El mundo a los pies de Messi
Yo vivía como un chico normal. Me gustaba salir rápido de la escuela para ir al potrero. Nunca me sentí menos que nadie entre mis amigos del barrio, a pesar de mi pequeña estatura. Pero cuando vi a mis padres llorar por lo que habían dicho los médicos, entendí que algo pasaba con mi cuerpo…" El relato es la voz de un futbolista que es el nuevo ungido de un deporte reciclado en religión y que cíclicamente busca un nuevo mesías. El puntapié para indagar una historia conocida, pero no en todos los detalles. Los detalles escondidos entre la timidez de algunos protagonistas y el silencio de otros; los que se asoman y relucen en los potreros de Rosario y en la adoptiva Barcelona.
Lionel Andrés Messi nació el 24 de junio de 1987 en la Clínica Italiana de Rosario, y el médico Norberto Odetto, que atendió el parto de Celia Cuccittini de Messi, le informó a Jorge, el papá, que su tercer hijo nació con un peso "ideal" de 3,600 kilogramos. Nueve años después, Celia y Jorge, sentados en un banco de la Clínica de Glándulas y Medicina Interna, en el centro de Rosario, no podían contener las lágrimas cuando los médicos les informaron que el cuerpo de su niño mostraba un retraso en el desarrollo óseo.
Ese niño al que los amigos llamaban "la Pulga", tenía patrones de crecimiento que no se correspondían con su edad. Se esperó un tiempo prudencial para ver si daba el estirón más adelante, pero a los 12 años tenía el físico de un chico de 9 y a los 13 apenas cumplía los patrones de uno de 10. Así fue como después de varios años de estudio, finalmente el doctor Diego Schwarzstein diagnosticó "edad ósea retrasada". Había que cumplir con un tratamiento de costos casi imposibles para un trabajador de clase media que sobrevivía entre las alegrías y las penurias de una Argentina al borde de la crisis de 2001.
Lionel ya jugaba en Newell´s, que no podía costear el tratamiento. La familia Messi deambuló por varios clubes de la Argentina para conseguir la ayuda económica y llevar adelante el plan de fortalecimiento que obligatoriamente debía seguir su hijo para ser un chico normal. Como no quisieron -o no pudieron- hacerse cargo de los costos mensuales de los medicamentos, papá Jorge, que destinaba casi la totalidad de su sueldo como supervisor de Acindar para el tratamiento, decidió aceptar un ofrecimiento de Barcelona, que lo inscribió a los 13 años y se hizo cargo de todos los gastos. Durante años recibió hormonas para apuntalar su crecimiento. Cada noche de los primeros meses en España fue el propio Lionel quien se aplicó las inyecciones de Levotiroxina en las piernas. Tuvo que fortificar esa figura y aumentó gradualmente su importancia en las categorías menores. Se nota, en este presente se siente pleno. Hoy habla como un joven fuerte que no tiene reparos en contar los detalles de aquel tratamiento. "Todas las noches tenía que aplicarme las inyecciones en cada una de mis piernas. No fue sencillo tener que aprender a hacer algo que hacían los grandes. Pero como mis padres tenían que viajar cada tanto a la Argentina para estar con mis hermanos, tenía que hacerme cargo de las vacunas. Pero lo más duro de esos años no fueron las medicaciones, si no estar tanto tiempo con la familia separada. Para todos fue una experiencia extraña", comenta Messi, en una de las charlas que mantuvo con LA NACION en suelo catalán, más precisamente en el salón de trofeos de Barcelona, que aparece mayormente cubierto por copas y medallas de todos los metales posibles.
Una sola paradoja distancia a Messi de la Argentina: tan sólo unos pocos pudieron darse el lujo de verlo brillar de cerca antes de que jugara en primera división. Quizá por eso, el viaje a su infancia es un punto de partida ineludible. Muestra las páginas desconocidas de la vida del crack sencillo y humilde que se transforma en una leyenda que suma capítulos todos los días, partido a partido. Vivió su infancia en el barrio General San Martín, donde su familia -compuesta también por tres hermanos, Rodrigo, Matías y María Sol- lo llamaba "Pulguita" y sus amigos, "Piqui". ¿Cuándo fue la primera vez que pateó una pelota? Qué mejor que escuchar la respuesta de boca de la joya del fútbol argentino. "Hasta los cinco años nunca había tocado una pelota de fútbol -relata Messi-. Mi papá me cuenta que una vez, en la casa de mi abuela Celia (falleció en 1998), mis hermanos jugaban en el patio de la casa junto con mis primos; y que cuando me llamaron, porque les faltaba uno, yo no quise ir. Dicen que cuando toqué la pelota, todos me miraron, y se miraron, extrañados. Entonces, mi abuela me dijo que iba a llevarme a Grandoli, mi primer club, donde fui dirigido por mi viejo."
