EL HOMBRE QUE HACÍA LADRAR A LOS FANTASMAS DE LA CANCIÓN
La historia del tango cuenta que fue el renovador de la poesía del arrabal, el primero en aportar metáforas de linaje literario a la música popular. Sus letras, rescataron desde la elegía a las cosas pérdidas, hasta los puntos neurálgicos del repertorio de la canción porteña: el barrio de la infancia, los guapos, el malevaje, las novias de antaño y el Buenos Aires de los criollos y los mulatos.
La música popular Argentina lo vio crear una nueva milonga suburbana, diferente de la milonga folklórica. Pero su espíritu inquieto fue más allá de las canciones y también fue periodista, político, guionista de cine, sindicalista, y nochero sanguíneo y suburbial.
Evocar las letras de su nombre es hurgar en las sales amargas de la nostalgia de un país que ya no existe: Homero Manzi.
En un pequeño pueblo de la argentina profunda, llamado Añatuya, un empalme ferroviario dentro de la provincia de Santiago del Estero, nació el 1 de noviembre de 1907, Homero Nicolás Manzione. Su familia vivía de la cosecha del algodón y del maíz. Pero cuando el pequeño Homero cumplió siete años, su madre decidió marcharse a Buenos Aires con sus hijos, para que estos puedan estudiar. Se asentaron en el barrio de Boedo. En aquellos años, Boedo era todavía un arrabal de Buenos Aires, donde no faltaban los tambos, los baldíos, donde señoreaba algún ombú, y se escuchaban los martillazos de las mitológicas herrerías.
Para el año 1914, Homero Manzione ya estaba radicado en Buenos Aires y listo para comenzar su educación en el colegio Luppi, del humilde y alejado barrio de Pompeya, y para renacer en los barrios porteños como Homero Manzi. Cada elemento de aquel paisaje, desde el largo paredón que Homero recorría camino a la escuela hasta el terraplén del ferrocarril quedarán capturados en algunas de sus mejores letras, como la de “Barrio de tango”.
Homero Manzi escribió su primer tango a los dieciséis años. Esta letra fue escrita para participar de un concurso que tenía como slogan: “Buscamos al poeta del tango”. Homero Manzi, todavía usaba pantalones cortos cuando se animo a encarar a un vecino, un año mayor que él, un tal Cátulo Castillo, a quien le dijo: “mira, tengo una letrita, no te gustaría ponerle música”. Cátulo, se entusiasmó con la idea y le propuso sumar a un joven compositor, para que este tango sea definitivamente antológico. Y así se conocieron Sebastián Piana y Homero Manzi. Y los tres, entraron por la puerta grande de la melodía del arrabal cuando crearon “Viejo ciego”.
Muchos cambios políticos se habían producido en la Argentina durante los años en que Homero Manzi dejaba de ser un niño. El pueblo había elegido por primera vez a un presidente gambeteando al fraude y las universidades Argentinas habían realizado una reforma, que fue un modelo para toda Latinoamérica. En este contexto, Homero Manzi, entró en 1926 a la Facultad de Derecho. Allí militó en partidos universitarios de centro izquierda, que defendían las conquistas de la reforma y conoció a un hombre que será por muchos años, su compañero de ruta: Arturo Jauretche.
El golpe militar del 6 de septiembre de 1930 que derrocó al presidente constitucional Hipólito Irigoyen, lo encontró a Homero Manzi como a muchos jóvenes, rezongando ante la infamia de aquellos acontecimientos. Por esta actitud, lo expulsaron de la Facultad de Derecho y lo exoneraron como profesor de literatura en los colegios Sarmiento y Moreno. Y hasta conoció las cárceles de la dictadura, por su militancia incondicional a Don Hipólito Irigoyen. Entonces, decidió que si por sus ideas le cerraban el camino a ser hombre de letras, él se dedicaría a hacer letras para los hombres, o sea, Tangos.
Luego de la muerte de Hipólito Yrigoyen, la Unión Cívica Radical naufragó en la intrascendencia, y su contenido popular se diluyó en el Alvearismo. Asqueado por el abandono de las viejas banderas, a fines de junio de 1935 —en un sótano de la calle Lavalle—, Homero Manzi, Arturo Jauretche y otros jóvenes fundaron la mítica “Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina” (FORJA), organización que diez años después se disolvió para apoyar al peronismo. Si bien Homero Manzi como Enrique Santos Discépolo alentaron fervientemente al gobierno de Juan Domingo Perón nunca se afiliaron al partido del general.
Las biografías de Homero Manzi cuentan que la época más fértil de la pluma del poeta, puesta al servicio del tango fue el sexenio que abarcó desde el años 1941 hasta 1946. En aquellas épocas creó tangos inolvidables como: “Mano Blanca”, la desgarradora “Fuimos”, la enigmática “Malena” y una canción que parecía dedicada a su gran amigo Anibal Troilo: titulada “Fueye”.
A Homero Manzi le gustaba decir que la vida es un mazo marcado y que a la baraja la manejaba Dios. Y como intuía que su juego de cartas iba a durar poco, decidió apostarlo todo. Entonces, a su intensa militancia política y a su pasión de poeta del tango, le agregó la creación de guiones cinematográficos. Junto a Ulyses Petit de Murat participó con su pluma de “La guerra gaucha”, uno de los mejores guiones del cine argentino, y contribuyó a hermanar al séptimo arte de estas pampas con el pueblo.
El año 1951 debe ser la fecha más triste y amarga que el calendario de los amantes del Tango recuerde. Ni bien comenzaba, el 3 de mayo, el cáncer, que hacia rato lo tenía a maltraer a Homero Manzi, se lo llevó para siempre. Y dejo huérfana a Buenos Aires de uno de los poetas más sublimes de la música ciudadana. Y como si esto fuera poco, el 23 de diciembre, también se no iba Enrique Santos Discépolo.
Su gran amigo Anibal “Pichuco” Troilo, alguna vez lo describió con estas palabras: “Parejo con el poeta que vagaba por las regiones de las nubes, estaba el hombre que conversaba de la vida…Homero estaba en el misterio… Pocas veces transitó Pompeya, pero cuando esa lonja de avenida desemboca sobre las barreras del tren, ese farol me balancea el corazón, entonces mi ojos se evaden en la búsqueda de la vecina que sale a ver el tren con el misterio del adiós, que yo comprendo y ella penó alguna vez”.
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