EL IBARRISMO EMPEZÓ A BUSCAR CULPABLES
La diputada ibarrista Silvana Giudici, tres funcionarios de la ciudad y una legisladora local acusaron anteayer al kirchnerismo de haberle “soltado la mano a Ibarra”. Así, indirectamente responsabilizaron al jefe de gabinete de la Casa Rosada, Alberto Fernández, y a la senadora Vilma Ibarra por la suspensión del jefe de gobierno de la Capital.
La historia se potenció ayer; primero, Aníbal Ibarra se molestó con sus ministros al ver la tapa de LA NACION, que daba cuenta de que el oficialismo le había retirado su apoyo. Después, tres dirigentes de la primera línea de la ciudad desautorizaron al primer grupo y negaron esa actitud del kirchnerismo. Mientras el jefe de gobierno se abocaba a preparar su defensa y el vicejefe, Jorge Telerman, lideraba su primera reunión de gabinete, en la ciudad empezaban a buscar responsables de la suspensión de Ibarra.
“Es una barbaridad decir que el kirchnerismo jugó en contra de Ibarra. Giudici habló a título personal y no representa el pensamiento del ibarrismo. Es una dirigente radical aliada del gobierno porteño”, criticó el secretario de Producción, Turismo y Desarrollo Sustentable, Eduardo Epszteyn.
Ante la crisis que sus dichos generaron en el gobierno porteño, y consultada ayer por LA NACION, Giudici reiteró que “el kirchnerismo porteño le quitó el apoyo a Ibarra”.
La diputada había coincidido con otros tres funcionarios y una legisladora ibarristas, que pidieron no ser mencionados con nombre y apellido. La cuestión es que, detrás de ese grupo, el kirchnerismo porteño ve la figura del jefe de gabinete local, Raúl Fernández, uno de los hombres de más confianza de Ibarra. LA NACION intentó comunicarse anoche con Fernández, pero resultó imposible.
En ese contexto, quien tomó la palabra por los kirchneristas fue Roberto Feletti, integrante del Partido de la Ciudad al igual que Vilma Ibarra. El “líder espiritual” de ese partido es Alberto Fernández. “Es un disparate lo que dijo Giudici. La acción obstruccionista y antidemocrática surge de la oposición salvaje que desarrolló el macrismo, que quiere quedarse con el poder de la ciudad”, respondió el secretario de Infraestructura.
Macri, casualmente, ayer volvió a discutir con Ibarra. “Al empresario no le creo ni media palabra. Hizo política con Cromagnon”, acusó Ibarra. “Se hace política para buscar votos, y yo no hablé de Cromagnon en toda la campaña”, respondió Macri.
Ibarra buscó recrear el conflicto con Macri, pero no pudo quitar el foco de la controversia generada en su dirigencia. De hecho, así como lo hicieron Epszteyn y Feletti, un tercer ministro, Diego Gorgal -cuyo jefe político directo es el bonaerense Juan José Alvarez-, también se opuso públicamente a la idea de Giudici y otros cuatro ibarristas: “Yo no creo que el kirchnerismo le haya soltado la mano a Ibarra”.
En verdad, detrás de este conflicto se oculta la búsqueda de los responsables por no haber podido defender correctamente al jefe de gobierno.
Algunos entienden que falló el acuerdo con el kirchnerismo, debido a que el voto 30, ese que se necesitaba para suspender a Ibarra, surgió del Frente para la Victoria (Chango Farías Gómez). En ese caso, la representante tácita de la relación entre el ibarrismo y el kirchnerismo es Vilma Ibarra, una de las líderes históricas del espacio que lidera su hermano Aníbal Ibarra.
Otro grupo, en cambio, sostiene que el error nació en los acuerdos con fuerzas locales o diputados sueltos que, en el momento de defender a Ibarra se alinearon detrás de figuras nacionales. Quien conduce en la ciudad la gestión política es Raúl Fernández, el otro referente del ibarrismo.
Definir quién se equivocó podría conducir a una nueva relación de fuerzas dentro del progresismo que gobierna la ciudad. Y por eso ayer se potenció la pelea interna.
Curiosamente, el que no aceptó responder por la crisis en la ciudad y por las acusaciones de un sector del ibarrismo fue el gobierno nacional. El presidente Kirchner dio una conferencia en la que habló de la Iglesia y de Borocotó, pero no dijo una palabra de Ibarra. Alberto Fernández apagó el celular. Y el resto no opinó.
Pero ésa es otra historia. En medio de la peor crisis política que haya conocido la ciudad, otra batalla amenaza con complicarle la vida a Ibarra.
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