Uno de los hermanos mayores, Matías, no olvida las postales de la infancia. Aquellos partidos emocionantes. "Siempre jugábamos a seis goles, pero como a Leo no le gustaba perder, armaba quilombo y había que seguir hasta que él ganara". Y recuerda: "De niño estaba todo el día con la pelota. Cuando mi vieja lo mandaba a hacer mandados, iba con la pelota al pie. Y si no tenía una a mano, usaba chapitas o latitas de gaseosa".
"En los picados, los chicos más grandotes no soportaban a Lionel porque siempre los pasaba. Le pegaban, se caía, lloraba, pero enseguida se levantaba y se metía de nuevo", cuenta Claudio Biancucchi, el tío y padrino de Leo, padre de sus primos Maxi, Emanuel y Bruno (el primero juega en Cruz Azul, de México, el siguiente en Munich 1860, de Alemania, y el último en las divisiones menores de Renato Cesarini, en Rosario). "En el barrio, nadie se olvida de los pelotazos de Leo al portón de su casa a la hora de la siesta. Todos le pedían que aflojara un poco", agrega Biancucchi, cerca del barrio cercano al Regimiento 121, un lugar de clase media, con chicos jugando en las veredas, como alguna vez lo hizo Messi.
En el sur de Rosario, ubicado sobre la calle Laferrère al 4700, a un costado de los complejos del Fonavi, está la canchita de tierra -sólo con pasto en los córners- del club Abanderado Grandoli, el lugar donde Lionel jugó hasta los 11 años. La recorrida realizada por LA NACION hace unos años permitió conocer en vida a Salvador Aparicio, el primer entrenador en la meteórica carrera del pibe que concentra las miradas del planeta fútbol. "Era un jugador distinto. Me acuerdo de que agarraba la pelota y eludía a todos. El jugaba siempre en categorías mayores y se destacaba mucho. Y eso que le pegaban duro, pero era un jugador con condiciones sobrenaturales, si se me permite la expresión. Nació sabiendo. Yo lo único que hice fue pararlo en una cancha", recordaba "don Apa", nacido en Rosario el 19 de agosto de 1929. Casado, con cuatro hijos, ocho nietos y cuatro bisnietas, Aparicio falleció hace un año tras una vida que dividió entre el ferrocarril y el club Grandoli.
La enigmática caminata por esas calles desparejas, entre tierra, asfalto y cascote, entregó datos sobre quién realmente despertó el talento de este niño prodigio con la pelota: su abuela materna, Celia. Ella fue la que le regal&
oacute; la primera pelota, la que llevaba a Lio de la mano a ver jugar a Rodrigo y Matías -los hermanos mayores- en Grandoli. Y fue doña Celia la que obligó a Aparicio a ponerlo cuando faltaba uno para completar el equipo. "Mi suegra fue una visionaria -cuenta con emoción Jorge, el papá de Lionel-. Ella le dijo al técnico que lo pusiera a jugar. Me acuerdo de que Apa le dijo: «Está bien, pero se lo pongo cerca de la raya, así cuando llora lo saca usted solita». Ese día Lio la rompió y desde entonces jugó siempre de titular." La anécdota encontraba más detalles: "Celia, la abuela de Lionel, siempre me insistía acerca de las condiciones de Lionel. Un día no podía formar el equipo de la 86 y acepté ponerlo para poder jugar. Lo puse abajo. Vino una pelota, le pasó por la derecha y nada. Por ahí llegó otra y le cayó en la zurda: ¡salió gambeteando como si hubiera jugado toda la vida! No lo saqué nunca más. Jugó todo ese año en el equipo de la categoría 86, aunque él era 87".
