El límite
Ya no se trata de quebrar las rodillas ante la tentación de la millonaria audiencia y de la remota promesa de una obra en la escuela, sino de de defender y fortalecer ( ¡por fin!) los contornos y los contenidos que deseamos y proyectamos para nuestros chicos.
Ya no se trata de temerle a la réplica simplista que seguramente aparecerá en boca del conductor, explicando “que ellos hacen lo que el estado no hace”, aún cuando a cambio exijan una velada prostitución psíquica para los menores.
La sola idea de ver a los pibes de la escuela en el programa del exitoso conductor, presenciando las lamentables escenas de enfrentamientos groseros entre bailarines, pretensos jurados y demás personajes de la jauría mediatica más decadente, implica aceptar que esos son paradigmas y modelos a seguir. Autorizar la utilización del nombre de la escuela, aceptar la eventual dádiva y “prestar” a los chicos para el degradante show, hubiese implicado un nivel de complicidad imperdonable.
Al fin alguien expresó el límite. Por fin alguien lo dibujó perfectamente sobre la pantalla, aún a riesgo de resultar impopular y políticamente inconveniente.
Se trata de ir marcando los límites. Esos que en los últimos años de la Argentina , iniciados por la dictadura y profundizados por el Menemato, fueron desapareciendo hasta parecerse al Discepoliano escenario de la confusión.
No todo da igual, ni es lo mismo un burro que un gran profesor. Hay limites que los separan y está bien que sea el Estado el que los empiece a marcar.
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