El gringo y la señora
Hace frío en el Valle de Uco, cerca de Tupungato, donde uno de los volcanes más altos de América le da fama a un vergel de almendros, nogales, vides y manzanos. Hace mucho frío. Y más aún en medio de la ruta. La sensación térmica ha de indicar varios grados bajo cero, porque encima está nublado. Además, la nieve que cae de los cerros provoca una sensación óptica de un frío mayor.
Ahí, justo ahí, por la banquina, un hombrote de espaldas anchas y pelo rubio cortado al ras camina denotando cierta fatiga. Lleva un bidón de 5 litros y una bronca inconmensurable. Por fortuna para él, se acerca una desvencijada Ford F-100. Por fortuna mayor, una señora entrada en años pero con energía juvenil se detiene para asistir al forastero. Y ahí nomás el pobre gringo comienza a quejarse de una estafa. Una estafa “a la argentina”.
La señora le hace lugar en la F-100 que no tiene calefacción pero es más abrigada que la ruta. El gringo tirita y cuenta. Dice que alquiló un auto. Que le dijeron que tenía nafta suficiente para llegar hasta Tupungato. Pero que en la mitad de camino el vehículo se quedó sin combustible. La señora se solidariza y le ofrece llevarlo hasta una estación de servicio. Ella dice que no es posible que se trate así a los turistas.
Afuera, en la montaña, hay viento. Adentro, en la cabina de la camioneta, está por haber. Él gringo dice que no es turista, sino que viene a visitar sus propios pozos petroleros en Tupuntago. La señora dice que los pozos, por estar justamente en Tupungato, son de los tupungatinos. El gringo dice que no, que los pozos son de él porque los ha comprado. La señora dice que los pozos están causando estragos en las vides y que las pequeñas, como las que tiene ella, pronto serán tierra arrasada.
El gringo dice que a él no le importa porque él vive en Canadá. Corona su comentario con una carcajada estruendosa. La señora detiene la camioneta en la curva más fría del Valle de Uco. El gringo vira su sonrisa cínica por una mueca de asombro. La señora lo baja en la mitad del camino, bastante más lejos de la estación de servicio que lo que el cuerpo de un forastero puede aguantar con tan bajas temperaturas.
La señora sigue manejando su F-100. Le cuenta su bronca a un cronista de las rutas que ahora va sentado en el mismo lugar en el que el Gringo reía en la cara de los pequeños productores sus pozos petroleros contaminantes. La señora dice que la naturaleza es sabia y que más temprano que tarde se va a tomar desquite de esta gente. O aquella otra que se ha quedado con los mejores viñedos y los maneja con robots.
La señora está segura que las parras manejadas por computadora se enojarán un día porque, como a toda planta, les andan faltando caricias. Quizás mañana salga en los diarios que un gringo se extravió en la cordillera con un bidón dejando abandonado un auto sin nafta. Quizás un día las viñas y los pozos vuelvan a ser nuestros sin esperar que sea la naturaleza la que eche a la gringada saqueadora.
Cae la tarde y ha refrescado aún más en el Valle de Uco.
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