchos hechos, con alta exposición mediática para que la gente los note y, a la vez, cierta cautela para evitar despistarse en el rumbo que quiere darle a la Argentina bajo su gestión.
El estilo Kirchner mezcla en dosis parejas los hechos planificados y lo espontáneo, lo que le permite pasar de los conceptos generales a la anécdota mínima como un surfista de las palabras.
Hay pruebas de la acción en sus primeros cinco días de Gobierno que están a la vista: se reunió, en un solo día, con representantes de 12 países; en el Congreso le dieron media sanción a la ley antisecuestros y empezó a vislumbrarse un proceso de recambio en la Corte Suprema de Justicia. Produjo la renovación de la cúpula de las Fuerzas Armadas, consiguió que se reanuden las clases en Entre Ríos, les anticipó el aguinaldo a buena parte de los jubilados y envió a más de medio gabinete a la inundada Santa Fe, entre otras cosas. Pero también esa aceleración tiene rasgos que no toman la forma de noticia.
Los dirigentes que venían trabajando con el Presidente desde que arrancó la campaña —o desde antes— ya están adaptados al ritmo que les impone Kirchner. Sin embargo, todavía siguen alegrándose cuando viaja a Santa Cruz y les da un respiro. En cambio, muchos de los ministros que se sumaron a la troupe el domingo 25 de mayo, aún corcovean y de a ratos se fastidian por el ritmo vertiginoso en el que acaban de entrar. El Presidente los llama seguido —siempre de a uno por vez— para darles una nueva indicación, o para pedirles detalles de alguna cuestión.
Uno de los “viejos” kirchneristas, el jefe de Gabinete, Alberto Fernández, el 25 después de jurar en el Salón Blanco de la Casa Rosada, le presentaba a su hijo Estanislao, de 8 años, al secretario privado de Kirchner, Daniel Muñoz.
—¿Ves?, éste es el famoso Pekerman, le dijo. Y después aclaró: “Cuando estábamos por comer o salir a pasear, Pekerman me convocaba y yo tenía que salir volando”. El llamado de Muñoz implicaba un inmediato encuentro con Kirchner, casi a cualquier hora. Ahora Kirchner tiene a Fernández puerta de por medio.
Otro de los hombres de mayor confianza de Kirchner, su vocero de prensa, Miguel Núñez, se despertó muchas veces sobresaltado por el ring del teléfono muy temprano. De otro lado de la línea estaba Kirchner para compartir su enojo por algún dato que consideraba erróneo o injusto en las últimas líneas de una nota en algún diario.
Así de puntilloso es Kirchner en la lec tura de textos periodísticos, que devora junto al desayuno —tostadas de pan negro con manteca y té con miel— después de cuarenta minutos de caminata sobre una cinta. Mientras transpira, escucha la radio o mira el canal de cable Todo Noticias.
Entre el hombre que impone autoridad y el que es severo y duro hay una línea delgada. Y Kirchner a veces camina sobre ella. Cuando alguien le mencionó el traspié que esta semana tuvo el canciller Rafael Bielsa al dar una respuesta ambigua sobre los fusilamientos en Cuba en un reportaje al diario español ABC, el Presidente sólo respondió: “No volverá a ocurrir”, dejando en su interlocutor la sensación de que hubo una previa y severa reconvención a su ministro.
Pero en el mismo hombre conviven también una fuerte carga emotiva y el humor. Por eso lloró durante el acto con el que se despidió de Santa Cruz para asumir como presidente de la Nación. Y por eso se lo vio gozar como un chico cuando salió a mezclarse con la gente en la Plaza de Mayo, y no le dio la más mínima importancia al tajo en la frente con el que volvió de esa excursión. Por eso no lo ruboriza tener, aun en situaciones más o menos protocolares, gestos cariñosos con su mujer, Cristina —su principal asesora política—, y su mimada hija Florencia.
Y en la charla distendida mete bocadillos de humor irónico o se permite bromear: “¿Sabés lo que le dije a Bush el otro día, cuando hablamos por teléfono…?”, cuenta. Y repite una broma inocente sobre el famoso Salón Oval de la Casa Blanca.
Kirchner es desconfiado hasta que llega a un punto de inflexión, donde se anima a delegar tranquilo. Esa es la razón por la que en los puestos de la administración donde se maneja mucho dinero público haya ubicado a su gente más cercana.
A Kirchner lo aterra la idea de que en su gobierno se descubran actos de corrupción. “Podrá haberlos, pero voy a ser el primero en denunciarlos”, dice y se encoleriza —la cara se le pone roja—. Quiere ser el rostro del antimenemismo, sobre todo en este aspecto en el que el ex presidente tuvo tantos inconvenientes.
La desconfianza, además, lo lleva a estar en todos los detalles. Pero cuando confía absolutamente casi no da órdenes. Así, aquel día en que Carlos Menem tuvo al país en vilo jugueteando con si renunciaba o no a competir en el ballottage, y todos los medios, en la Casa de Santa Cruz, esperaban una voz del kirchnerismo, el entonces candidato sorprendió a su vocero Núñez con un “salí y hablá”, sin agregar ninguna otra indicación.
Hasta ahora el estilo Kirchner es de lo más informal que se recuerde en la historia de los presidentes argentinos. Y le gusta mostrarse como uno más del común de la gente. Ya es un sello propio el saco cruzado desabotonado y los mocasines negros, y es muy difícil verlo prolijamente peinado. El personal de protocolo y de seguridad comenzó a sufrir esa informalidad desde el mismo día en que asumió.
Kirchner parece no estar dispuesto a prometerles un baño de almidón.
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