EL OLVIDADO MUNDO DE DIEGUITO, EL CHICO DE 12 AÑOS PRESO POR UN CRIMEN
Dieguito vive en un barrio marginal, donde la dignidad está en guerra contra la miseria. Ganar cada día una batalla es todo el triunfo que puede obtener la dignidad, pero cuando se impone la miseria pega más fuerte. Al parecer, la familia de Dieguito tiene grandes problemas para contenerlo, mientras el nene de 12 años busca en la calle el camino para ser alguien. A veces gana un sano partido de fútbol con chicos de su edad, a veces se impone aspirar pegamento con otros más grandes. En ese péndulo cotidiano de violencia disfrazada de hambre y soledad, un día le tocó participar -en calidad de espectador- del aberrante y absurdo asesinato de un matrimonio de ancianos. Cirujear, cazar pajaritos, jugar a las bolitas, drogarse con la bolsita, ir a buscar la comida al centro comunitario o quedar involucrado en un crimen, algunas de las ofertas a las que ese niño accede cotidianamente, sin margen para elegir.
Diego R. fue conducido ayer a declarar a Tribunales junto con Lucas L., de 16 años, los dos involucrados en el brutal ataque a Miguel Martino, de 81 años, y María Rosa Sánchez, de 76. Ambos fueron asesinados a golpes y puñaladas. Diego, según la policía, aseguró haber estado en la casa de los ancianos, pero no participado de la agresión. Muchos vecinos, ayer, le creían al nene en eso. El juez de Menores Nº1, Jorge Zaldarriaga, ordenó que siguieran detenidos. Lucas fue al penal de la seccional 6ª. Dieguito al Centro de Alojamiento Transitorio (CAT), de Dorrego al 900. Hay un tercer chico buscado por los homicidios.
Héctor y Asunción tienen entre 45 y 50 años. Ambos comparten dos hijos, Gabriela y Dieguito, aunque la mujer tiene dos hijos mayores fruto de una relación anterior, David y Fernando. La pareja ocupa una muy precaria vivienda de ladrillo hueco, de un ambiente, en Luzuriaga al 2600, a unos veinte metros de donde fueron asesinados Miguel Martino y María Rosa Sánchez. En ella viven Dieguito y Fernando, quien padece de epilepsia.
Asunción está postrada en una silla de ruedas desde hace más de cinco años. Héctor cirujea y tiene un problema en una pierna. Cuando la policía se llevó el domingo a la mañana a Dieguito por su aparente participación en el crimen de los ancianos ninguno de sus padres estaba en la casilla. La mamá está desde hace unos días internada en el Hospital de Emergencias Clemente Alvarez como consecuencia de un accidente cerebrovascular. Y aunque anteayer se decía que el padre también estaba internado en ese efector, algunos vecinos lo habían visto por el barrio, caminando con dificultad.
La casa de “Los quitapenas”, como se los conoce en el barrio, está pegada al Centro Comunitario Buenos Vecinos, una entidad civil que entrega 300 raciones diarias de alimento y copa de leche a gente careciente. Entre quienes suelen ir a buscar comida está Dieguito, al que a veces se lo ha visto cirujeando con el padre. “El dejó la escuela en primer grado y se empezó a juntar con pibes más grandes y se empezó a drogar”, coincidían unos niños del barrio que dijeron ser amigos del nene.
“Aspiraba como diez cositos por día”, reveló una nena. “Cazaba palomas y se las comía”, contó un rubiecito que juega al fútbol en la canchita del barrio. “No, Diego solamente puede jugar a las bolitas”, dijo un chico de 11 años, wing derecho de Social Lux.
Juan José Silva es un trabajador social del centro de salud municipal Salvador Maza. Ayer comentó que se intentaron intervenciones desde distintas áreas hacia la familia. “Fue difícil lograr transformaciones, más allá de la problemática de este chico”, resumió. “Esta gente vive en una precariedad extrema, el contexto los sobrepasa. No obstante, hay mucho descuido por parte de los padres y ahí va el hijo, buscando referencias por todas partes, siempre dispuesto a la oferta del barrio. A la oferta buena y a la mala, a lo que pueda encontrar”.
El desamparo y los códigos
Luzuriaga al 2600, en su intersección con Bouchard, está pavimentada. En rigor, una delgada capa asfáltica en muchas calles le resta al barrio uno de los componentes más típicos de la marginalidad. Viviendas muy humildes pero de ladrillo, una parroquia instalada en una suerte de galpón y el centro de salud arriman cierta contención a un barrio en el que todavía quedan espacios verdes.
Sin embargo, en los últimos años la población aumentó mucho y con ello parecen haberse licuado los códigos que rigen en un barrio donde se conocen todos. Entre esos códigos de convivencia había uno que erigía a Rosa y Miguel como personajes del barrio a quienes todos ayudaban y cuidaban. ¿El premio? Una batalla más que la dignidad le ganaba a la miseria.
Miguel y Rosa vivían de una pensión y una jubilación que no alcanzaban para sacarlos de la indigencia. A veces pasaban días en lo de una vecina llamada Lucía, que los cuidaba y que aparentemente fue quien los encontró salvajemente asesinados. “El tenía familiares en el centro, a veces venían a visitarlo en auto. Una hermana de Miguel me contó una vez que él no quería irse del barrio”, contó María, que vive al lado. La joven no pudo confirmar si, como dijo otra vecina, el hombre era jubilado ferroviario. En cambio, dijo que Rosa tenía una hija en Corrientes, según le había contado una vez.
Salva recordó al matrimonio como “dos personajes muy particulares de la cuadra, siempre saludando desde la puerta de su casa”. Si bien vivían en un estado de abandono, no faltaba quien los acompañara alguna vez al dispensario. “Mi mamá le lavaba la ropa a Rosa”, “mi mamá la bañaba”, repetían los amiguitos de Diego. Y Ramona, una vecina que vive a la vuelta, rogaba desde una humildad inculcada a fuerza de soledad un sepelio para los viejitos: “Sería muy triste que no los velaran”.
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