El hombre que detuvo el tiempo
La segunda estación del cable carril en desuso que llevaba oro desde la Mina La Mexicana hasta la estación de Chilecito, además de ser una mezcla museo ferroviario suspendido en el aire con la historia de los que la forjaron, es también la casa de Absalón Aballay.
Pocas veces se puede adivinar la edad de un minero, pero don Absalón tiene dos particularidades impropias de su oficio: ha vivido muchos años y no los aparenta. Antes buscó minerales en su provincia y en otros vecinas –como lo hicieron su padre y su abuelo- y ahora eligió vivir para siempre cerca de lo que fue La Mexicana.
Para eso se conchabó como municipal y consiguió, tras un trámite más sencillo que extraer minerales, que lo nombraran cuidador de la segunda estación de cable carril. ¿Quién querría ir a vivir allí, al medio de la nada, en un rancho con una pantalla de energía solar, entre cardones y piedras? Al menos, la mujer de Absalón no. Le dio a elegir entre la mina y ella. Y él eligió.
“Este cielo aquí, a la noche, iluminado, estos cactus, este lugar donde trabajó mi abuelo, no tiene precio”, dice. Y pone tanto énfasis y hace revolear tanto sus ojos marrones y vivos, que no necesita tanto para que uno le crea. Mientras, no se queda quieto. Enseña la mina, muestra el cable carril, hace firmar un libro a los visitantes que, casi siempre, le dejan una consigna alusiva a los buenos tratos que él les prodigó.
Absalón dice que desde que la mina fue mina la explotaron muchos gobiernos, pero que ninguno cambió la suerte de los mineros. Camina hacia el motor a leña del cable carril. Abre la caldera que todavía esconde cenizas de principios del siglo pasado. La hace funcionar para nosotros, pero se nota que también para él, porque quiere vivir abrazado a ese tiempo.
Después “reconstruye” el accidente de los hermanos Luna, dos chiquitos que en viaje turístico perdieron la vida allí. “Lamentablemente, después de eso (una vagoneta se dio vuelta y ellos cayeron al vacío setenta metros) ya no pudimos hacerlo funcionar más”.
En tanto, la vista se le pierde en la perfecta línea recta que baja hacia Chilecito toda de hierro. “Por ahí bajaban el oro”, rememora. Pero no tiene una mirada nostálgica por el contenido sino por el viaje, ese que ya no es más, aunque él lo reinvente todos los días.
Para los catálogos municipales, Absalón Aballay es un empleado más que cobra 250 pesos por mes para cuidar los vestigios del cable carril, los retazos de la mina, un sitio que aún no fue remodelado por el modernismo. Para los que lo visitan, lo conversan, lo recorren en su pensamiento, es un hombre testigo de un tiempo que tiene el coraje para detenerlo y quedarse a vivir en el día del calendario que más feliz lo tuvo.
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