EL JUEGO DEL MILLÓN.
Cada vez le pegan más fuerte, cada día corren más y, para no ser menos, cada año los premios que reciben son tan suculentos, que rozan techos insospechados. La noticia llegó desde Nueva York, vía Internet, con tanta rapidez como asombro: cada uno de los próximos ganadores de las competencias de singles del US Open recibirá una recompensa de 1.000.000 de dólares en premios, récord para un torneo de Grand Slam.
La competencia que se disputará entre el 25 de agosto y el 7 de septiembre próximo en Flushing Meadows, festejará los treinta años de igualdad en distribución de dinero tanto para hombres como para mujeres -es el único de los cuatro grandes que lo hace- con un premio total de 17.074.000 billetes con el rostro de George Washington, otra marca para el tenis profesional.
Hablar de un millón de dólares por ganar siete partidos en dos semanas provoca impacto. El tenis no recibía un golpe tan fuerte desde la disputa de la Copa Grand Slam, certamen que entre 1990 y 1998 se disputó a fines de cada temporada, patrocinado por una empresa de computación y que llegó a otorgar 2.000.000 de dólares al vencedor y un millón al finalista. Participaban los 16 jugadores con mejor desempeño en esa clase de torneos.
Pero bien vale hacer una rápido paso por la calculadora. Los grandes candidatos al título, léase, por ejemplo, Hewitt, Agassi, Ferrero, Henin, Clijsters y las Williams si llegan a alzar el trofeo habrán ganado 142.857 dólares por match. ¿Quiere una comparación? Guillermo Vilas, en 1977, se llevó un cheque de 33.000 dólares tras consumar su hazaña en el clay del viejo Forest Hills. ¿Quiere un dato? Un millón de dólares es la cifra que se adjudica el país que obtiene la Copa Davis.
El ingreso oficial del dinero como condimento más que atractivo al mundo de las raquetas fue en 1968. En esa temporada, el Abierto de los Estados Unidos distribuyó 100.000 dólares, de los cuales 14.000 quedaron en manos de Arthur Ashe, vencedor masculino, y 6000 en las de la australiana Margaret Court.
Como se citó anteriormente, apenas once años después esa cifra estaba más que duplicada. En 1990, año en el que Gabriela Sabatini cautivó definitivamente a los neoyorquinos tras conseguir su único título grande al vencer a la alemana Steffi Graf, el premio para los vencedores -en varones, el triunfador fue Pete Sampras- fue de 350.000 dólares. La era del marketing, ropa multicolor y raquetas de diferentes marcas y modelo estaba instalada.
El tenis, especialmente los cuatro certámenes más importantes del mundo, se erigió en un negocio a prueba de cualquier tormenta. Tan pingüe que, además, en esta temporada, la federación norteamericana realizó una inversión de 50 millones de dólares para remodelar un sector del envidiable predio ubicado a pocos kilómetros del aeropuerto de La Guardia. Una economía que no sabe de zozobras y que siempre sorprende. Otra realidad. Sí, otro mundo.
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