El istmo
Al pueblo que se llama Hipólito Irigoyen pero todos conocen como Lago Posadas recién llegó el teléfono en 1998. Igual, la mayoría de sus escasos 300 pobladores siguen utilizando un semi público ubicado en un “multirubro” para comunicarse con sus familiares lejanos, un poco porque todo aquí es lejano, otro porque casi todos han llegado desde otros sitios para instalarse en este paraje ventoso y de singular belleza.
Tomarle el ritmo al lugar no requiere de mucho tiempo. En el despacho de combustible hay un cartel que dice “Estoy en casa, búsquenme ahí. Rubén”. En la biblioteca popular otro cartel aclara: “Horario de Atención: martes y viernes de 18 a 19.30. O sea, otro pulso, otro tiempo, otro mundo dentro incluso de ese mundo aparte que es la Patagonia, donde las horas se cuentan según lo manden las dificultades del camino y se disfrutan según lo dictaminen las bellezas del paisaje.
Hipólito Irigoyen vive prácticamente del empleo público. El dispensario, la delegación municipal, la escuela, la gendarmería, la comisaría, le dan organización de pueblo. Y a juzgar por su delimitación, marcada claramente por alamedas que rodean sus 15 manzanas, nadie está muy interesado en que la paz sea alterada. Igualmente, es probable que no pase mucho tiempo para que esto suceda.
Y la culpa es del Lago Posadas. Y de su vecino, el Lago Pueyrredón. Es que en la Patagonia cordillerana los lagos suelen constituir la hermosura mayor y, éstos que bañan con olas furiosas por el viento a Hipólito Irigoyen, se llevan el podio. El Lago Posadas y el Lago Pueyrredón están separados por un istmo que se puede recorrer en auto, de unos 40 metros de ancho.
El Posadas es entre verde y turquesa y el Pueyrredón es de un intenso azul marino. El marco de este cuadro de impresionismo es una Cordillera de rocas coloridas que muta sus formas según el sitio donde les llegue la luz solar y el suelo un tesoro de piedras bicolores como si algún artesano exquisito se hubiera encargado de pintarlas al detalle. De no ser que cada tanto las aguas salpican a los transeúntes y están verdaderamente heladas, uno puede creer que alcanzó el paraíso.
Y en busca de ese paraíso es que llegan cientos de turistas extranjeros que se albergan en estancias de la zona, que ya no se contentan con cuidar ovejas sino que dan estadía a los amantes del turismo de aventura y cobran en euros lo suficientes como para seguir invirtiendo y hacer que la zona crezca a un ritmo que hasta no hace tanto tiempo, cuando apenas había una sola casa de hospedaje, era impensado.
A diferencia de lo le sucede a la gente del vecino paraje de Bajo Caracoles, el que ha venido aquí se quiere quedar para siempre. Si fue capaz de soportar el invierno crudo y poco amigable, todo será recompensado: hay trabajo para los que abrazan oficios, hay tranquilidad para los que buscan seguridad y hay porvenir, como si la naturaleza diera una señal a los que se abarrotan en las ciudades de que es preciso fundar lugares para alcanzar lo que ahora se llama calidad de vida.
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