En Grandoli jugó hasta que su papá lo llevó a Newell´s, donde fue inscripto con la ficha N° 99.231 y se desempeñó en categorías con compañeros dos años mayores que él. Uno de los integrantes de aquel plantel, Lautaro Formica, compartió aquellos años con Messi y asegura que "acariciaba" la pelota. "Cuando teníamos 11 años, jugamos un torneo en Balcarce y fuimos el comentario de todos. La pelota atrás no llegaba nunca. Me acuerdo que entre Rodas y Messi hacían un desastre. Después de que la agarraba Messi, los rivales sacaban del medio. A veces los del fondo nos aburríamos mucho. Sólo mirábamos cómo jugaba Messi. Le ganábamos a Independiente, a San Lorenzo, a Boca y los defensores no hacíamos nada", explica el hoy defensor de Godoy Cruz.
Los años en el jardín y la escuela primaria transcurrieron en la Escuela N° 66 General Las Heras. En el patio llama la atención un palo borracho que Messi esquivaba con bollitos de papel o plasticolas. En ese lugar, Lionel dejó gratos recuerdos por su carácter angelical. Diana Ferretto, su maestra de jardín, recordó cómo "sus ojos hablaban por él. Tenía un ángel especial y por eso era muy querido por sus compañeros". "Era un chico de lo más tranquilo. Un dulce. En el estudio no estaba entre los más destacados, pero tenía un nivel aceptable", relata Monica Dómina, su maestra de primero a tercer grado. "A Lio siempre lo llamaban los grandes para que jugaran en sus equipos. Todos lo querían tener para ganar los intercolegiales rosarinos", recordó Mónica.
Los estudios secundarios no pudo comenzarlos en la Argentina, pues en ese momento apareció el ofrecimiento de Barcelona para sumarlo a sus inferiores y, lo más importante, hacerse cargo del tratamiento hormonal que no podía costear su papá. Toda la familia confiesa que le costó la adaptación al nuevo mundo. "Los primeros meses en Europa fueron duros. Cuando hablábamos por teléfono, nos emocionábamos mucho", comenta Cintia Arellano, su gran amiga de la infancia. Tuvo que despegarse de sus amigos, sus parientes y pasar algunos días sólo con su padre, ya que la familia debió dividirse en dos. Su consuelo llegaba en forma de esperanza, esa que le que daban las inyecciones diarias para poder aumentar la estatura. El Barça le exigió estudiar y lo anotó en el colegio León XIII, con otros chicos de La Masia, la pensión del club catalán.
La historia más conocida comenzó en septiembre de 2000, cuando el pibe de 13 años y de 1,40m de estatura se presentó en las infantiles de Barcelona. Un rosarino criado en Newell´s y que estuvo a poco de pasar a River. Un chico que maravilló a los catalanes y al que luego de esa primera prueba sentaron en una mesa de la cafetería del complejo Tenis Pompeya, de la ciudad condal, y le redactaron un contrato simbólico, en una servilleta, por orden de Carles Rexach, responsable de las divisiones menores de Barcelona. "Depositaron tantas expectativas en nuestro hijo que realmente fue una bendición en todo sentido. Me acuerdo que Louis van Gaal había dicho una vez que los catalanes podían estar tranquilos porque en su cantera contaba con una joya llamada Messi. Incluso, Rexach siempre repite que en sus 40 años de fútbol nunca había visto a un chico con tantas condiciones, y eso es un orgullo", describe Jorge Messi, que con emoción en su mirada, admite que de volver atrás la historia, "no separaría a la familia de nuevo". "Muchos ven el final de la película, pero cuando Lionel tenía 13 años no era sencillo vivir partidos en dos. Cuando cruzábamos el embarque en Ezeiza, Leo comenzaba a moquear y yo con él. Muchas veces pensamos en volvernos, pero Leo tenía muy claro lo que quería para su carrera."
Confirmado: nació en la Argentina, creció en un país que sabe de alegrías y de penurias, y en sus potreros aprendió cada secreto y cada arte de la pelota. Incorporó las vivencias tan bien y a tal velocidad que Barcelona lo fichó tras verlo en la primera prueba y que España lo tentó para jugar en su seleccionado. ¿Cómo? Cuentan que después de un llamado de Rexach a la federación española cobró fuerza la idea de que juegue para España. "Una vez, en la cantera del Barça, cuando estábamos por jugar una final se apareció un técnico (Ginés Menéndez, del Sub 16 de España) y me preguntó si no estaba interesado en jugar para España. Me extrañó la propuesta y me puso orgulloso, debo reconocerlo, pero le contesté que prefería esperar un llamado de mi país", admitiría "la Pulga". Advertidos de la situación que se presentaba en la peninsula ibérica, el tema Messi obsesionó y movilizó al departamento juvenil de la AFA, por entonces comandado por Hugo Tocalli. "Tenemos que organizar un partido urgente porque si no se lo lleva España. Tenemos que hacer algo, lo que sea, y rápido", comentaba Tocalli, después de ver las cintas con los movimientos de un adolescente que deslumbraba en Barcelona en categorías superiores a las que le correspondían por su edad.
