El milagro de María
Vive a un costado de la ruta. El paisaje de viñedos no tiene nada que ver con la Ucrania donde nacieron sus padres y sus hermanos. Y vive allí por esas cosas del amor, desde que un gringo de la zona le ganó el corazón. María Pasay de Mattioli es la promesante primera de ese hombre menudo, de ojos verdosos, que tuvo a maltraer durante 16 años a la policía de siete provincias.
María es una de las que camina una vez por semana hacia la tumba de Vairoletto. Nunca le dejará de agradecer que “cuando con mi marido recién empezamos, teníamos los hijos chiquitos y apenas un poco de tomate y papas sembrados. Ese día el cielo estaba muy claro, anunciando una helada. Y si helaba íbamos a perder el único alimento para los chicos. Entonces le dije a mi marido que me acompañe al campo de Vairoletto, para pedirle que no hiele. Mi marido no creía en esas cosas, me dijo que estaba loca, pero me acompañó. Y nos fuimos caminando esa noche…”
María tiene recortes viejos con la historia del jinete más guapo. Ahora tiene muchas hectáreas de parras pero no se aparta un minuto de sus creencias. Los campesinos saben bien que la helada es enemigo y que cuando va a helar el cielo está despejado. Por eso se dice en el campo que el cielo nublado es la manta de los pobres, porque no habrá escarcha para dormir a la intemperie si está nublado.
Pero volvamos a aquella caminata. “Fuimos, le decía, con mi marido. Y volvimos, nos acostamos y al otro día, cuando nada lo hacía suponer, amaneció nublado. A la noche nomás se nubló. Y no perdimos nada de lo que teníamos plantado. Desde ese día siempre voy caminando hasta la tumba y esa cruz, la que hay en el santuario, la coloqué yo misma”.
María cree… “Una vez fue mi hijo el que estaba en problemas. Le había tocado la colimba en la marina, en la época que iban a bajar a Perón….” Después sigue contando. Y todo concluye con la baja del muchacho, gracias a una radiografía que no le dio buenas señales de su columna. O gracias ya sabe usted a quien, dice María. Y el muchacho ya la hizo abuela, claro, que es otro de sus orgullos.
La señora saca ahora un vino de su cosecha para convidar a los visitantes. Muestra los últimos recortes de Vairoletto, donde se refleja un libro que le dedicó Hugo Chumbita y una excelente recopilación de su vida que hizo el escritor Concatti. Ha contado todo y se nota que lo ha hecho desde lo más profundo. Despide a todos diciendo que “Dios los bendiga”. Y Vairoletto también.
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