El fascismo progresista
Fito Páez dice que el 50 por ciento de los porteños le da asco. Andrés Rivera compara a Macri con Hitler. El director de la Biblioteca Nacional, Horacio González, dice que el domingo ganó el racismo. Aníbal manipula a Brecht con sorna: “Cada pueblo tiene el gobierno que se le parece”.
¿Que están mirando estos iluminados que buena parte de los argentinos no alcanzamos a ver? ¿En qué profundidades del pensamiento andan navegando, que los imbéciles como yo (y algunos otros millones), no alcanzamos a dimensionar?
Mauricio Macri es de derecha, sí. Si es que esa clasificación alcanza para dividir las aguas del presente argentino. ¿Cuánto más a la derecha está Macri de Scioli? ¿En qué se distinguen las gestiones? ¿Cuál es la diferencia de historias? ¿No comparten orígenes en el Menemismo?
¿Macri es – a causa de las escuchas ilegales que le valieron un procesamiento- más o menos autoritario que los camioneros de Moyano que bloquean las empresas que no son funcionales a sus intereses sindicales? ¿Es el menemista Mauricio Macri más menemista que el candidato a senador nacional kirchnerista por La Rioja, Carlos Menem?
¿Es el voto al macrismo un rechazo a las políticas de Derechos Humanos del gobierno- cómo dice Páez- o es el rechazo a un estilo de comunicación que hastía en lugar de convencer?
Desde hace mucho tiempo se observa un alto nivel de intolerancia “ideológica” en la órbita oficial: se tacha lo que no concuerda. Convida a la aniquilación del adversario, descalifica al que no comulga, anula al que piensa diferente. Y eso, es Fascismo. Revestido de progresismo, si, pero fascismo al fin. Fascismo progresista.
Selecciona y discrimina las lecturas de los hechos y los protagonistas de acuerdo a sus intereses. Se pasa años denunciando de apropiadora a Ernestina Herrera de Noble- que probablemente lo sea- pero omite recordar que se sentó a su mesa durante los primeros tres años de gestión, proveyéndole los mejores negocios que el Grupo Clarín recuerde.
Despega a Hebe de Bonafini y al gobierno de los desfalcos que ellos mismos autorizaron y compartieron durante años con Sergio Schocklender, con la plata de todos los argentinos. Y que investiga, casualmente, como a todas las causas calientes del gobierno, el Juez Oyharbide.
Acusa de cómplices de la dictadura a cuanto dirigente, periodista o ciudadano haya respirado en el país durante aquellos años, pero silencia y protege a verdaderos “cuadros” de inteligencia del Ejército, como el dirigente de la UOCRA, Gerardo Martínez.
Ocultan en sus listas legislativas -como en Santa Fe– el pasado de dirigentes políticos vinculados a lo peor de la reciente historia –Luisito Rubeo- pero no dudan en acusar de “cómplices” de la derecha y los monopolios a cualquiera que se haya animado a votar en contra de sus proyectos en el Congreso nacional.
Dicen combatir a las corporaciones y a los privilegiados, pero se aceptan como socios de ex funcionarios de la dictadura, inundadores y vaciadores del Estado, como Carlos Reutemann o su espada económica, Juan Carlos Mercier, y junto a ellos rechazan en la Legislatura santafesina, una reforma fiscal que apuntaba a igualar –moderadamente- las obligaciones fiscales de los poderosos y los hombres de a pie.
Leer ligeramente, sin discriminación alguna, la complejidad del voto popular es tan peligroso como no respetarlo. No respetarlo es igual que no leerlo. Y no hay conducción política que pueda proponer verdadera democracia, sin comprender y respetar lo que dicen los demás. Aún cuando esos demás sean la inmensa mayoría.
Eso es temerario. Mucho más que lo que, guste o no, vote la gente.
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