La oportunidad de conocerlo finalmente se presentó en las prácticas de los Sub 20 argentinos que se preparaban para el Mundial de Holanda 2005. Pero la citación sola no impedía que la federación española se olvidara de Messi, y fue entonces cuando se programó un amistoso frente a Paraguay, en la cancha de Argentinos Juniors. Sí, nada menos que en el mismo campo de juego donde debutó oficialmente Diego Maradona en primera división, el 20 de noviembre de 1975. Al fin, con 17 años y cinco días, el 29 de junio de 2004, la promesa rosarina ingresó en el segundo tiempo y marcó el séptimo tanto de la goleada 8 a 0 sobre el conjunto guaraní.
En el mundo más íntimo de "la Pulga" hay una persona que a la vez es niño, hijo, soltero codiciado y N° 1 del fútbol mundial. Se trata de un pibe de 22 años que, ademá
;s de estimular la ilusión de millones de argentinos, en Cataluña es venerado como si fuera un emperador. Sin exagerar, Barcelona pudo verse en varias oportunidades rendida a los pies por la cosecha imparable de este rosarino al que hace cinco años no conocía (casi) nadie y que en el Mundial de Sudáfrica atenderá los pedidos populares -casi exigentes- que Diego Maradona, Gabriel Batistuta y Claudio Caniggia escuchaban en las Copas del Mundo anteriores.
El tema de la popularidad de Messi va en serio en Cataluña. "El Pulga Culé", como le dicen en Barcelona, ya ni siquiera puede caminar por las afueras del Camp Nou, el templo que, sobre todo en los últimos días, lo aclama como un dios. Los extranjeros pasean por las Ramblas, el Parque Güell, la Sagrada Familia -imponente iglesia que dejó inconclusa Gaudí-, pero no pierden la oportunidad de visitar el Fútbol Club Barcelona, "Mes que un Club", según reza la frase que está por todos lados en sus instalaciones. La ciudad será una comunidad con amplísima oferta cultural, pero el museo más visitado es el del club blaugrana, por delante del Pablo Picasso y del Joan Miró. ¿Cuál es la camiseta más vendida? Según la información entregada por la oficina de prensa de la entidad, ocho de cada diez compran la camiseta con el N° 10 y el apellido Messi pintados de amarillo en la espalda.
Acceso restringido
En el majestuoso Camp Nou, es el más buscado en la rampa del estacionamiento por donde salen los jugadores de Barcelona después de los entrenamientos. No es sencillo entrar en la intimidad de una figura del fútbol mundial como lo es Messi. Mucho menos entran los periodistas si los custodios de Barcelona no atraviesan su mañana más radiante y no entienden las explicaciones con tono argentino para poder llegar al protagonista en cuestión. Los encuentros pactados con La Nacion durante el último año y los viajes a Barcelona por cuestiones periodísticas podrían haberse desplomado en un segundo. Pero un rostro cercano para "Leo" y su familia todavía entrega privilegios. Mientras revistas y agencias de noticias del resto del planeta acumulan muchísimo más tiempo a la espera de una exclusiva con la estrella del Barça, una puerta abierta entrega el boleto a un nuevo viaje a la intimidad del mejor futbolista del mundo.
En su camioneta Audi Q7 se observa cierto desorden en el asiento del acompañante. Allí ubica los miles de regalos que recibe del pueblo "blaugrana", agradecido por todo lo festejado en el último tiempo. Cadenitas, cartones en blanco para poder firmar, mensajes de todas partes del mundo que le hace llegar el club, felicitaciones de los patrocinadores, el teléfono celular, son algunas de las cosas que tiene que sacar para despejar el asiento. "Que no se vea todo esto, si no ¿qué van a decir en la Argentina? Que soy un desprolijo. Mirá todo lo que tengo acá. Es una locura todo esto, ¿no?", dice, mientras marca el teléfono de su hermano Rodrigo, uno de los que manejan la agenda junto con su padre, que se divide el tiempo entre Rosario y Barcelona. El entorno familiar, siempre presente.
