El fin de la supercheria maradoniana
Una y otra vez la cámara lo enfoca a Maradona tocándose los cachetes, acariciándose la barba. En la última toma, la cámara profundiza el plano y se detiene en la mano izquierda de Diego, que sigue coronada por la cadenita dorada, cada vez más apretada. El partido estaba 0-3. A esa altura, los dioses y las vírgenes ya nos habían abandonado.
No solo eso: Millones de Argentinos nos preguntamos el sábado al mediodía que hábito habíamos cambiado al momento de ver el partido, respecto del partido anterior. Cada uno, a su modo, sintió la falta de la asistencia divina que nos devolvió a la verdad fatal: en algunos casos, los mejores terminan ganando, aún cuando los dioses jueguen a nuestro favor. La superchería se había acabado. Era hora de volver a casa.
No voy a hablar de fútbol porque como la inmensa mayoría de los argentinos, no he pisado nunca un campo de juego profesional y no entiendo demasiado mucho más allá de la vulgar afición. Pero me permito decir (y decirme) que lo ocurrido el sábado no fue la consecuencia de un “cambio astral”, ni del abandono de Dios.
Messi no resultó el mejor del mundo, al menos no en este equipo. Ni Maradona resultó ser Dios. Ni Dios era argentino, como nos explicaba la aggiornada propaganda de Quilmes. No alcanzó con “creer” en nosotros, por una sencilla y lapidaria razón: El fútbol, como cualquier actividad humana profesional, demanda esfuerzos, estrategias, inteligencia, talentos y claro… también algo de suerte. Pero la suerte es un adorno. Todo lo demás, es trabajo.
En general, claro que hay excepciones, en casi todos los aspectos de la vida, quienes se organizan, observan, estudian, trabajan y se esfuerzan, terminan consiguiendo los objetivos propuestos. Es cuestión de echar un ojo a cualquier costado y descubrir que – salvo en las sociedades muy atrasadas- quienes mejor encajan y mejores resultados obtienen, no se aferran sólo a los talentos individuales naturales ni a las coordenadas divinas para conseguir lo buscado. Siempre ponen algo más.
No tengo dudas que Messi es el mejor de todos los jugadores del presente. Al menos mejor que los otros que venían a destronarlo: ni Kaká, ni Ronaldo, ni Wayne Rooney demostraron ser más que Lío. Pero su talento necesitaba de engranajes secundarios que consiguieran rodearlo y hacerlo funcionar. Al principio, allá por Nigeria, pareció asomar esa idea, Pero después, otra vez, caímos en las creencias del entrenador mágico, al que “todo le sale bien” porque tiene suerte, porque es el mejor, porque es Dios. Sin cuestionarle nada.
Caímos en la trampa y las chapuzas de la mística pura, en la fanfarronería vulgar del que la tiene más larga, volvimos a exigir a los que preguntaban cosas razonables, “ que nos pidan perdón”, nos pusimos desmesurados y acusamos de “antipatria” a un fulano que se animó a decir ( pobrecito) que “prefería que ganara México porque nunca había ganado nada”. Insultamos cien veces a Pelé, aún cuando Pelé no nos decía nada. Incluso refutamos a Platini “que es igual a todos los franceses”, para descubrir después que Platini, ni otro francés de referencia, habían manifestado nada en nuestra contra. Nos quejamos de los árbitros, incluso de los mismos argentinos. Dijimos “que la FIFA debía dejarse de joder con no aplicar la tecnología” (por el gol no cobrado a los ingleses), y luego, apenas un par de horas después, cuando celebrábamos las mieles del gol en Off-side de Carlitos ante los mexicanos, preferimos responder “que no jodan con eso, y que apliquen el Fair Play”. Dijimos que a los aztecas los “habíamos arrollado” y persistimos con esa idea, planteándole a Alemania el mismo esquema, sin un solo gramo de autocrítica, sin ninguna prevención, sin otro argumento que “le vamos a hacer el orto” (media hora antes del partido, charlando con el amigo Niembro) y que “Dios va a quererlo”. Uff. Nos fuimos de boca, como siempre nos vamos. Y cuando todo estaba terminado, elegimos decir que “habíamos encontrado un camino”, y aunque habíamos perdido 4- 0, “los que vengan, van a tener que continuar”.
Le abrimos el grifo sin límites a un extático entrenador amateur, que creyó que el Mundial se ganaba con bravuconeadas en conferencias de prensa, con emotivos encuentros telefónicos con sus hijas montados para la televisión, con cartelitos motivadores en los vestuarios, con medallitas rodeándole las manos, con decirle a Palermo “andá y resolveme esto”.
Alemania le ganó a Maradona jugando al fútbol. Con un celoso cuidado de las tácticas, con un detallado estudio de las virtudes del rival, con esfuerzo y con un sistema. No hay mucha más explicaciones. Y las distancias se mostraron en el resultado, aunque D10s insista en negarlas.
Después, miles fuimos a recibirlo a Ezeiza. Porque la fiesta continúa, porque aquí no ha pasado nada. Porque le hacemos el “aguante en las buenas y en las malas, sin importarnos lo que hicieron” y no dudamos un segundo en responderles a quienes cuestionan nuestra desenfrenada fe que “son golpistas, que la tienen adentro”.
Me bajo del tren de la superchería. Porque los “maradonianos” nos parecemos mucho a los católicos que marchan contra el matrimonio homosexual, creemos que es “natural” la soberbia, la improvisación y la desorganización.
Probablemente “la tenga adentro” y deba arrodillarme en la fila de los que “tienen que seguir chupándola”, pero de algo estoy convencido: Maradona no debió nunca ser el DT de la selección. Maradona es pura superchería, y la superchería, esta vez, perdió por goleada.
Este contenido no está abierto a comentarios

