EL HOMBRE PARA MORIR TIENE QUE VIVIR MUCHO
“El hombre para morir debe dejar su mañana alto que tanto le seduce, alguna bufanda que le acompañó toda su vida, algunas picardías que le bailaron en los ojos / El hombre para morir debe abandonar -con tristeza, sí- los temblores y los sufrimientos de su carne, debe olvidar su caricia, su supuesto abandono / El hombre para morir debe dejar sus papeles en orden y algún dolor, el aire y los abismos de su vida / El hombre para morir tiene que entrar en la humildad: tiene que vivir mucho”.
Paco Urondo
SANTA FE, LA UNIVERSIDAD Y LA FAMILIA URONDO
Corría el año 1924 y la naciente Facultad de Ingeniería Química de la UNL requería de los conocimientos del ingeniero Francisco Urondo, para cristalizar los ideales reformistas de sus fundadores. Esta propuesta de trabajo llevó a que el ingeniero Urondo y su mujer Gloria Ivernizzi se radiquen en nuestra ciudad. Seis años después, en una jornada agobiante, un 10 de enero santafesino, la familia Urondo traía al mundo a un niño al que siguiendo la tradición familiar llamaron Francisco.
El santafesino Chiry Rodríguez, uno de los amigos de la infancia de Paco Urondo, rememora el nacimiento de la pasión por los libros del poeta: “Su fascinación por la lectura nació con los libros del padre, su papá tenía una biblioteca formidable, yo lo sé porque” la mudamos a hombro a una casa de alto, y hubo que hacer un trabajo de días. Esa biblioteca tenía una novela que fue característica y rectora que él amó muchísimo, que era “Los tres mosqueteros”, tanto quería Paco esta pieza literaria que luego hizo una adaptación para la televisión y el teatro. Pero hay un dato curioso relacionado con esta novela, porque él tenía tres amigos entrañables eran un poco los tres mosqueteros y D’artagnan: Rully Giménez, Raco Echarrem y Carlitos Ragone”.
Paco Urondo vivió en nuestra ciudad junto con su familia hasta el año 1947, cuando una desafortunada medida del gobierno de Juan Domingo Perón decretó el final de la autonomía universitaria. El ingeniero Urondo, como tantos otros docentes, fue expulsado de la casa de altos estudios por no comulgar con el peronismo. Esto llevó a la familia Urondo a trasladarse a Buenos Aires.
EL POETA
Un tiempo después Paco Urondo regresó a nuestra ciudad para estudiar Ingeniería Química. En aquel momento el destino lo volvió a juntar con su amigo Chiry Rodríguez. “Comenzamos juntos a estudiar Ingeniería Química, lo que era un disparate absoluto. Imaginate que por aquel año aparecía Residencia en la tierra de Pablo Neruda y nosotros teníamos que estar seis horas revolviendo agua en un tarrito. Por supuesto que nos interesaba más la poesía de Neruda que la química, de más está decir que ni siquiera terminamos el primer año”.
El futuro poeta tuvo la suerte de crecer en aquella Santa Fe intensa en la cual hombres como Juan L Ortiz, Cesar López Claro o Fernando Birri estimulaban a los jóvenes con sus producciones culturales. También, fue partícipe en la Buenos Aires de mediados de los años 50’ del mítico grupo “Poesía Buenos Aires”, sociedad de poetas que renovó la poesía argentina. En el sello editorial que gestionaba este grupo de escritores, Paco Urondo publicó su primer poemario titulado “Memoria antigua”.
EL FUNCIONARIO
El currículum de Paco Urondo cuenta que no sólo fue un fino poeta y un militante destacado, sino que también fue un inteligente funcionario de la gestión cultural en Santa Fe. Durante los últimos años de la década del 50’ fue Secretario de Cultura de UNL, donde su figura se engrandeció en la organización del primer encuentro de arte contemporáneo de nuestra ciudad. Gracias a sus méritos aquel joven veinteañero fue convocado por el gobernador de la provincia de Santa Fe, Silvestre Begnis, para convertirse en un prometedor Secretario de Cultura de nuestra Provincia. Su gestión lo recuerda como uno de los hombres que luchó por la creación de la escuela provincial de teatro.
EL MILITANTE
A finales de la década del 60’, viajó a las tierras de la Revolución Cubana y la mística de la isla lo comprometió para siempre con la idea de la revolución. De regreso a la Argentina comenzó a militar en las Fuerzas Armadas Revolucionarias. A principios de 1973, Paco Urondo trabajaba como redactor en el prestigioso periódico “La Opinión”. En la madrugada del 14 de febrero, seis automóviles de la policía rodearon la quinta donde vivía el poeta junto con un grupo de amigos y todos fueron detenidos. Se los acusó falsamente de haber asesinado a dos militares. Por estos acontecimientos el poeta estuvo tres meses como preso político en la cárcel de Devoto durante la dictadura del general Alejandro Lanusse. Si bien estuvo recluido en prisión, no perdió su pasión por el periodismo.
Durante aquellos días compartió la cárcel con los tres sobrevivientes de la masacre de Trelew, él los entrevistó y a partir de aquellos testimonios se pudo reconstruir la historia de la barbarie ocurrida en el sur del país. Aquella pieza fundamental de la historia argentina se tituló “La patria fusilada”.
El poeta recuperó la libertad junto a 370 presos políticos gracias a la amnistía firmada el 26 de mayo de 1973 por el efímero gobierno de Héctor Cámpora.
UNA MUERTE CARGADA DE POESÍA
La muerte de Paco Urondo es uno de los capítulos más dolorosos de esta historia. Para mediados de los años 70’ el poeta era un militante de la agrupación Montoneros y trabajaba en el diario Noticias, periódico que respondía a la organización. Según contó Horacio Verbitsky el lunes pasado, Paco era un intelectual crítico en la organización a la manera de Rodolfo Walsh, que no bajaba la línea de la conducción en Noticias a la manera de un obsecuente. Pero un hecho de la vida personal le permitió a la conducción de Montoneros desjerarquizar al poeta y librarse de su espíritu crítico. Su compañera de vida de aquel entonces Lili Mazzaferro lo denunció a la organización por infidelidad. Este acontecimiento le permitió a los sectores más conservadores y retrógrados de Montoneros bajar de grado al poeta.
Un tiempo después, ya en plena dictadura, la conducción decidió trasladar a Paco Urondo a Mendoza para reorganizar una diezmada militancia. El poeta sabía que lo mandaban a un destino en el que estaría más vulnerable y expuesto que nunca y, sin embargo, luego de poner algunas objeciones acató la orden. Su amigo Rodolfo Walsh, enterado de esta situación, presintió que la organización cometía un grave error. El 17 de junio de 1976, Paco Urondo, su mujer Alicia Rabo y una compañera, se dirigían a una reunión. La policía de Mendoza conocía los planes de antemano y preparó una emboscada.
Cuando el poeta se sintió acorralado, puso fin a su vida ingiriendo la pastilla de cianuro que le permitió morir sin delatar a ninguno de sus compañeros.
El cineasta y poeta Fernando Birri expresó alguna vez sobre el final de Paco: “Lo de la pastilla de cianuro es el último gesto de rebelión frente al destino”.
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