El ‘kirchnemismo’
Sensación contradictoria respecto de la actualidad política nacional. Desde mi última columna, hace tres semanas, pasaron tantas cosas que me resulta difícil comentar alguna; pero, al mismo tiempo, no me parece que haya ocurrido nada particularmente importante (excepto la tormenta del miércoles 4, que ya tuvo ciertas consecuencias políticas). Curiosa oscilación entre un sentimiento de demasiado lleno y un sentimiento de vacío. En ambos casos con un sabor final desagradable, porque buenas noticias no hay. ¿Será que la señora Presidenta ha estado últimamente muy callada y ha olvidado inaugurar alguna obra, o anunciarnos un nuevo éxito –sin antecedentes, por supuesto, en la historia argentina– de su gobierno? Sus silencios son tanto o más elocuentes que sus discursos y resultan muy inquietantes, porque son una señal de que las cosas, para la señora Presidenta, no andan bien. Transcurridos apenas cuatro meses del nuevo mandato, es un clima raro.
En relación con el funcionamiento social, tanto de las instituciones como de los individuos, mis neuronas se pusieron a pensar, vaya a saber por qué, en la gigantesca inversión de tiempo de trabajo y de materia gris que implican la producción, la circulación y el consumo de los discursos sobre ciertos temas. ¿Cuántos cientos de páginas han sido ya escritos sobre el “caso Ciccone”? ¿Cuántas horas de radio, de televisión? ¿Cuántas páginas y cuántas horas sobre el “caso Boudou” y sus múltiples ramificaciones? Y ya que estamos, ¿cuántas páginas y cuántas horas de radio y televisión para construir el famoso “relato” del actual gobierno? Por ese camino, y retrocediendo en el tiempo, navega por mis sinapsis una y otra vez la misma pregunta, a propósito del Swiftgate y los sobornos (cuando José Luis Manzano dijo que “robaba para la corona”); a propósito del atentado a la AMIA en marzo del ’92, sobre el cual probablemente nunca sepamos lo que realmente ocurrió; a propósito de las interminables historias de Zulema, su divorcio, y si el presidente Menem la dejaba o no entrar a Olivos; a propósito de la muerte del hijo del presidente Menem en un accidente de helicóptero que generó elucubraciones, rumores y acusaciones infinitos; a propósito de las inagotables especulaciones que provocó la voladura de la fábrica de Río Tercero; a propósito del tráfico de armas a Ecuador en 1991 y a Croacia en 1996, que le valió a Menem ser detenido en 2001 y finalmente absuelto… en 2011 (¡veinte años!). La lista sería muy larga. Y no quiero imaginar las toneladas de expedientes archivados en distintos ministerios, que habría que sumar a todos los discursos que se produjeron sobre muchos de estos temas. Además, hay que considerar el tiempo de los millones de personas que, fragmentariamente, hemos leído, mirado y escuchado esas montañas de palabras, imágenes y sonidos.
¿Cuántas horas-hombre y horas-mujer, considerando solamente la población de nuestro país? Admito que por este camino el asunto se convierte rápidamente en una pesadilla sobre el uso del tiempo en la producción y el consumo de discursos sobre una actualidad totalmente ajena a la gestión razonable de una democracia republicana. O sea, sobre hechos que no tienen nada que ver con la política en el sentido noble del término (ese sentido que siempre evocamos y rara vez podemos ejemplificar). Con semejante agenda, es comprensible que no nos quede tiempo para otra cosa. Pero es lo que hay.
Bueno, esto que puede parecer un divague teñido de imperdonable ingenuidad, a mí me resulta importante, porque la cuestión del uso del tiempo lo es en cualquier sociedad. La vida es corta, ¿no?
A partir de ahora, propongo reemplazar el sustantivo “kirchnerismo” por “kirchnemismo”. Aglutinando kirchnerismo y menemismo, le damos una cierta unidad histórica a esta pesadilla. ¡Por supuesto que no estoy comparando ideologías! Uno era horriblemente neoliberal, el otro se proclama progresista. Pero a esta altura, ¿a quién le importan las ideologías? Además, le recuerdo a mi amable lector que el actual gobierno tiene el claro apoyo del hoy senador Menem (y viceversa). No estoy hablando de otra cosa que del clima que genera cierta metodología política. Lo cierto es que, cada vez que el peronismo es rebautizado, el resultado es un desastre. Sí, kirchnemismo está copado. Cada vez, más de lo mismo.
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