EL MÚSICO ARGENTINO QUE TRABAJA POR LA PAZ ÁRABE-ISRAELÍ
El músico está sentado en la cocina de su casa del barrio de Flores. Hay café recién hecho y él mismo lo sirve, acompañado de una exquisita pastaflora que su hermana amasó. Hace calor, y un intenso aroma a jazmín que viene del patio no llega a empatar el humo del cigarrito negro que Miguel Angel Estrella deleita entre sus dedos entrenados en acariciar el piano.
En short, zapatos y chomba azul, la estrella de Miguel se enciende cuando habla de sus temas preferidos: la música y la paz. Es que el pianista tucumano —uno de los más reconocidos del mundo— es el creador de la Orquesta por la Paz, formada por árabes e israelíes, y un gran luchador por el cese de la violencia en Oriente Medio.
Recién promovido por el Gobierno como embajador argentino ante la UNESCO, una designación que está en trámite en el Congreso, (ver El “deber…) Estrella pasa su vida entre París (donde vive), la Argentina y sus giras por el mundo.
Es fundador de Música Esperanza, una organización internacional que promueve “una mirada distinta” a las relaciones entre el Norte y el Sur, y especialmente en Oriente Medio. En lugares como Belén, por ejemplo, tienen talleres de música para chicos, porque creen que, fomentando la creatividad y el orgullo por su cultura, los jóvenes se alejan de la violencia. Con voz pausada, Estrella cuenta a Clarín que él fue el primer músico que dio un concierto en Gaza.
—¿Cómo fue?
— Era 1988. Yo no estaba autorizado a ir a Gaza, pero las Naciones Unidas me habían pedido que fuera a tocar a los campos de refugiados palestinos. Allí vi el drama más triste de mi vida. Era Ramadán, durante la primera Intifada y vi las cosas más humillantes que puede soportar un pueblo.Lo digo yo, que tengo profundos lazos con la comunidad judía, con innumerables maestros judíos y una admiración muy grande por su cultura.
—¿Qué recuerda de aquel concierto?
—Fue armado con mucha improvisación y riesgo, en plena noche. Fue en un local de la ONU, donde se introdujo un piano de forma clandestina. Allí se produjo algo mágico y conocí a seres humanos que me dijeron que no podían vivir más en guerra y que palestinos, judíos, cristianos tenían que vivir en paz.
—¿Allí surgió la idea de formar la Orquesta por la Paz?
—En parte sí. Cuando terminé la gira por Israel me anoté como voluntario para ir a los kibutz y me encontré en el interior con muchas comunidades judías, musulmanas y cristianas que vivían juntas, en paz. El respeto era una premisa de la vida cotidiana. Y eso me dio la idea de la orquesta. Diez años después, en 1998, presenté el proyecto a las Naciones Unidas y fue aceptado. Entonces empecé a viajar a Oriente Medio, a elegir a los jóvenes. Todo estuvo listo en 2002.
—¿De dónde son?
—Son 45 músicos y 5 directores, de entre 18 y 30 años. La mitad proviene de Israel y el resto de Irak, Jordania, Palestina, Egipto, Irán, Túnez, Argelia y Marruecos, Siria y Líbano. Los encuentros son en París y viven en un alojamiento para jóvenes.
—¿Cómo es la convivencia? ¿Hay discusiones?
—Los músicos de Música Esperanza decidimos no intervenir en la orquesta, ni tampoco hacer discursos políticos. Queríamos ver qué pasaba en la convivencia. Pero al tercer día un chico argelino me dijo: “Nosotros ya somos una familia”. Fue muy fuerte lo que vivieron.
—¿En dónde se presentan?
—Además de los conciertos en grandes salas de Francia y Luxemburgo, tocamos en los barrios donde hay una importante diáspora judía y musulmana. Luego del concierto, se sirve al público un té de menta y surge siempre un excelente diálogo. Han sucedido allí cosas fantásticas. En algunos conciertos, palestinos e israelíes se daban la mano y decían: “Queremos la paz y la paz no es posible si no existe un estado palestino, fuerte, independiente y respetado. No puede haber paz si hay colonización. Y no podemos dejar que esto lo decidan Sharon y Bush”. Fue muy fuerte.
—En Israel se erige un muro para separar a israelíes de palestinos y ustedes hacen la apuesta inversa. ¿Hay algún resultado de esta experiencia de convivencia?
—En el segundo encuentro, meses después, noté a varios de los chicos con ojos sombríos. Y les pregunté qué les pasaba. Algunos dijeron que “cuando volvimos a Israel, no fuimos más los mismos. Todo lo que nos sucedía lo veíamos de otro modo”.
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