El extremo oriente
Tome por allí, señor. Allí. Dos cuadras hacia abajo. Bernardo de Irigoyen tiene una avenida principal asfaltada que cuando acaba uno ya puede estar en Brasil. Ahí lo va a ver, está la aduana, y del otro lado, Dionisio Cerqueira, señor. Doblo. Es cierto. Ahí está la aduana. Trámites correspondientes. De atento, ni gendarme parece el empleado que dice que ya se conocen todos y se pasa sin papeles, en general, salvo ahora con el periodista ambulante, que sí tiene que mostrar sus documentos. Adelante. Gracias. Cincuenta metros. Aduana brasileña. Si usted entiende el español, señorita, le agradecería que me deje pasar sin revisarme tanto el baúl porque… No, no. Comida no llevo. Es más, pienso, bueno sería que usted o algún amigo me invitaran comida. Y también bebida. Le decía que me deja pasar que sólo voy a Dionisio Cerqueira y Barracao a tomar unas fotogrofías. Que es usted muy amable. Gracias. Ahí está. Dionisio Cerqueira. Un comercio grande que adentro tiene una ciudad, me digo. Todo lo que se ve son negocios. Ya lo explicó Morinigo, el director de la escuelita de frontera. Durante los 90 floreció el negocio para los vecinos y no quedó uno sólo de nuestro lado. ¿Quién era que gobernaba en los ’90? Ah, sí, ya recuerdo. Giro a la izquierda. Estoy recorriendo el contorno de la Argentina por fuera. Doblo y vuelvo a enderezar y vuelvo a girar. ¿Quién hizo el mapa? Cierto, no fue ningún caprichoso. El gendarme que no parecía gendarme dijo que antes todo era de Argentina pero perdimos en alguna repartija. Dicen que fijaron el límite, a falta de río, en los puntos más altos del terreno. Y ahí perdimos, como casi siempre. (Y uno que pensaba que sólo los chilenos eran peligrosos haciendo mapas). Otra vuelta a la derecha y una más a la izquierda. La vereda de enfrente es la que ayer pisé pero con pasaporte de tapas negras y corazón celeste y blanco. Bajo del auto. Hay un mojón. Un hito rectangular y poco pretencioso. De un lado dice Argentina, del otro Brasil. Juego como niño. Salto como la nena de la propaganda de Dánica Dorada. Estoy en Argentina. Salto otra vez, medio metro. Estoy en Brasil. Vuelvo a saltar. Pasa un policía brasileño. Los vecinos pintan de verde y amarillo los postes de la luz y los nuestros pintan de blanquiceleste los techos y los tanques de agua. De dudosa, hay que andar reafirmando la identidad a cada paso. Cincuenta metros más. Una pirámide. Ahora sí, algo más ambicioso que esos mojones magros. Fotos de rigor. Sigo el borde. Ya no hay derecha o izquierda sino que el camino corcovea como un borracho que no puede sostenerse en pie. Vuelvo a la Argentina. ¿Sin aduana? Sí, claro. ¿O no somos tan buenos vecinos? Ahí hay un atajo, lejos de las miradas de los aduaneros. Bajo con sumo cuidado. No hay nadie que mire ni controle. Es una salida clandestina. Ya crucé. Ya estoy en la patria. No. Mejor cumplir con la ley. Me vuelvo a Brasil para hacer los trámites correspondientes. Ya estoy en Brasil. En Barracao, creo. O en Dionisio. Lo mismo da. Unos metros más y está el mural que pintaron dos artistas, uno de cada país. El mural, algo tan fino como un mural, separa las dos naciones. Cruza un brasilero que compró fideos en Bernardo de Irigoyen. Muchos compró, casi un contrabando de fideos. Cruza un argentino que compró pan en Barracao. Poco pan, nomás para su familia compró el buen hombre. Nada de contrabandear pan. Más fotos. Unos metros más, cien serán, y ahí está. El extremo oriental de la República Argentina. Una virgencita de Luján, de obediente que es, no se sale nunca de una hermita preparada para la ocasión y se da la espalda con la virgencia Nuestra Señora Aparecida, de casta que es. Ahí es donde más al este se puede llegar por nuestro territorio. Nada opulento. Una señora pasa y le ordena a su nieto que salude a la de Luján. Es nuestra, me digo. Efectivamente. Viene de comprar en Brasil pero vive en Bernardo de Irigoyen. En la frontera entre Argentina y Brasil hay niebla como en Londres. Desando el camino. Paso por la aduana. Del lado brasileño por poco se fastidian porque amago a parar. Del lado argentino se fastidian del todo porque no se puede filmar. Las disculpas del caso. Chau Bernardo de Irigoyen. Chau Frontera seca. Alguien cuenta que hubo una vez un jefe de correo cuya casa tenía la puerta de acceso por la Argentina y la del fondo por Brasil. Dicen que era un contrabandista de fuste y la ley no contemplaba su caso. Yo me voy y me digo que debo ser el único que no pasó nada, ni un atado de puchos. ¿No hay premio? No, si en este país a los boludos se los castiga severamente.
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