EL EXORCISMO DE COZARINSKY
No representa a la Argentina, pero siendo él porteño, aunque afincado en París desde hace 29 años, la expectativa por ver Crepúsculo rojo era genuina. Y Edgardo Cozarinsky logra una obra muy personal, a la vez muy diferente de lo que cabía esperar. Pero es de lo mejor visto en la competencia por la Concha de Oro.
Los personajes de la nueva película del cineasta y escritor, autor de documentales como La guerra de un solo hombre y Le Cinéma des Cahiers, se mueven en París pero son, en su mayoría, argentinos. Debosc es un joven de 27 años que quema su pasaporte apenas entra a su habitación de hotel y cree tener una millonaria herencia en esa tela de Camille Corot que le dejó su padre. David, un pintor y falsificador, también es argentino, pero como Clara, hace mucho tiempo está viviendo en la Ciudad Luz. Ambos formaron parte de la lucha armada en los ”70 y fueron traicionados.
Debosc, Clara y David son parte de un mismo organismo, un cuerpo golpeado que con o sin nostalgia mira el pasado y no puede separarse de él. Dialogan con los muertos, tiemblan, sueñan. A Clara, que es psicoanalista, una paciente se le tira por el balcón en su consulta. David encuentra al fantasma de su amada, que fue asesinada por los militares, como premio a una buena acción. Debosc halla el amor cuando lo creía perdido.
Sabemos que a Cozarinsky la columna sonora en sus trabajos le preocupa, y mucho. Y en tal sentido, la música de Carlos Franzetti es troncal. Hay mucho tango, mucho bandoneón, más que nada cuando aparece David. La aparente frialdad del realizador no hace más que asentar su posición ante las víctimas de la barbarie. No hubo aplausos tras la primera pasada de prensa.
Ya en conferencia de prensa, Cozarinsky, acompañado por Marisa Paredes y Féodor Atkine (Vatel) dijo que “yo no elijo nada, los temas se me imponen. Ya en 1977, cuando gobernaba la dictadura en la Argentina, filmé en Francia Los aprendices de brujos. Hoy, en un mundo de mierda, para decirlo rápido, y donde se revive la nostalgia de esa época, hay quienes se han olvidado quiénes eran, que fueron traicionados. Hubo quienes se ligaron con la dictadura, son los ilusos, los que murieron. Mi película es un homenaje a esas víctimas de sus propios sueños”, sugirió.
“Es un filme sobre la tentación de exorcizar el pasado. Yo, como muchos otros, tenemos una vida diferente de la que tuvimos antes, pero ese pasado vuelve, y lo uso en mi obra literaria y cinematográfica. Las ganas de matar, el atreverse, el impulso moral que invita a un personaje a no engañar…” Los diálogos con los muertos, algo a lo que también es propenso el autor de El país del testigo y director de El violín de Rothschild, “es algo que hago muy a menudo. Tengo tantos amigos vivos como muertos, estar en relación con ellos me parece importante”.
Tres tangos de la orquesta del maestro Osvaldo Pugliese son esenciales en el filme. “Yo escribo con música, puedo cambiar de ideas, pero la música la selecciono”, dijo, y afirmó que “el motor interno fue el poder trabajar con Marisa. Escribí con su imagen en mi cabeza. La admiro mucho, como mujer, como actriz y como ciudadana”. Paredes, presidenta de la Academia del Cine español, bien podría anotarse en la mini carrera por la Concha de plata a la mejor intérprete femenina.
Apenas ha llegado a la mayoría de edad, pero la neoyorquina Scarlett Johansson es toda una gran actriz. En La chica con un aro de perla, coproducción entre el Reino Unido y Luxemburgo, debut en la dirección de Peter Webber, compone a una criada pobre y analfabeta de Johannes Vermeer (el inglés Colin Firth). Griet termina siendo modelo de uno de los cuadros más famosos del pintor holandés, el que da lugar a título de esta película que integra un segundo pelotón en orden a lo mejor que se ha visto en competencia. Un lugar expectante si lo que resta por ver no convence.
Johansson, que era la joven de la que se enamoraba el personaje de Billy Bob Thornton en El hombre que nunca estuvo, y protagonista de Lost in Translation, de Sofia Coppola, es una muy buena apuesta si este año decide no reincidir a la hora de los premios en las actrices españolas, como viene sucediendo desde hace tres años.
Bernardo Bertolucci llegó para presentar The Dreamers, en la sección Zabaltegi. No por nada en la votación del público es ésta (52 %) y no la oficial (33%) la que más atrae a los espectadores. El maestro parmesano mira al Mayo francés con su cuota reconocida de erotismo —va más allá que en Ultimo tango en París—, como ya se contó en su presentación en Venecia, con un relato con más corazón que odio. La recepción fue tibia.
Resta un día de películas en competencia, y mientras se aguarda la llegada de Kevin Costner, que en la clausura presentará su western Open Range, el sol, el pescado y los buenos vinos y jamones invitan a meditar lo que fue esta jornada, tal vez, la mejor de la muestra donostiarra.-
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