EL FÚTBOL ARGENTINO DEBUTA EN LOS JUEGOS OLÍMPICOS
Llegó el día. Llegó el momento para que el fútbol olímpico encienda la antorcha y, pelota mediante, la Selección comience su soñado camino al oro. La cita es aquí, en este rincón del Peloponeso, ante Serbia y Montenegro. Desde las 20.30 (las 14.30 de Buenos Aires), el equipo de Marcelo Bielsa abrirá en el estadio Pampeloponesiacó el grupo C. Tunecinos y australianos, los otros integrantes de esta zona, jugarán a la mima hora pero en Heraklión, en la isla de Creta.
De este modo la Selección iniciará un camino por un nuevo objetivo que va mucho más allá de la conquista del oro, que de por sí no es poca cosa. Va más allá porque representa una oportunidad histórica en todo sentido. Para el seleccionado en general y para este grupo en particular. El hecho de que nunca el fútbol argentino haya podido ganar un torneo olímpico constituye un ingrediente importante. Pero al margen de lo que ha dejado escrito la historia, hay un presente en cuestión. Y el plantel no sólo tiene ilusiones: está empecinado. Quiere ser campeón.
El dolor postrero de la Copa América fue demasiado fuerte. Y le tocó el orgullo al grupo. Es como si al equipo le hubiesen mojado la oreja y entonces ahora, con la posibilidad de revancha tan cercana en el tiempo, la Selección quiere exprimir al máximo esta chance de reivindicación.
Las deudas futboleras no se pagan sólo con títulos. A veces el envase engaña y no cuenta de qué se trata el contenido. El exitismo mayúsculo suele taparlo todo. Y entonces quedan arrumbados los modos que se utilizan para alcanzar los objetivos. Por eso, en el maravilloso mundo del fútbol, un gol agónico como el del brasileño Adriano en la final de la Copa América que derivó en los fatídicos penales, es capaz de destapar culpas y emerger fracasos. Y borrar de un plumazo todo el recorrido.
Este seleccionado, adaptado a las reglas del juego, recogió el guante. Y lloró de bronca. Y aceptó de mala gana la medalla de plata en Lima porque convive con esa máxima que indica que el segundo no sirve para nada. Bueno, encima aquí es firme candidato. Y sabe que están las fieras al acecho por si ocupa cualquier otro lugar que no sea el primero. Y teniendo en cuenta que Bielsa arrastra antipatías por doquier, el monitoreo seguirá firme. Porque el proceso continúa con las Eliminatorias para Alemania 2006, en las que Argentina marcha en el segundo lugar a un punto del líder Brasil.
Argentina llega a estos Juegos con un equipo de figuras. Con tres mayores (Ayala, Heinze y el Kily González) que asumen el liderazgo sobre los demás, que no son precisamente novatos. Esta base de jugadores Sub 23 es el motor del recambio generacional tras el Mundial de Oriente. Y están parados hoy, aquí, en el medio de un camino que quieren culminar con éxito en suelo alemán.
Como sostiene Ayala, esta cita olímpica debe tomarse como una gran responsabilidad, pero no como una presión. Argentina cuenta con experiencia atrás, con capacidad de hegemonía en el medio (Mascherano viene de consagrarse en la Copa América) y con creatividad adelante. Y tiene un atributo esencial para combatir los efectos del cansancio por tanto rodaje: hambre de gloria.
Serbia y Montenegro, que supo ganar el oro olímpico como potencia llamada Yugoslavia, llegó a Atenas con el rótulo de subcampeón europeo Sub 21 detrás de Italia. Ya lo dijo su delantero Andrija Delibasic: “Argentina es candidato al oro y nosotros pelearemos el segundo lugar en el grupo”. Vinieron con 13 jugadores, luego llegaron tres más. Frente a ellos comienza hoy Argentina un nuevo camino hacia el desahogo.
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