El humor y la lucidez del joven José Saramago
Saramago terminó "Claraboya" en 1953 todavía veinteañero, la envió a una editorial lusa y no obtuvo respuesta hasta una mañana de 1989. Se estaba afeitando y recibió un llamado; era un editor del mismo sello del periódico que había dirigido en los 70 (Diario de Noticias), contándole que en una mudanza habían encontrado el original mecanografiado. Era el único que existía.
Se trata de una novela que "queremos llegue a todas las casas porque es un antídoto para esta época tenebrosa y difícil que estamos atravesando, por culpa, dicen unos, de la crisis, yo digo de la mala voluntad de los poderes económicos", dijo Del Río en videoconferencia desde España, al lanzar la traducción que realizó para el sello Alfaguara en Latinoamérica.
Como su nombre lo indica "`Claraboya` es la mirada desde un techo de cristal a un edificio donde conviven seis familias (en la crítica Lisboa de la dictadura salazarista) -repasó-, una novela fácil de leer pero compleja porque cada piso de esa casa y cada familia es un universo con personajes que se cruzan pero no se confunden, que tienen su propia idiosincrasia y personalidad".
El libro se publica a la muerte de Saramago porque así lo decidió su autor: "Se sintió muy humillado, había puesto mucha carne en el asador y no tuvo respuesta en 36 años", explicó Del Río.
Este Saramago joven, hijo de analfabetos y oficinista retraído, que a veces tartamudeaba y no tenía estudios universitarios, recién publicó lo siguiente en 1966, "Los poemas posibles".
"El dijo, `si lo que tengo que decir no interesa a nadie me callo", y estuvo callado durante muchísimos años, luego maduró dijo `quien ha estado en silencio tanto tiempo no se puede morir sin decir todo" y ahí se puso a escribir como un condenado y lo hizo hasta poco tiempo antes de morir", rememoró Del Río.
"No quería confrontarse al hecho de ver publicada una novela que le recordaba ese silencio cruel que cercenó todo sus sueños(…), pero sin embargo la dejó aquí y estoy convencida que no es una interpretación tonta, sino que tiene que ver mucho con su forma de estar en la vida, con una forma de continuar y continuarse ahora que está muerto", añadió.
En esta obra "está el José Saramago literario pero también su forma de mirar el mundo, la preocupación ética, la estética, sus discursos y devociones ya están ahí; hay un Saramago total en este libro, imprescindible para aquellos que quieren leer y conocer al autor cuando joven, que es el mismo que escribió Caín, su última novela", sintetizó Del Río.
Saramago sólo escribía sobre personas que conocía y aunque su mundo, el de la extrema pobreza, poco a poco resultó más favorable su gente siguió siendo la de mucho sentir y poco tener", cómo él la definía, y es la que puebla estas páginas.
"Esa gente claro que cambió, ya no se reúne a oír en la radio un concierto de Beethoven, pero sigue existiendo en todas las Lisboas del mundo -dijo Del Río-; son los que cuentan todos los días los céntimos para vivir y son el 99 por ciento de la población, no lo olvidemos, las circunstancias son distintas, no están en medio de una dictadura política como en `Claraboya`, pero muchas veces es la dictadura del dinero".
Del Río remarcó la "mirada lúcida, compasiva y no exenta de humor a la manera de nuestra mejor tradición literaria pero también con una modernidad extraordinaria que le permitió intertextualidad", con diálogos con Pessoa, Shakespeare o Diderot, de hecho hay una extensa cita, de 10 páginas, del texto "La religiosa", de Denis Diderot.
La novela tiene en la música un elemento fundamental y Beethoven atraviesa todas las páginas, de hecho hace referencia a una máscara del músico que el escritor no puedo comprar de joven, poniendo la anécdota en boca de Adriana, uno de los personajes.
A los 70 años Saramago finalmente compró la máscara: "Cuando volvió a aparecer en el texto tuve que bajar a buscarla y acabé la traducción abrazada a la máscara de Beethoven. Ustedes van a saber por qué cuando lean el libro, José decía que en ella se veía la sensibilidad y el genio del maestro", rememoró su viuda.
Para el final, Del Río despejó dudas: "No hay un baúl de papeles de José Saramago, no vamos a tener un libro nuevo cada año, eso no existe, `Claraboya`, de alguna manera, es el último libro de José Saramago, sólo quedan papeles sueltos y su novela inconclusa que le debemos a los lectores".
"De este libro sacamos que frente a todas las dificultades y estrecheces podemos de algunas manera obtener felicidad, de los pequeños momentos y los pequeños placeres, podemos ser felices escuchando un concierto por TV, teniendo una conversación, no necesitamos un yate para encontrar la satisfacción personal", concluyó.
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