El hallazgo de la Swift
El hombre que está sentado frente a un escritorio abarrotado de escrituras y otros papeles, no se parece mucho a aquel adolescente que en 1982 encontró en la Ría Deseado la corbeta Swift, de la poderosa armada británica, hundida desde 1770 a unos metros de lo que hoy es el puerto de la localidad. Sin embargo, aquel joven Marcelo Rosas y este escribano Marcelo Rosas, con más años, más kilos y la misma pasión, son la misma persona.
Todo empezó en una clase de matemáticas. Los pibes sabían que el profe era un fanático de las leyendas de barcos hundidos. Y que si alguna, con astucia, le hacía morder el polvo de contar sobre piratas y naves, el buen hombre se olvidaba de la trigonometría u otras yerbas y no daba su cátedra. O sí, según cómo se mire, o cómo se oiga; porque a Marcelo Rosas le parecían relatos magistrales.
Tanto que no bien terminó la escuela, empezó a recoger datos sobre una corbeta que el profesor había dicho que había encallado en la Ría Deseado, que iba a Malvinas, que tuvo tres muertos en el accidente, que chocó con una piedra plana, que algunos de sus tripulantes llegaron remando a llevar la noticia a las Islas del sur y, lo más importante, que debía estar allí, más de 200 años después.
Unos años antes había estado en Deseado un señor de apellido Gower que “había venido a ver el lugar donde un antepasado suyo había naufragado”. Erasmus Gower, en efecto, había estado en la “Swift” y había vivido para contarlo. Hace unos días, la Swift volvió a ser noticia porque paleontólogos argentinos hallaron restos óseos de uno de los hombres que perdieron la vida en la corbeta.
Pero para que esto sucediera, antes tuvo que estar Marcelo Rosas. Con un grupo de hombres del pueblo que creyeron en la perspicacia y la obstinación del joven, buscaron mapas, grabaciones, notas viejas y empezaron a bucear. Una vez, otra, y nada. Hasta que llegó un 4 de febrero de 1982, cuando Rosas, junto a Guillén, un porteño que había llegado al lugar, como tantos otros, traído por el amor, dieron de narices con unas maderas viejas.
Rosas se emociona ahora. Cuenta lo que ya ha contado tantas veces 23 años pero vuelve a sentirlo como la primera vez. “Íbamos tomados de la mano, porque las aguas son muy turbias y yo no tenía tanta experiencia como buzo. De pronto, Guillén me señala con el dedo la madera. Yo pensé que podía ser cualquier cosa, pero dimos la vuelta y estaba ahí. Era claramente la “cáscara” de un barco. Era la “Swift”.
El hallazgo de un adolescente tozudo y visionario no pasó desapercibido. Sólo en Australia se había dado con una corbeta de estas características, también hundida, pero la condición de las aguas de nuestro sur, más frías, hizo que el valor se realzara porque lo que había en la Swift estaba en mejor estado de conservación, como es vino blanco añejado 212 años que los muchachos rescataron para el museo.
Hoy, cuando la Swift vuelve a estar en boca de todos, vale rescatar el logro de Marcelo Rosas, aquel pibe que luego se graduó como abogado en Santa Fe, porque sus padres son de nuestra tierra, que más tarde volvió a su Deseado, que nunca más volvió a bucear ni a bajar hacia la corbeta después del hallazgo pero que se convirtió en historia viva, aunque no lo parezca, sentado allí en ese escritorio abarrotado, preguntando si en Santa Fe la cerveza sigue siendo la más rica del país.
Este contenido no está abierto a comentarios

