El fantasma de víctimas de la represión deambula por el cementerio de Casilda
Hurgar sobre los secretos que esconde la necrópolis casildense resulta una tarea tan compleja como necesaria en el aporte por la verdad. Con esa premisa, La Capital encaró una indagación que permitió recoger testimonios que acrecientan aún más las sospechas sobre presuntos enterramientos clandestinos que habrían ocurrido tras el golpe de Estado de 1976.
Un hombre y su esposa, quienes pidieron mantener en reserva sus identidades, revelaron datos que podrían ameritar una investigación judicial. Dijeron que hace unos años, cuando fueron al cementerio para trasladar los restos de unos familiares, se encontraron con la sorpresa de que dentro del mismo nicho había dos bolsas que en su interior contenían restos humanos de personas no identificadas.
“Nos causó asombro —reconocieron— porque sabíamos que en ese lugar sólo había un féretro y unas urnas con reducciones que, justamente, eran las que debíamos reubicar en otro nicho porque el sector donde se encontraban tenía que ser demolido por la Municipalidad a raíz de su estado de deterioro”.
También recordaron que al ser retirada la lápida cayó desde una de las bolsas un cráneo que “presentaba un orificio”, lo que podría inferir indicios de una muerte violenta.
Al notarlos intranquilos, el sepulturero que estaba con ellos le ofreció llevar esos restos al osario (una suerte de fosa común), pero no aceptaron. Creyeron que lo correcto, por una cuestión humana, era resguardarlos en el nuevo nicho junto a sus familiares fallecidos. El episodio ocurrió hace casi una década aunque nunca lo denunciaron porque sintieron “miedo”.
Restos no identificados
Un jubilado municipal que trabajó en el cementerio San Salvador de Casilda y cuyo nombre tampoco será revelado aseguró que le consta que “muchas veces fueron arrojados al osario restos de personas no identificadas”. Sin embargo, otros ex empleados afirman que “nunca se cometieron irregularidades y existe un registro donde están asentadas todos las fallecidos que ingresaron al cementerio”.
Al ser consultado sobre la posibilidad de que durante la última dictadura militar se hayan producidos inhumaciones o enterramientos clandestinos en el cementerio de Casilda, el intendente de ese entonces, Eugenio Viale, sostuvo que “si alguien sabe algo o tiene alguna prueba, que vaya a la Justicia”.
Actualmente en un depósito del cementerio de Casilda se encuentran varias bolsas con restos humanos de los cuales no todos están identificados, aunque se trataría de personas fallecidas sin familias o cuyos deudos nunca reclamaron los restos.
Un antecedente
Las sospechas de que en el cementerio de Casilda haya víctimas aún no identificadas de la última dictadura militar no resultan descabelladas más aún si se tiene en cuenta como antecedente que en septiembre de 1976 fueron inhumadas bajo la denominación de NN dos personas acribilladas a balazos a manos de la represión ilegal.
Se trata de Antonio Angel López y Miriam Susana Moro, dos militantes del peronismo revolucionario que fueron fusilados tras haber salido a repartir volantes por la zona sur de Rosario. Las crónicas consignan que “los dejaron en un camino rural de la provincia” y los cuerpos “aparecieron 48 horas después del secuestro, el 29 de setiembre de 1976, en una ruta que va a Armstrong, entre Chabás y Bigand y los inhumaron como NN en el cementerio de Casilda”.
La esposa de López recuperó el cuerpo de su marido, quien fue asesinado de un balazo en la nuca, en 1979. Pero la familia de Miriam “recién tuvo certeza de su destino final en el arranque la democracia, en 1983, aunque nunca pudo recuperar sus restos”. La mataron a los 24 años de doce disparos por la espalda; tenía dos hijos y estaba embarazada del tercero.
Sobre una de las paredes de la dependencia donde se encuentra el osario del cementerio local hay una placa recordatoria en honor a su memoria. Miriam era esposa de Roberto Enrique De Vicenzo, quien también fue asesinado por la dictadura el mismo día que ella —el 27 de setiembre de 1976— y cuyos restos fueron identificados hace poco tiempo por el Equipo Argentino de Antropología Forense tras estar sepultado como NN en el cementerio de Barracas donde también fue hallado otro desaparecido de nombre Rubén Juan Forteaga.
Moro, López, De Vicenzo, Forteaga y Oscar Alfredo Bouvier, quien aún sigue desaparecido, fueron perseguidos y ejecutados por los grupos de tareas que comandaba el por entonces jefe de policía de Rosario, donde además funcionaba un centro clandestino de detención, Agustín Feced.
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