En algunas fotos dispuestas en unos de los salones del complejo La Masía, donde practican los juveniles de Barcelona, se puede advertir que Leo era una pulguita de 140 centímetros. En otra de esas imágenes, pero ubicada en la cancha auxiliar de la ciudad en sí misma que es este club, Leo está parado detrás de uno de los arcos. Era tan bajito que con un codo, y sin necesidad de agacharse, se apoyaba en los carteles de publicidad. "Cuando llegué a este club nunca pensé que podía llegar a jugar una final de la Champions, ganar el Mundial de Clubes o ser elegido el mejor del mundo. Increíble. La verdad es que me viene a la cabeza cuando nos tuvimos que separar con la familia. Por eso todo esto es para ellos", explica en plena marcha por la Avinguda Diagonal, mientras señala el primer edificio donde vivió cuando llegó de Rosario. Las milanesas napolitanas que hace su mamá cuando está en Europa siguen siendo su debilidad, tanto como los alfajores y las facturas que lleva a casa una panadería de Castellsdefells. Y poca importancia le da a su vestimenta, rubro en el que el jean azul es su preferencia y no se detiene tanto en la combinación de colores de sus remeras -siempre holgadas-, relojes y calzados: la informalidad es lo que mejor le sienta.
Muchas cosas han cambiado. Otras no tanto. Pero sin duda que la proyección de Messi en los últimos años impresiona. Es la representación de una campaña histórica del Barcelona, un estandarte de una filosofía futbolística que es aplaudida por el mundo. El más amado del club, el último poseedor del premio al mejor jugador del año para la FIFA, peca de humildad cuando se le menciona número 1: "No me siento el mejor del mundo. Para mí, ser número uno es otra cosa. Es estar bien con mis afectos, sentir el cariño de la gente y disfrutar del fútbol con alegría. Sólo eso", expresa este jugador por el que habría que pagar unos 300 millones de euros por su cláusula de rescisión y su contrato actual. "No sé si soy el mejor del mundo, pero trato de serlo con mis amigos, mi familia. Me siento bien y cómodo por cómo me van saliendo las cosas", reafirma el futbolista que, apenas apareció en primera, fue elegido por la empresa Konami para ser la cara del juego Pro Evolution de Play Station y, en cuestión de meses, se convirtió en el más elegido por los fanáticos del fútbol virtual.
-¿Cómo se hace para tener los pies sobre la tierra, a los 22 años, con un contrato millonario, y con todo una estructura que gira alrededor tuyo?
-No sé, a mí nada de eso me va a cambiar. Será que lo aprendí en casa. No soy ni mejor o peor por lo que tengo. No me creo más que nadie y por eso tengo muchos amigos.
El ámbito familiar es el que más disfruta. Se aleja de la vida de exposición, fiesta y hedonismo que cualquier futbolista tiene en la palma de la mano. El restaurante La Pampa, al costado de la autovía a Castelldefels, es el lugar más elegido por el clan Messi. Un lugar amplio, donde hay un quincho especialmente preparado para mantener la intimidad cuando aparece una figura como Messi. Es uno de los sitios preferidos para degustar carne argentina. Claro que cada vez que los tiempos y los calendarios se lo permiten, vuelve a Rosario. Mucho más que el lugar donde nació esta ciudad es, acaso, su lugar en el mundo, el espacio que mejor contiene su vida y todo lo que la rodea. "Hace cuatro años -recuerda su mamá Celia-, cuando ya jugaba en la primera de Barcelona, un domingo salió a andar en bicicleta por el barrio. Los vecinos nos llamaban para decirnos que estaba dando vueltas y no les creímos. Pero después, cuando lo vimos entrar con la bici nos quedamos todos con la boca abierta."
Cuántas cosas han cambiado en poco tiempo en su vida. Ahora, con su talento como marca registrada y a punto de cumplir 23 años, este tipo de mesías, si así puede ser definido, tiene seducido al Planeta Fútbol y es considerado una de las mayores promesas para el Mundial de Sudáfrica que está por comenzar. Como no pasaba desde la época de Diego Maradona como futbolista, la Argentina puede
sentir que tiene en sus filas al mejor jugador del mundo.
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