EL INGRESO PROMEDIO ESTÁ POR DEBAJO DE LA LÍNEA DE POBREZA: 674 PESOS
Una lamparita de bajo consumo cuelga del techo de la cocina de Susana Rodríguez. Y cuando cae la noche en el barrio Malvinas Argentinas, en Monte Grande, es lo único que brilla en esta casa de techos bajos y paredes vacías. “Soy muy tacaña”, se excusa esta mujer delgada, y optimista de corazón. Pero, en realidad, su familia no tiene otra que cuidar hasta la obsesión militante los gastos: desde el tamaño de la llama que calienta la pava para el mate, hasta los huevos. Su marido, un acomodador de un cine del conurbano, trae al hogar unos 700 pesos por mes, entre el sueldo básico, los años de antigüedad, y las propinas. Lo que entra en lo de los Rodríguez, es muy similar al promedio de ingreso de la última estadística del INDEC: 674 pesos.
Los datos del INDEC, que fueron procesados por la consultora Equis, son a diciembre del 2003. En total, hay 12 millones de personas que ganan esto trabajando en relación de dependencia (en blanco o en negro) o por su cuenta. Los otros siete millones que logran reunir esta cifra son jubilados o rentistas.
Según el sociólogo Artemio López, con excepción de los empresarios, los graduados universitarios y los trabajadores en blanco que trabajan jornada completa —más de ocho horas diarias—, “el resto, en promedio, está por debajo de la línea de pobreza para una familia tipo”. El despunte económico registrado después de la crisis, no cambió en lo fundamental la situación de esta gente, a pesar de que hay más empleo. “El perfil distributivo de los 90 no se modificó con el cambio de la política económica después de la convertibilidad”, agregó López.
Según el INDEC, 47,8% de la población vive en hogares pobres. Mucha de esta gente, perteneció históricamente a la clase media, y se arruinó con la convertibilidad. Pero, López aclara que, en realidad, el 55% del país vive constantemente merodeando la línea de pobreza. Algunos ganan un poco más de la canasta básica total (que marca el límite técnico de la pobreza), pero corren el riesgo de caer de condición económica.
Para poder vivir con ese nivel de ingresos, la gente ha tenido que inventar nuevas gimnasias cotidianas. Cuando vino la crisis, Susana Rodríguez sentó a su familia en el living, y les dijo que, a partir de entonces, si alguien quería ropa nueva, tenía -por ejemplo- que dejar de comer galletitas, manteca y dulce de leche. Un gusto, por el otro. Todo pasó a ser una transacción. Y, así, con disciplina espartana, logró estirar los 700 pesos, para no dejar a nadie afuera: el marido, una hija con un nieto, un hijo de 19 años. En la casa, se almuerza y se cena, pero no se gasta ni un centavo demás en lo que no corresponde. El Dodge de los años 70 que está estacionado en la puerta, cumple hoy más la función de enano de jardín que el de dar movilidad: se usa a veces los domingos, y sólo para ir al cine, o sea, el trabajo.
Susana, como toda ama de casa que deba administrar un ingreso tan ajustado, conoce los precios de memoria. “La tintura para el pelo, me sale 2,50; el desodorante a bolilla también”. Ella no escatima en alimentos de primeras marcas, pero persigue los precios más baratos como un sabueso. Dice no prender la estufa, porque no tiene frío. Sólo la enciende por cortesía, cuando Clarín , llega a la casa. No sale a ningún lado, porque su marido trabaja 7 días por semana. Su único lujo, son los 52,90 pesos para el cable.
En mayo pasado, una familia tipo (una pareja con dos hijos), según el INDEC, necesitó 721,76 pesos para cubrir todas sus necesidades alimentarias, de vestimenta, etc. Por lo tanto, Susana estuvo técnicamente del lado de la pobreza. Y Alejandra Flores, una mujer de ojos bellos, pero tristes, se ubicó en la vereda de la clase media. Su marido, que trabaja de repositor en una cadena de supermercados, gana en bruto 950 pesos -muy cerca del promedio de 992 pesos que hacen los trabajadores en blanco-, y trae al hogar 750 pesos limpios más el equivalente de 50 pesos en vales de comida.
Pero, entre las húmedas paredes de este inquilinato de San Telmo, donde a veces falta el agua, y otras tantas hay que cocinar en una parrilla a carbón porque no hay gas, sólo se puede pensar en una vida de privaciones. “Mi hijo mayor me reprocha porque nunca lo llevé al cine”, cuenta Alejandra. La gran salida de la familia es salir a caminar a la Costanera Sur, cuando la visitan de Jujuy. Los chicos están bien vestidos, y comen yogur de primera marca. El queso, es el más barato. Pero, ella también es un sabueso con los precios: dice que gasta en comida sólo 150 pesos por mes. Tan ajustados están, que el marido no puede darse el lujo de tomar el subte para ir al trabajo, en el barrio de Caballito. Para eso, está la bicicleta: son apenas 45 minutos de ida, y una ora entera de vuelta a la casa.
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