EL GOCE: UNA NOCHE CON EL ALMA Y LA PIEL XENEIZES
El desahogo y la adrenalina tuvieron su tiempo entre la noche del miércoles y la madrugada del jueves. Desde entonces, la felicidad de Boca reposó en un disfrute sereno al que, igualmente, le faltaba algo: el contacto emocionado entre el pueblo y sus héroes, el goce distendido en casa. El momento para entregarse a ese festejo fue una apacible noche de domingo; el lugar, la Bombonera colmada de gente y fervor en miles de caras que agasajaban y se agasajaban. Y en multitudes de manos que bajaron para acariciar imaginariamente esa Copa Libertadores que se atesoró por quinta vez.
La fiesta tuvo un programa que cobró calor cuando el protagonismo lo tuvieron el fútbol y Boca. Hubo música, show, color, luz y mucha emoción. Hubo -cómo no- un depositario externo de toda la sorna: River. Porque, se sabe, en el entrevero de antinomias no alcanza con la dicha propia: también hace falta el pesar del enemigo. Por eso, la mitad de los cantos que vociferaban las 50.000 gargantas tenía el leitmotiv de la mofa hacia el rival de siempre; por eso, la profusión de la remera que los jugadores patentaron en la noche del Morumbí, con la leyenda “Sigan participando”.
“El que no salta no va a Japón”, decía un estribillo, el que más se disfrutó porque junto con la burla incluía los sueños por lo que vendrá.
El plantel campeón, con cuerpo técnico incluido, dio la sorpresa cuando apareció en el palco de prensa para seguir desde allí parte del show. En unos segundos, el lugar se transformó en un pandemonium: notas, abrazos, pedidos de autógrafos, fotos… Formalmente, la fiesta comenzó con la aparición de Soledad -terminó enfundada en la camiseta xeneize, al igual que su hermana- y un mini recital que se siguió con respeto, pero con ganas de de recibir pronto lo que más se ansiaba.
Llegó el tiempo del fútbol y entonces sí, las emociones se desbordaron. Ari Paluch, un presentador de pura cepa xeneize, dio paso a “la película del pentacampeón”, que se proyectó en tres gigantescas pantallas: goles, recuerdos y festejos de 1977, 1978, 2000, 2001 y los aún frescos ante Santos.
Imágenes y palabras de los protagonistas, inauguradas con las del Toti Veglio -autor del gol en la primera final del 77 ante Cruzeiro-, seguidas por otros campeones y recibidas con alaridos y palmas conmovidas. Miles de encendedores se encargaron de asociar a las tribunas con el mensaje emotivo que partía desde el césped. Cuando la figura de Carlos Bianchi se recortó en la tela blanca, la Bombonera tronó. Entre los muchos y repetidos destinatarios de la idolatría masiva, el Virrey fue el hombre de la noche.
La Mosca, Los Auténticos Decadentes, Los Fabulosos Cadillac y Los Pibes Chorros les ponían su música a los cantos tribuneros. “Aunque no salga campeón, el sentimiento no se termina”, se oía una y otra vez, pero Boca sí salió campeón y ese sentimiento afloró como nunca cuando aparecieron, finalmente, los que engendraron la fiesta.
Uno por uno, los jugadores se hicieron ver desde el túnel y desandaron un camino sembrado de aplausos, acompañados por acordes triunfales. Algunos -Carlos Tevez y el Mellizo Guillermo, entre otros-, también, por ovaciones estruendosas. La Copa llegó en las manos del capitán, Diego Cagna. Y el desfile lo cerró un Bianchi emocionado y feliz. En el escenario, montado sobre los palcos preferenciales y presidido por un gran escudo de Boca sobre un círculo blanco, los esperaban las medallas y los abrazos del presidente Mauricio Macri y de la dirigencia en pleno.
La vuelta olímpica fue el otro momento de disfrute compartido. Los jugadores la dieron caminando, sin apuro, deteniéndose para compartir el momento con la gente. Bianchi la recorrió con su hija Brenda y, en parte, con su nieto Charles en brazos. Los fuegos artificiales hicieron el resto para completar el impacto en los corazones de la multitud.
Boca puso su piel y su alma en el día que tomó como propio para expandir su alegría. Fue su hora para el regocijo en familia, para que el orgullo se derramara hacia adentro y hacia afuera. Ya es otro domingo que no olvidará.
Por Andrés Prestileo
De la Redacción de LA NACION
Banderas
En un momento de la fiesta, en la popular que siempre ocupa el grueso de la hinchada de Boca irrumpieron banderas ajenas. Primero, de Santos, trofeos de guerra seguramente capturados en la visita a San Pablo. Después, varias de River (¿cómo llegaron hasta allí?), que se exhibieron casi hasta el final, en una suerte de abierto desafío de La 12.
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