EL MÉDICO ROSARINO QUE OPERÓ SHARON
Los proyectos soñados en el bar Tejedor–en Rosario– junto a otros estudiantes de medicina no parecen tan lejanos en el tiempo. Sin embargo, para el rosarino José Cohen, de 39 años, aquella utopía se va convirtiendo en realidad. Emigró a los 25 años y se radicó en Israel donde creció como neurocirujano y tuvo la responsabilidad de operar al primer ministro Ariel Sharon. Lejos de perder el rumbo de una juventud acuñada entre tradiciones y afectos, tanta experiencia temprana le sirvió para aquilatar una dupla de peso: ciencia y humanismo.
Creció en la calle Dorrego al 800, junto a sus padres Mario y Sara, y a sus hermanos Daniel, Clarisa y Adriana. Estudió en la escuela Bialik donde aprendió hebreo, luego en el Superior de Comercio y se graduó en la Facultad de Medicina de la UNR.
—¿Cómo fueron aquellos años?
—Tuve una infancia de un rosarino típico: horas de estudio en la escuela, a la tarde estudiaba inglés en Aricana, y en el Club Gimnasia y Esgrima hacíamos tenis, yudo, natación. Las salidas eran en los bares o boliches de moda; me gustaba ir al cine y salir con mi hermano.
—¿Había una valoración del estudio por sobre otras actividades?
—Mi historia es un poco la de mucha gente que son hijos y nietos de inmigrantes, donde el estudio y el trabajo priman sobre la diversión. Creo que el derecho al ocio y al tiempo libre es reciente. Creo que ninguno de nuestros abuelos haya tenido tiempo de nada. Mis abuelos vinieron desde Polonia a principios de siglo, previendo la guerra de 1914. Eran muy jóvenes cuando sus padres los despidieron con un beso en la frente y la certeza de que debían buscar otros destinos.
—¿Cómo fue su paso por la facultad de Medicina?
—La facultad fue una segunda casa para mí. Pasábamos muchas horas allí con vivencias agradables que me marcaron, conocí gente que aún recuerdo y que me enseñó mucho. Entre las personas que tuve el honor de conocer estuvo Alfredo Rovere, de la cátedra de Farmacología que tenía como bandera la humildad, la dedicación, la devoción y una entrega completa a la enseñanza.
Conocimiento y calidez
Según José los médicos argentinos han sido exitosos en muchos lugares por su capacidad de conjugar conocimiento y calidez humana. Esta articulación asociada a la honestidad y la capacidad de trabajo marcan las diferencias.
—¿Se puede preservar todo eso?
—Se puede y se contagia. Y cuando uno muestra que es factible, otras personas que se comportan de manera más fría, hasta como una cuestión de defensa, devuelven calidez.
—En su profesión se vuelve cotidiano el límite entre la vida y la muerte, ¿cómo vive esa situación?
—Hay varias especialidades como la cardiología, la oncología y la neurocirugía donde se ve la vida y la muerte con frecuencia. También tratamos con enfermedades devastadoras, graves, denigrantes. Por lo tanto, no sólo es importante estar actualizados para tratar a la enfermedad, sino contener al paciente y a su familia. No somos conscientes de lo vulnerable que somos.
—¿Qué papel juega el reservorio humanista frente a estas situaciones?
—Si se aleja de lo humano, la profesión sería una ocupación y se perdería el amor y el respeto que le tenemos a la medicina y la especialidad. La escuela argentina de medicina viene inspirada por Florencio Scardó y René Favaloro, que son humanistas naturales y para quienes los pacientes son personas para tratar en forma integral.
La excelencia
Cuando terminó su carrera de medicina, Cohen viajó a Estados Unidos para revalidar su título y, de regreso a Rosario, comenzó su especialidad en el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez. Desde allí pasó al Hospital Garraham (en Buenos Aires) para hacer neurocirugía pediátrica y decidió dedicarse a una especialidad que en ese momento sintió de ciencia ficción y con mucho potencial: la neurocirugía endovascular que permite tratar las patologías del cerebro a través de pequeños catéteres, sin trepanar el cráneo.
—¿Esa fascinación constituyó un reto para usted?
—Sí, necesitaba que lo que yo decidiera fuera algo que me impresionara y me motivara mucho porque no iba a poder invertir el resto de mi vida en algo que no me apasionara. Para lograrlo había que apuntar a los centros de excelencia, como el hospital Hadassah de Jerusalén, cuyo Departamento de Neurocirugía está a cargo del médico rosarino Félix Umansky.
—¿Cómo es la vida de un médico en ese centro de excelencia?
—Muy organizada. Tenemos un plan quirúrgico diario, obligaciones docentes y de participar en reuniones científicas. Allí van juntas la investigación, la práctica y la docencia. Porque como médicos tenemos la obligación de atender a los pacientes, pero también de hacer adelantar el conocimiento con la investigación.
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