El guaraní y el fútbol
Un guaraní que vive en el Paraguay o el Brasil es igual a uno que vive en Misiones. O casi igual. O sea, se le parece en lo físico, en las costumbres, en la condena a la pobreza o en la puja por la subsistencia. Pero ningún guaraní de Brasil es hincha de Boca o River, como ningún guaraní de Paraguay es de Gremio o San Pablo y ningún guaraní de Iguazú es de Olimpia o Cerro Porteño.
A las comunidades guaraníes se les llama “reservas” aquí. Como si se tratara de especies de árboles en extinción o monos carayás. “Reservas” les dicen los que los quieren mantener; de modo que uno ni quiere imaginarse cómo los llamarán los que los combaten.
Y hay una ‘reserva’, una comunidad en Iguazú, que tiene una particularidad: lo primero que se ve al ingresar es una cancha de fútbol. Recién en segundo plano domina la escuela bilingüe donde tanto se aprende el castellano como el guaraní y, más atrás, asoman unas pocas precarias casas.
Un partido de fútbol se hace eterno pese a que el atardecer pide que los jugadores se retiren. Los guaraníes de esta comunidad viven de las artesanías en caña tacuara que se hacen de día pero sueñan por la noche con torcer el destino siendo jugadores de fútbol.
Carlitos, un mocoso descalzo y simpático, mira el partido con ganas de entrometerse pero a su edad parece que no se lo permiten. Y para hablar de fútbol contradice la norma de silencio de sus mayores. Se ríe y cuenta que es hincha de River. Se ríe más y dice que le gustaría ser jugador de fútbol. Presenta a sus hermanos, conversa en guaraní y no deja de espiar de reojo el partido que un día el sí va a poder jugar.
El fútbol, idioma universal, le suelta la labia y los sueños a Carlitos. Además, como tantas otras veces, iguala. Se va el cronista. Llega la noche. Sigue el picado.
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